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Diálogo Abierto

El básquet, la excelencia y un proyecto muy ambicioso

Entrevista al basquetbolista y director de Sembrando Huellas, Lisandro Ruiz Moreno. Básquet: cancha y pelota, sagradas. Hermanos y espejo, abuelo y honor

Lunes 28 de Junio de 2021

No es éste el caso de mostrar las sopesadas y pulidas virtudes técnicas y de conducción del base, capitán y goleador de Echagüe, ya que de ello dan fe habitualmente las crónicas de básquet. En este caso, Lisandro Ruiz Moreno explica el objetivo de ir hacia una instancia superior en la formación de futuros deportistas a través del proyecto que desarrolla en el Club Olimpia, de la capital provincial, con la ambición de convertirlo en un programa, denominado Sembrando huellas.

Cancha propia, Leopoldo,

Talleres y Harry Potter

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, el 26 de febrero de 1989, en calle 9 de Julio, entre Gualeguaychú y Carbó, pero siempre fui de la zona de la Plaza Sáenz Peña y el Club Talleres, porque mis dos abuelas vivían a dos cuadras. A los 19 años me fui a Estados Unidos.

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El básquet, la excelencia y un proyecto muy ambicioso

El básquet, la excelencia y un proyecto muy ambicioso

—¿Cómo era aquella zona en tu infancia?

—La casa de mis padres tenía mucho espacio verde, dos perros, tobogán, hamacas, trapecio, pileta, laureles y huerta. Era un lujazo así que mucho tiempo pasaba en medio de la naturaleza. Había una cancha de básquet en la cual estaba muchas horas y cuando había que socializar, iba a Talleres y abusaba de mis abuelas, donde almorzaba, merendaba y me quedaba a dormir. Además se jugaba en la vereda de calle Villaguay o en la placita.

—¿Otros juegos?

—A las escondidas, a las bombuchas, al fútbol y al básquet, en todo momento.

—¿La primera aproximación fue por la cancha en tu casa o por Talleres?

—Fueron de la mano, porque mi papá fue presidente del club. La anécdota es que a mi primera práctica fui con pañales. Independientemente de que hoy sea mi profesión, siempre amé el deporte. Hay algo sagrado y terapéutico en el básquet que es la cancha y la pelota. Pasé muchas horas en el patio de mi casa y era insoportable; cuando tenía que estudiar pegaba las hojas en la pared, memorizaba algo y tiraba al aro, volvía y lo repetía… no paraba. Mis padres me decían “basta” porque tenían que dormir. Mi grupo de amistades tenía la misma pasión, así que estábamos todo el día con la pelota.

—¿Imaginabas ser profesional?

—Siempre supe que lo haría y no imaginaba otra cosa, por lo que disfrutaba y por ver a mi hermano convertirse en profesional, con las mejores camisetas de Argentina, de la selección y viajando a Europa. Jugaba de una manera con la que me identificaba.

—¿Te aportó los primeros fundamentos y técnicas?

—Sí, porque me gustaba ver los VHS de sus partidos y absorbía todo. También vi una película de (El mago de la NBA) Pete Maravich, quien revolucionó el básquet porque jugaba muy alegre y vistoso, lo cual me volvió loco, y también por su entrenamiento. Lo vistoso que dicen de mí es influenciado por eso, al igual que por mi hermano Leopoldo.

—¿Qué más te atraía?

—Los Bulls de los 90, que veíamos con mi hermano Leandro y nos parecían mágicos porque hacían cosas no normales.

—¿Cómo vivías la disociación de eso respecto al básquet local?

—Había una disociación pero también fui un privilegiado por ver la Liga Nacional de los 90, al punto que eran extranjeros cortados en equipos de NBA y recaían acá. La economía del país daba para que aquello no fuera tanta fantasía.

—¿Otras aficiones?

—Era un explorador con mucha energía y curiosidad: intenté muchas actividades y deportes, hockey sobre césped y sobre patines, que les hice comprar, jugaba a la ajedrez, era miembro activo de la biblioteca del club, fui a dibujo, intenté jugar al vóley y fui una vez a fútbol, no paraba…

—¿A cuál le dedicaste más tiempo?

