Secciones
Música

El Cholo es bandoneón

El artista cumplió 89 años. Aquí un recorrido a través de la carrera de uno de los fuelles más importantes de la historia del tango.

Domingo 08 de Diciembre de 2019

Rodolfo Cholo Montironi, uno de los grandes bandoneonistas de todos los tiempos en la Argentina, nació en Rosario, Santa Fe. En Granadero Baigorria fue iniciado en los misterios del instrumento que ama por Julio Barbosa, desde principios de la década del 40 del siglo pasado comenzó a recorrer los circuitos artísticos que lo hicieron memorable.

—¿Cuáles son las primeras actuaciones profesionales de las que guardás recuerdos y cómo eran las condiciones laborales de entonces?

—Empecé a trabajar desde muy chiquito. Me venía todos los días a Pichincha (en Rosario) a tocar en la calle y pasaba el platito. Me hacía tres o cuatro pesos por día mientras mi viejo en la fábrica ganaba un peso. Después me volvía en el tranvía, que todavía no llegaba hasta Paganini (hoy Granadero Baigorria), y nunca me pasó nada. Después debuté en radio en “La hora de todos” que conducían Norberto Blesio y Nancy Valdez. Y ya más tarde, gracias a mi maestro Julio Barbosa, me empezaron a llamar los grandes directores.

Así, el Cholo empezó a alternar en distintas orquestas que se presentaban desde El Platal, de Salta y Ovidio Lagos en el corazón de Pichincha, hasta el bar El Cairo, en el centro de la ciudad. De esta manera, las trasnochadas eternas comenzaron a reconocer a este adolescente que asomaba entre los grandes personajes de la noche rosarina.

A principios de la década del 50 ingresó a la orquesta del gran Antonio Ríos, con el que terminaría de macerar su calidad de notable instrumentista. En esa agrupación compartió filas con José Brondel, la otra joya de la nueva generación de bandoneonistas.

—¿Cómo se vivían el tango y la noche en aquella Rosario?

—Y bueno… sabíamos tocar de madrugada en los boliches, en el Sibarita o en el Tolosa, de Presidente Roca y Santa Fe. Ahí se comía bien a esa hora… y sobre todo se tomaba. Yo me crié al lado de muchachos muy tangueros que me enseñaron todo. Nos juntábamos Barbosa, Gonzalito, Antonio Ríos, Carlitos Espinosa, Salvador Donnarumma, y tocábamos en la mesa nuestra durante horas, la gente nos escuchaba y a veces hasta nos aplaudía, jaja (…) A mí me llevaban veinte años, yo era el niño mimado y siempre que hacían una orquesta me llevaban. Yo ya era muy técnico pero ellos eran artistas consagrados, tenían su estilo y conocían el tango a fondo, eran artistas además de músicos. Nos encontrábamos todos los días después de las actuaciones. Lo que pasaba es que se ganaba bien y había trabajo en todos lados. Hacíamos bailes, cafés, radio, había días en que tocábamos dos o tres veces (…).

—Lamentablemente han quedado pocos registros del bandoneón de Julio Barbosa, su maestro y parte esencial de la Escuela Bandoneonística.

