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El corredor de las delicias

"Oh Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza" (51.17. Libro de los Salmos).

Viernes 14 de Junio de 2019

“Oh Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza” (51.17. Libro de los Salmos).

Deambulo sin rumbo por entre las góndolas interminables del hipermercado, ese ámbito de catedralicio grandor como diría Borges en una rara review de la primera versión cinematográfica de King Kong refiriéndose a la caverna donde el mega mono pelea contra gigantescas criaturas jurásicas. Domo impersonal y atiborrado de objetos sorprendentes. Allí se puede encontrar desde un Smart TV de 80 pulgadas hasta una bolsa de naranja ombligo; desde calzoncillos eyelit para el caballero hasta focos de bajo consumo; chupi del más amplio pedigrí ahí nomás de celulares de última generación, entre otros electrodomésticos que no sé muy bien para qué sirven; cortes vacunos en sanguinolentas bandejitas amarillas que se amontonan al final del pasillo donde se alinean decenas de relucientes cubiertas de auto y herramientas de estrafalaria variedad. Todo bajo un mismo cielorraso metálico desde el que se desprende una fría e intensa luz blanca que incentiva a tinglado abierto la gula, el apetito adquisitivo de la gente.

Cuando veo a una parejita de apariencia muy humilde observando fascinados una enorme heladera gris no frost con el dispenser de hielo granizado al medio –un bien completamente ajeno a sus posibilidades changarinas–, me viene a la mente la Divina Comedia, más precisamente la Sexta Terraza del Purgatorio donde los golosos expían sus culpas, enflaqueciendo lentamente mientras miran árboles repletos de frutas que no pueden alcanzar. Solo que en este caso la única culpa de estos pobres chicos es tener el bolsillo flaco, lo que muestra una cruel paradoja de nuestra cultura hacia los que menos tienen: el avasallante mandato de consumir pero con una realidad que lo prohíbe. Para otros, en cambio, los árboles de Tántalo vendrían a ser la infinidad de cosas suntuarias que la gula (o la tarjeta de crédito) no son capaces de engullir.

Finalmente, cuando doy con lo que estaba buscando (única razón por la que concurro al templo mayor del consumismo), me encamino velozmente hacia la caja.

A nadie le gusta esperar para pagar.

Sufrir la cola interminable de carros desbordantes –la mitad de artículos innecesarios–, autorizaciones de tarjetas que demoran, precios faltantes en un producto que la cajera pide le vayan a averiguar al fondo al final del salón, mientras se mira las uñas con irritante displicencia.

Sin embargo, parece que al “asociado” gerente (ya se adivinará de qué cadena se trata porque es la única que utiliza este eufemismo sádico para referirse a sus empleados) se le ocurrió una idea brillante para aliviar el suplicio: detener al abnegado consumidor con su changuito en el umbral de una especie de brete humano, donde otro “asociado”, que oficia de preboste o cancerbero, administra la espera antes de entrar a un pasillo interminable.

—Pase hasta la 22, señor— te dice con indiferencia y habilita la marcha.

Pero no es un pasillo cualquiera. Es un pasillo laberíntico de unos 180 o 200 metros lineales –calculo yo–, distribuidos convenientemente en curvas y contracurvas, cuyo trayecto inexorable está rodeado a ambos lados de góndolas obscenamente repletas de golosinas. Si, de golosinas, pero de muchas golosinas.

Cientos, miles de paquetes de chicles, caramelos, pastillas, mentitas, alfajores, rocklets, oreos, bonobones, galletitas, turrones, frutifru, choc´n roll, pico dulce, toffees, Mogul colmillos, chupetines Halloween, (y se me acaba la nomenclatura porque cuando nosotros éramos chicos no había más que tres o cuatro boludeces en el kiosco de a la vuelta).

Todo expuesto a lo largo de esa lenta procesión involuntaria. Un inédito “décimo” círculo infernal del Dante –ya que estamos con el tema– para el pobre tipo que no resiste la tentación de lo dulce, un verdadero gancho al mentón de la glucemia, agravado porque las golosinas preferidas de los más pequeños están estratégicamente ubicadas a su altura. Y un acoso innecesario para los que ya decidimos nuestra compra, y no queremos desfilar como aquellos pibes al son de Another Brick in the Wall ante la caterva abrumadora de productos de la mayor multinacional de golosinas.

Una simple cinta extensible como la de los bancos hubiese estado bien.

Pero no, la premisa del híper es vender, que se consuma, bombardearte sin misericordia, y hay que promoverlo a toda costa, hasta el último momento. Y para consumar el latrocinio, al final de ese corredor alucinado y multicolor se avizora implacable “la caja”, donde evisceran el monedero de la gente.

En fin, un infierno bizarro de dulzuras y de esperas. Una moderna postal de El Bosco: el “Corredor de las Delicias”.

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