—Era toco y me voy, ninguna lograba superar la pasión por el básquet. Me enganché con el ajedrez porque lo jugaba mi abuelo Rubén y compartíamos. Es materia pendiente la música, aunque cuando tuve una lesión me compré un saxofón y fui a clases particulares.

—¿Proyectaste al básquet algo de la concepción y la disciplina mental del ajedrez?

—Más o menos, no tanto para llegar a ese punto pero siempre respeté lo de la disciplina: él sacaba la mesa a la vereda, dos sillas, armaba el tablero, se sentaba del lado de las blancas y adelantaba un peón. Enfrente no había nadie…

—¿Esperaba a que pasara un potencial adversario?

—Exacto, si alguien se sentía capturado por la escena lo invitaba a jugar. Yo amaba lo de estar listo para jugar sin saber quién sería el rival. Es el honor a lo que se sabe hacer independientemente del resultado, lo cual se puede proyectar a una cancha de básquet.

—¿Cuál era la actividad laboral de tus padres?

—Mi mamá fue maestra pero la recuerdo como bibliotecaria, y mi padre ingeniero electromecánico, y siempre tuvo su ferretería.

—O sea que había libros en tu casa.

—Muchísimos; nuestra madre se encargó de hacernos leer y nos inscribía en programas de intercambio de libros.

—¿Los primeros influyentes?

—Los de Harry Potter. Mi prima psicóloga le dijo a mi mamá que el personaje me iba a gustar, tomé el libro a los 12 años y el personaje tenía esa edad, y a medida que fui creciendo, el personaje también. Me enganché mucho, al igual que con la música, ya que me hacían escuchar rock nacional de los 80, mientras leía. Mis padres y mis hermanos tuvieron una pincelada para ser lo que soy hoy, sobretodo Leandro, quien no se dedicó al básquet y estudió Comercio Exterior. Me abrió una puerta porque entendí que había otras cosas además del básquet, ya que estaba alienado.

—¿Qué entendiste sobre la Magia y Harry Potter?

—Que sucede cuando uno está dispuesto a ver de otra manera. Están los muggles (gente no mágica) y habitan el mismo mundo de los magos pero no se dan cuenta ni prestan atención, o cuando sucede algo mágico le buscan explicación racional. Y a veces sucede la Magia y no hay que racionalizarla ni cuantificarla, sino aceptarla y aprender.

—¿A qué te llevó esto?

—Siempre tuve la visión de que si quería ser algo a futuro tenía que utilizar todas las herramientas a mi alcance. Mi sueño era estudiar en Estados Unidos, donde además pudiera jugar al básquet. Hice todo lo que estuvo a mi alcance; mi hermano mayor jugaba profesionalmente, con él podía hablar, me dijo que intentara jugar lo mejor posible y estudiar inglés, y en eso se basó mi adolescencia. Terminé la secundaria, me dediqué un año al profesionalismo, durante el cual jugué con mi hermano, y me becaron a los 19 años, para lo cual me ayudó un extranjero con quien compartíamos equipo.

—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?

—La disfruté y compartí con los amigos y compañeros de toda la vida, en el Colegio de las Hermanas Mercedarias. Me gustaba mucho Lengua, porque la profesora estimulaba mucho la lectura de libros como El alquimista, además de ser un espacio para expresarse porque eran talleres de escritura.

—¿Un partido de gran aprendizaje, antes de viajar a Estados Unidos?

—Varios; un hermoso recuerdo es de mi debut en la Primera local, con 14 años, que hoy se lo toma como algo cotidiano. En la tribuna estaban mi hermano mayor y mi papá, lo cual no sucedía jamás. Entré y metí un libre, y tengo una foto de los tres abrazados.

—¿Qué diferencia de edad con tu hermano?

—16 años. Cuando yo nací, él comenzó la etapa profesional.

Universidad: exigir lo que se brinda

—¿Recordás cuando llegó la aprobación para viajar?

—Fue un mail en inglés del entrenador que decía que le había guastado el video que mandé y que tenían un proyecto para que fuera. ¡No lo podía creer!

—¿Qué pensaste y cómo fue la realidad?