—A Barbosa lo conocían todos. Había tocado con Juan Canaro y con Los Señores del Tango en el Olmos durante un mes. Cuando Pichuco venía a Rosario preguntaba por él y siempre se juntaban. Una vez me llevó a mí. Tocaba Troilo en el Instituto Tráfico, y después de cada entrada que hacía el Gordo venía y se sentaba con nosotros. Julio tocaba muy bien el tango, en ese tiempo era considerado el mejor de acá. Tenía mucha fuerza, era tango puro, aunque también tocaba fenómeno el folklore. Le gustaba mucho Gobbi. Pero nunca hizo arreglos, no había estudiado demasiada música aunque fue un gran maestro, sacó muchos alumnos como Vettorello (Miguel), Picca (Evelio), Pepito (Isaac Isacó), Nuñez (Alberto), Fólis (Alberto). Pasaban todos por ahí porque tocaba muy bien y no tenía egoísmos. Los tangueros de esa época lo querían mucho, andaba siempre con su saco, su corbata, ¡era un fenómeno! El Pato Pastoriza lo seguía mucho. Después, muchos directores de Buenos Aires se lo quisieron llevar pero él no quiso ir, ya estaba instalado de parrillero en el club, con la quiniela y tocando para los amigos. Y fijate qué cosa, él no se quiso ir pero siempre me alentaba para que yo me fuera. Yo qué puedo decir… a mí me llevó a vivir a su casa, estuve con él diez años. Teníamos por costumbre recorrer todos los boliches con traje y corbata, y al volver pasábamos por una confitería para comprar masas o flores para nuestras viejas. Para mí fue como un padre.

En mayo de 1956, el cantor Alfredo Belluschi formó su propio conjunto para presentarse por LT3 y Montironi fue elegido como director y arreglador.

Dos años después, el Cholo se incorporó a la orquesta de José Sala, en la que permaneció hasta 1965, aunque de modo paralelo realizó otras presentaciones: integró la orquesta de Jorge Arduh, con actuaciones en Radio El Mundo, y comenzó a formar parte de la orquesta Torres-Agri. En 1963 realizó arreglos para el Quinteto Rosarino de Tango y en julio de ese año ingresó a la orquesta de Domingo Federico. En tanto, durante los carnavales de 1964 en el Club Provincial formó parte de la gran orquesta Francini-Stamponi, de visita en Rosario.

Pero la intensidad laboral para el músico de tango se iba disipando. El cambio de paradigma en la industria del entretenimiento venía modificando sustancialmente el panorama.

—¿Cómo afectó la crisis tanguera de entonces?

—Fue muy difícil sobrevivir en la década del 60 siendo bandoneonista. Las cuerdas pudieron encontrar laburo en la Sinfónica pero los bandoneonistas nos quedamos sin nada. Yo tuve mucha suerte porque era el niño mimado y cuando había algo me llamaban todos. Pero fueron años bravos, con los hijos chiquitos. Antes de eso era otra cosa, había mucho laburo. Nosotros con Agri teníamos un taxi alquilado para que nos llevara de una radio a otra porque sino no podíamos cumplir con los horarios. Era una época linda, había tango por todos lados. Después se vino la malaria, dejaron de llamar a la gente del tango y hacían subir al escenario a cada uno…

Luego, el Cholo conformó Discepolín, quinteto con el que se presentó en LT3 y en la Confitería Jezabel. En 1967, viajó al Festival de Tango de La Falda, realizó actuaciones en Canal 5, de Rosario, y se sumó al conjunto con el que Antonio Ríos se presentó en LT2.

Además, por entonces, el Polaco Roberto Goyeneche comenzó a visitar la ciudad con frecuencia y pedía, invariablemente, que fuera Montironi quien dirigiese su acompañamiento. Juntos realizaron presentaciones en la ciudad y giras por distintas provincias argentinas. Del mismo modo, el Cholo compartió escenario con otros nombres de alta jerarquía, como Floreal Ruiz, Miguel Montero y José Libertella. De esa época también se recuerdan las presentaciones en el cabaret Morocco, donde con el cantor Carlos Budini compartían escenario con Rita la Salvaje.

—Además de Barbosa, el otro gran maestro que ha tenido fue Antonio Ríos, a quien siempre tiene presente. ¿Qué otros referentes mencionaría?