—Cumplió muchísimo mis expectativas, aunque tuve que hacer un paso previo para ir a la universidad, ya que había terminado el período de inscripción y me colocaron en un pre universitario, una escuela de varones, de todo el mundo, ultra católica, muy disciplinada, con trabajos dentro de la escuela, pero una fábrica de jugadores. Fue difícil por la adaptación y para quitar la siesta. Cuando estaba terminando ese ciclo tenía que comenzar la inscripción en la Universidad de Miami pero hubo problemas para ingresar al equipo porque acá había competido en una liga profesional y la NCAA (Asociación Nacional Deportiva Universitaria) no lo permite. Sabiendo eso, acá no firmé contrato ni cobré y, además, estaba el antecedente similar de Pepe Sánchez. Pero para cuando yo fui se pusieron más rigurosos. La universidad “me soltó”, mi entrenador habló con la universidad de Rhode Island y me dijeron que la penalidad podía ser la de no jugar durante el primer año.

—¿Cuál es la esencia de un sistema que produce semejantes y tantos deportistas?

—Se exige lo que se brinda: te piden que seas de determinada manera porque hacen todo para que puedas; si te exijo que entrenes de determinada forma es porque la alimentación, el descanso, la infraestructura, la indumentaria que te ofrezco es tal, la cancha está siempre limpia y el estadio está abierto las 24 horas, hay tres entrenadores para vos, gimnasio, profesor particular para las materias que no entendés… Todo está para que te brindes por completo para la experiencia y tienen autoridad para decirte que algo no está funcionando.

—¿Una imagen?

—Acá, para tener una camiseta o zapatillas Nike, había que remarla. Allá, entrabas al vestuario y en tu casillero había zapatillas de andar, para jugar, ropa de entrenamiento A y B, rutina y ropa para el gimnasio… Cuando lo vi dije “en Argentina tengo que trabajar diez años para tener todo esto”. El poder de la industria está al alcance de la mano. Más la infraestructura: cafetería, menús, todo limpio, grande, cómodo… Si querés poner una excusa para algo no la encontrás.

—¿Queda lugar para la pasión y la Magia?

—Queda, pero suceden en la soledad. Me di muchos momentos para maravillarme de otro país, en pequeñas cosas, y tuve la posibilidad de ir a New York con un amigo brasilero y otro panameño, aunque no jugaban al básquet.

—¿El mayor desaprendizaje?

—Aprender a ceder en muchas cuestiones basquetbolísticas.

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—¿Técnicas?

—En cuanto a lo que tenía que hacer en la cancha y reorganizar lo que yo creía que eran mis características principales. Acá era el que más saltaba, el más rápido y el que más energía tenía, por la edad. Allá volaban todos, y saltaban y corrían más que yo. Tuve que ir por otro lado: el que más piensa y el más preciso, lo cual construí.

—¿Cómo?

—Con aprendizaje propio, de observación y recuerdo de lo que había visto de distintos bases.

—¿Por qué volviste?

—El dictamen de la NCAA fue que no jugaría dos años y medios, porque había competido con la secundaria terminada y lo consideraron un trabajo, lo cual fue demoledor ya que mi sueño de jugar estaba lejísimo. Tomé la decisión de volver ya que, además, perdimos el juicio.

—Imagino el “aterrizaje forzoso” por estos lares…

—Fue duro porque regresé a jugar en Echagüe en tercera división, una categoría inferior de la que me había ido, y allá las cosas funcionaban de una manera… Me costó muchísimo readaptarme a nuestra idiosincrasia y cuestiones estructurales.

—¿Por qué la incapacidad aquí para detectar esas falencias?

—Es muy largo para hablar. En general ellos son muy productores y todos producen algo, lo cual va de la mano del gran consumo. Y tienen mucha conciencia de lo público, lo cual es clave. Acá consideramos que es de nadie, con lo cual nadie se hace cargo. Por eso prefiero decir que es de todos, o sea mío, y tengo que cuidarlo y respetar, desde las normas de tránsito hasta horarios y cuestiones cotidianas. Esto hace a la comunidad y el orgullo, que no lo tenemos por lo público sino que criticamos. Por ejemplo, estoy orgulloso de la universidad pública, la siento mía, la honro y respeto, dedicándole el tiempo que merece, y no sé si todos lo toman así.

Las huellas de lo diferente

—¿Sembrando huellas tiene que ver con esos valores?