—Sí, Antonio fue el que me terminó de cocinar. Yo le debo mucho. Él tampoco tenía egoísmos, como Barbosa. Eran músicos de otro tiempo. Yo no lo tuteé nunca, ni a él ni a Julio, y entre ellos, que se querían mucho, tampoco se tuteaban. Tenían esa manera para todo. Los zapatos de Antonio siempre impecables… y la presencia con el bandoneón. Si no hubiese sido por su problema, Antonio hubiera hecho la carrera de Pichuco. Estaba todo para él. Era completo, hacía notas y además el sonido, nene, ¡el sonido! A veces tenía el bandoneón abandonado, se le caían las teclas, pero él le sacaba ese sonido lo mismo. Antonio estaba para todo y tuvo muchas oportunidades. Incluso llegó a grabar con Roberto Grela. Iban a hacer un disco, pero llevaban seis temas y, sin avisar, desapareció de Buenos Aires y se fue a Bahía Blanca. Y Grela rompió las grabaciones de bronca. Y bueno, después están los otros. Troilo primero. Ese no puede faltar. Siempre va a estar presente. ¿Sabés lo difícil que es hacer dos notas fáciles? El modo que tiene es único. Después, lo que hizo Piazzolla fue una cosa de locos, nos dejó a todos escuchando. Además, los arreglos. Lo cambió todo.

Un bandoneón por el mundo

Conforme pasaron los años, la situación laboral se fue complicando hasta que en 1977 el Cholo tuvo la oportunidad de romper el cerco. Comenzó su actividad en el exterior mediante una gira por EEUU acompañando musicalmente a Alberto Morán en una cadena de hoteles de alta jerarquía.

Luego de su regreso, Jorge Sobral le propuso un viaje a Río de Janeiro y un posterior contrato en Caño 14, de Buenos Aires, donde actuó con un trío completado por Héctor Stamponi y Héctor Console. Debido al éxito conseguido, surgió la posibilidad de una gira por la península ibérica.

Allí, tuvieron otro éxito consagratorio. Grabaron el LP Jorge Sobral en España, producido por Tonodisc y editado en 1980 y, además, el Cholo fue contratado con su bandoneón para una buena cantidad de grabaciones: música infantil, jazz con la Orquesta Guardia Gran Canaria, con Rafael y con Concha Piquer. También participó en la ópera rock Evita, con Paloma San Basilio, Patxi Andion y la Orquesta Nacional de España, de ochenta y dos integrantes.

De regreso a Buenos Aires se incorporó al plantel del local Taconeando, de Beba Bidart, en el que actuó intermitentemente durante cinco años alternando con elementos como Carlos Rossi, con quien en 1984 grabó el LP A mi manera.

Mientras tanto, sus viajes a Europa ya eran habituales, pues desde 1982 el Trottoirs de Buenos Aires, 37 rue des Lombards 75001, de París, fue su centro de actividades.

—¿Cómo se vivía, por entonces, el tango en Europa? ¿Cuál era el público del Trottoirs y cómo era la relación con los dueños?

—El tango gustaba mucho. Había muchos argentinos y uruguayos que iban y también muchos europeos a los que les gustaba. Y a veces caían tipos muy importantes, gente de mucha guita, como la princesa Carolina de Mónaco, el presidente de Portugal… qué sé yo… iba todo tipo de gente al Trottoirs. También muchos amigos de los dueños. Eso era una sociedad de veinticinco personas entre las que estaban Cortázar, Cantón, había pintores… no sé… mucha gente que lo había puesto para escuchar tangos. Así que iban muy seguido. Con Cortázar, Raulito Barboza y otros muchachos jugábamos al truco y charlábamos todas las noches. Les gustaba hacer lo que hacían acá y allá no podían. Extrañaban mucho. Yo estuve diez años como director musical del Trottoirs. Ahí toqué con todos y acompañé a muchos de los mejores, el Polaco, Rubén Juárez, Beytelman, Montes, el Tata Cedrón, Ciro Pérez, pero lo que más me quedó grabado fue lo de Salgán. Salgán fue una cosa notable, nene. Llegó con De Lío para tocar en el Trottoirs y se quedó tres meses. Ellos siempre actuaban solos pero a mí me sumaron de entrada para tocar en trío y después estuvimos juntos todo ese tiempo. Hicimos televisión y un montón de actuaciones. Nunca vi nada igual, en los tres meses no se equivocó nunca. ¡Pero nunca! Y cuando nos equivocábamos nosotros, nos corregía en el piano. Pero bueno, Europa no es la casa de uno. Lo bueno es que se labura bien y, además, hay tiempo para estudiar. Y eso es lo que hay que hacer, no queda otra. Desde los nueve años que estudio mucho. Brondel y yo no teníamos dificultades, pero nos hacían estudiar a lo loco. Antes te daban lecciones y había que darle y darle, y como a mí no me gustaba pasar vergüenza estudiaba muchísimo. Y eso lo hago hasta hoy, que todos los días escribo y toco el bandoneón un montón de horas. Y en Europa hacía lo mismo.

Mientras, en Argentina, el Cholo dirigió el conjunto con que el cantor Ricardo Sivina grabó en 1988 el LP Adiós Nonino. El plantel se completaba con Francisco Tejedor en piano, Antonio Agri en violín y Omar Murtagh en contrabajo. Seis años después volverían al estudio de grabación, ahora con el complemento de Pablo Agri como segundo violín, José Bragato en cello y Mario Fiocca en viola. Un verdadero seleccionado.

En tanto, desde comienzos de la década del 90 se acercó a jóvenes músicos rosarinos a los que les aportó una inestimable cuota de calidad y experiencia. Realizó actuaciones con el Quinteto Camandulaje y se erigió en nexo fundamental con las nuevas generaciones.

También comenzó a trabajar con el pianista Javier Martínez Lo Ré –director de Camandulaje– y el contrabajista José Gómez (luego Rubén Molino), conformando un formato de trío con el que aún se desempeña. De ese modo, grabó un CD con las voces de Ricardo Paradiso y Marcos Andino —más el aporte del gran violín de Antonio Agri— que editó la Secretaría de Cultura municipal.

De esa época es, también, el ciclo tanguero realizado en el bar Berlín, que resultó a la postre un verdadero mojón en la historia del tango de la ciudad. Junto a otros jóvenes con destino de referentes, logró ganar un espacio en un ámbito por entonces refractario al género. El acople de generaciones entre los asistentes comenzó a darle cuerpo y visibilidad a un género musical en crisis. Era habitual ver una mesa de chicos con estética rockera al lado del inolvidable Jorge Riestra, o de muchachos del ambiente que corrían el horario de la mesa de escolaso para ir a ver al Cholo.

—Mirando desde una perspectiva histórica de largo plazo, el ciclo de tango en el Berlín me parece un momento bisagra para el advenimiento de los nuevos tiempos tangueros. ¿Cómo lo ve usted?

—Sí, eso fue muy lindo. Yo me acuerdo que venía de gira y ese era el único lugar en el que había laburo. Hacíamos los domingos y se llenaba de gente, y lo mejor era que había un montón de chicos que eran de ese lugar, que escuchaban otra música, y cuando tocábamos nosotros se quedaban escuchando calladitos. Muchos de esos terminaron haciéndose tangueros. Y además, fue un lugar de trabajo para la gente del tango. Ahí es donde se empezó a destacar Capitano, cantaba muy bien. Empezó también a cantar conmigo. Me acuerdo que venía a verlo el abuelo, el Loco Castro. Carlitos (Quilici), que había estado con Domingo (Federico) estaba siempre con Los Tauras. Todos muchachitos jóvenes. También ahí tocaba Octavio Brunetti, ¡uuhh, qué pianista, nene!

Y en el 2000 también...