—Sin dudas: la premisa es la formación integral del jugador, entendiendo que el club es un lugar privilegiado para los chicos, para que además de aprender lo deportivo, tengan un espacio interesante y proactivo, por donde circulan la ecología, la lectura, el análisis de un documental, charlar sobre el bullying y la prevención de adicciones, que también hacen al jugador de básquet. Porque no tengo dudas de que tarde o temprano tendrá influencia en cómo se comporten dentro de la cancha. Así concibo al básquet, porque no somos solo deportistas, sino padres, estudiantes, amigos, hermanos, hijos y ciudadanos.

—¿Cuándo y por qué lo decidiste?

—Tengo arraigado lo de jugar al básquet y estudiar, aunque no lo terminé de concretar en Estados Unidos, sin embargo acá decidí estudiar una licenciatura presencial de Psicología al mismo tiempo que jugar. De ahí que pensé en gestar algo distinto al solo jugar y es un primer paso interesante.

—¿Te inspiró alguna experiencia propia o que estudiaste?

—Me nutrí de ver lo interesante que es entrar la cancha nutrido de otras cosas que no tienen que ver con el básquet, al igual que de otras cosas vistas. Es muy artesanal, está dando sus primeros pasos y mucho se hace en el día a día. Sueño que en el futuro sea, por ejemplo, un programa municipal deportivo, para lo cual voy escribiendo día a día. Entiendo que primero hay que encuadrarlo, hacerlo como lo estamos haciendo y que esté avalado por un profesional, por eso estudio para un título.

—¿Al plantearlo te preguntaron “si estabas bien de la cabeza”?

—(Risas) Hay que reconocer que en Olimpia tomó la posta Raúl Geller, un tipo muy abierto, despierto y con un gran compromiso con las inferiores, quien me preguntó qué podíamos hacer de distinto, en un momento en que pensaba desarrollarlo cuando estuviera recibido. Le dije que sí porque es una experiencia de oro.

—¿Tienen espacios en las redes?

—Es una materia pendiente porque estamos creando el logo con la madre de mi nene y quien me acompaña, que es diseñadora.

Sembrando huellas, un campo

para posibilidades infinitas

Ruiz Moreno realizó una primera evaluación de lo trabajado desde enero hasta la actualidad, destacó el valor y el sacrificio de las “victorias particulares, las que menos envidia generan”, y se refirió a la importancia de la circulación de la palabra en un espacio no convencional para un club.

—¿Una primera evaluación?

—Es la posibilidad de lo diferente, ya que los chicos encuentran en el club un lugar que no esperaban, o hablar sobre temas que jamás pensaban hacerlo acá o con sus compañeros. Con ver sus rostros o las expresiones que utilizan me doy cuenta de que se les abre una puerta distinta, lo cual es un montón en esas edades y en estos tiempos en que viven a mil y contaminados de muchas cuestiones. En un taller dividí en “victorias particulares” y “victorias públicas”, les comenté que aquellas son las más importantes y les leí parte de un libro de Víctor Frankl (neurólogo y fundador de la Logoterapia, sobreviviente de los campos de concentración alemanes). Dice que aquellos sacrificios que menos envidia generan son de los que más orgulloso me siento, y eso es la vida. Les propuse que encontraran sus “batallas privadas” y que las libraran. Para algunos puede ser convertirse en el mejor jugador de la APB y para otro que el entrenador lo tenga en cuenta, pero todas son importantes.

—¿Devoluciones que te han impactado?

—Me gusta mucho cuando dicen que “es poco tiempo” y también me interpela cuando no vienen o están todo el rato con el celular.

—¿Cómo funcionan?

—Son encuentros cada 15 días, con talleres para los chicos de U 13 a U 19, y con pre mini y mini encaramos el proyecto del mural, para dejen su huella en el club. También es una red porque se me acercan facultades y fundaciones, para trabajar conjuntamente. Es un campo de posibilidades infinitas, son los primeros pasos, y espero que sea un programa sustentable y se replique.

—A propósito de Frankl, ¿hay una corriente psicológica en la cual te apoyás para enfocarlo?

—Tal vez no tan teóricamente porque no es mi idea y no soy psicólogo. Tengo una influencia psicoanalítica en cuanto a la circulación de la palabra y a alojar lo diferente o lo que no se esperaba que pudiera suceder. También es un espacio de escucha y aparecen nudos que trato de desenrollar, con mis herramientas.

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