Mientras tanto, siguió protagonizando en Europa eventos de importancia: actuó en el Olympia de París e intervino como solista en la Orquesta del Capitolio de Toulouse, dirigida por Michel Plasson; se presentó también en Madrid, Barcelona y Granada y como bandoneón solista de la Royal Philharmonic de Londres. Dio conciertos en el Auditorio Manuel de Falla, en la Alhambra de Granada; en el Anfiteatro Romano de Siracusa, en Sicilia; en el Florida Park de Madrid y en Radio France, de París, como solista de bandoneón. De la mayoría de estas presentaciones quedan registros de audio y visuales.

Y con tanto camino recorrido, llegaron los reconocimientos: el 6 de agosto de 2001 dio un concierto en el teatro Benjamino Gigli, de Porto Recanati (Italia) y luego del mismo Salvattore Pischitelli, Assesore alla comune di Recanati, lo declaró Ciudadano Ilustre de esa localidad.

Por otra parte, el 11 de abril de 2002, el Concejo Municipal de Granadero Baigorria lo declaró Ciudadano Ilustre, “en reconocimiento a su excepcional trayectoria artística en nuestra patria, en diversos países de América y del mundo”. En tanto, el 28 de mayo de 2004, el Honorable Concejo Municipal de Rosario lo declaró Artista Distinguido de la Ciudad, y el 23 de septiembre del mismo año la Municipalidad de Rosario sancionó el decreto Nº 24478 mediante el cual se denominó con el nombre de Rodolfo Cholo Montironi a la esquina Aristóbulo del Valle y Pueyrredón, en pleno barrio Pichincha.

Durante los años siguientes continuó visitando con su bandoneón distintos países, a la vez que intensificó su actividad docente.

Mientras, en 2010 la Fundación Musimedios y la Secretaría de Cultura de Rosario editaron un CD en el que su bandoneón es acompañado por la guitarra de Alfonso Pacín. Los registros habían sido realizados en julio de 2006 en Romainville, París.

En la actualidad, el Cholo continúa en plena vigencia. En nuestro país se presenta, habitualmente, con su trío completado por Javier Martínez Lo Ré en piano, Jeremías Serpi en contrabajo y la voz de Graciela Figari. Mientras tanto, continúa desarrollando diferentes iniciativas con los principales actores del tango contemporáneo.

—¿Qué diferencias advierte entre aquella época de oro y nuestro tiempo?

—A los chicos de ahora hay que apoyarlos, fijate todo lo que hicieron en una época tan fulera. Por suerte tuvieron buenos maestros, principalmente Omar (Torres) que siempre fue el que más claro la tuvo de todos nosotros, el que nos avivó a todos. Después apareció Lo Ré con la Orquesta Escuela. Ahora hay chicos con mucha formación, antes tocábamos como podíamos. En mi época uno aprendía de prepo, yo tenía catorce años y me llamaron a una orquesta. Ni probamos ni nada, de entrada me dijeron que íbamos a tocar El Marne. Le pedí la parte para verla y uno me gritó “¿Qué parte? Si no lo sabés, silbalo”. No te daban ni el tono, tenías que aprender a la fuerza. Lo que pasa es que había tanto laburo y estabas todo el día tocando, que aprendías sí o sí. Ahora lo que falta es eso, hay chicos que tocan bien y tienen tango adentro: Alicia (Petronilli), Cristian (Gustafsson), que lo tenemos que ir a ver… está haciendo un trabajo muy importante en Cañada. Son todos chicos que vi crecer con el bandoneón. Igual Moyano, que está dando clases en la Municipal; Jarupkin, en la Orquesta Escuela. (…) Fijate el pibe que tengo en el contrabajo (Jeremías Serpi), tiene veinte años y ya tiene un sonido bárbaro. La chica que estaba antes (Cecilia Zabala) también, parecía Murtagh. Y vos viste cómo suena lo que estamos tocando con Martincito (Martín Tessa). Ese chico es un profesional en serio. Estoy muy entusiasmado con ese trabajo, nene. Lo que falta es que haya más laburo, más lugares de tango, es la única manera de que todo esto siga.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario