Diálogo Abierto
Martes 19 de Junio de 2018

"El arte, sin dudas, produce unos movimientos saludables y alivia"

La psicodramatista fundamenta la importancia de la expresividad en un ámbito grupal, como fórmula terapéutica y de autoconocimiento.

"Es difícil conformar equipos en toda la provincia porque no hay instituciones como la nuestra", apunta Liza Ormaechea, responsable del área de Comunicación del centro de tratamiento de adicciones Huella –de la capital provincial–. La actriz –integrante del elenco que protagoniza M' Hijo el Dotor, obra ganadora del premio Escenario de Oro 2017– alertó sobre el ingreso cada vez más prematuro al consumo de sustancias prohibidas, y la falta de políticas de prevención y rehabilitación.

liza

Lo gris y el mandato

—¿Dónde naciste?
—En Nogoyá, detrás de la iglesia y frente al Colegio del Huerto, en el centro.
—¿Cómo era el lugar?
—Gris (risas), como la iglesia y el colegio. A la siesta me gustaba el murmullo de los chicos en las aulas y jugaba en la Plaza de Mayo.
—¿Otra referencia?
—El Colegio Nacional.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—Si lo había –como la plaza– lo evitaba (risas), aunque había mucha libertad y a la siesta el pueblo se convertía en el patio de juegos.
—¿A qué jugabas?
—A las escondidas; era bastante traviesa y tenía más juegos de varones –por mis dos hermanos mayores– como los autitos, la bolilla y la pelota. Hacía imitaciones y representaba personajes.
—¿Sentías esa vocación?
—Me encantaba la actuación, recortaba de las revistas figuritas de actores, actrices, personalidades y escritores, las pegaba en una carpetita, y ponía quiénes eran y otros datos. No me dejaban ver un programa en el cual trabajaba Gloria Carrá, quien soñaba con ser actriz y no la dejaban –lo cual fue mi vida–.
—¿Por qué no te dejaban?
—Tuve que hacer miles de periplos para hacer teatro, porque cuando lo manifesté –a los 12 años– fue un escándalo y me echaban de mi casa. No tuve el valor de decidir estudiar actuación formalmente.
—¿Qué recordás?
—Me dijeron que estaba loca y no hubo diálogo. Me escapaba de mi casa para hacer teatro; Rubén Clavenzani se bancó esas historias y luego hice muchos años con Lito Senkman –una persona muy importante para mí–. La resolución fue que mi hermano se vio comprometido a hacer teatro conmigo (risas), lo cual nos unió mucho y tuvimos muchas vivencias gratificantes.
—¿Qué actividades profesionales desarrollaban tus padres?
—Mi mamá –que falleció cuando yo tenía 12 años– era profesora de Inglés, y mi papá, abogado, descalificaba todo lo artístico, lo cual era muy propio del machismo de la época.
—¿Cuál era el mandato familiar?
—Estudiar abogacía o estudiar abogacía, entonces me vine a estudiar Comunicación Social.

Moliere y el no soñar

—¿Qué materias te gustaban?
—Literatura. Leía mucho y en casa había muchos libros; a los ocho años leí El avaro y Tartufo –de Moliere– y esos diálogos me atraparon.
—¿Otros textos influyentes?
—La Colección Robin Hood, cuyos libros devoraba. Sólo tenía una hora de televisión por día. Después leí lo que tuviera que ver con un drama psicologista y la literatura rusa me fascinaba. Me marcó La insoportable levedad del ser –de Milán Kundera.
—¿Te imaginabas dedicada a la actividad teatral?
—Me faltó permitirme soñar, porque sabía que no me dejarían ir a estudiar arte dramático, aunque cuando vine a Paraná el teatro fue un amante que nunca pude dejar.
—¿Cómo viviste esa llegada?
—Irme del pueblo fue maravilloso y liberador, por el dramatismo y complejidad de mi situación familiar. Conocía Paraná porque tengo mis abuelos acá y la carrera me permitió desprejuiciarme de todo lo que acarreaba del pueblo –donde dejé mis amigos queridos, que visito. Me sentí más ubicada y me despojé de la mirada del otro –aunque luego volvió de otra forma (risas).
—Convengamos que no es una megalópolis.
—Paraná tiene sus códigos pueblerinos, sus círculos que se mueven en los mismos espacios y es difícil incluirse viniendo de afuera.
—¿La carrera se concilió con lo que imaginabas?
—Sí, tiene un bagaje de material teórico bastante profundo, me gustaba estudiar y me incliné por la comunicación institucional.

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Un suicidio y un trabajo

—¿Dónde trabajaste tras recibirte?
—En el Programa de prevención del suicidio –durante dos años– y desde entonces en el Centro Huella.
—¿Qué descubriste en ese universo?
—Uno de mis mejores amigos de la infancia se suicidó cuando tenía 20 años, y para mí era un tema inabordable y traumático. Durante muchos años no pude hablar sobre eso, así que mi manera de superarlo fue estudiando.
—¿Qué entendiste?
—Que es una manera fallida de resolver una angustia, lo cual es prevenible.
—¿Siempre?
—Sí, la Organización Mundial de la Salud plantea lineamientos concretos sobre lo que se debe observar, al igual que los mitos y factores de protección.
—¿Otro caso que te influyó?
—No. Es una problemática sobre la cual no se habla y lleva más vidas que los accidentes de tránsito. No se deben abordar mediáticamente los casos de personas conocidas, por el efecto contagio, al igual que no utilizar la palabra. Falta educación y formación en los medios de comunicación.

Adicciones prematuras y pobreza

—¿Cómo te vinculaste con el Centro Huella?
—Hubo un cambio de gobierno, se disolvió el programa y quienes trabajábamos allí fuimos derivados a otras instituciones.
—¿Cuánto hace que estás?
—Siete años.
—¿Qué visión tenías antes de esta problemática y cómo se modificó al trabajar desde cerca y cotidianamente?
—El trabajo te permite introducirte y comprenderla desde muchas otras aristas –más allá de las miradas a priori–. Cuando investigás y profundizás, cambia la postura y la producción respecto a ella. Me sugirieron hacer alguna actividad relacionada con el teatro, pero no me sentía formada, entonces me inscribí en la Escuela de Psicodrama.
—¿Qué análisis hacés de la evolución del fenómeno de las adicciones desde que estás vinculada?
—Hay que desmitificar la tríada pobreza-delincuencia-adicciones. Por ser una institución pública del Estado, la población que llega es de clase media baja, atravesada por carencias, necesidades y vulnerabilidades. Trabajamos con personas de a partir de los 18 años, pero se sabe que cada vez son más chicos quienes acceden al consumo de sustancias. Está cada vez más complicado por la facilidad del acceso y la pobreza es un caldo de cultivo.
—¿Qué dificultades hay en las acciones de rehabilitación?
—Estamos en un lugar privilegiado porque tenemos médicos, psiquiatras, psicólogos, trabajador social, enfermera, operador en Psicología Social y acompañante terapéutico, pero en el resto de la provincia no hay equipos de prevención ni de abordaje. Equipos de Rosario del Tala, La Paz y Viale tienen la intención de capacitarse para replicar nuestra experiencia, pero es difícil conformar equipos en toda la provincia porque no hay instituciones como la nuestra y no se sabe cómo se desarrolla el trabajo grupal y de abordaje territorial. Además hay escasez de recursos y falta decisión política.

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Una herramienta poderosa

—¿Qué te aportó el psicodrama (ver Datos) como herramienta vinculada con lo teatral?
—Confluyen el teatro, la comunicación, la expresión y el abordaje en salud –que eran mis intereses–. Es una herramienta muy poderosa de abordaje grupal.
—¿Cuál es la clave?
—Lo grupal opera fuertemente en la salud y en los procesos de autoconocimiento para encontrarse con una nueva posibilidad de expresar las emociones. La gente no siempre está dispuesta o no puede hablar y relatar su vida, y el psicodrama permite que nos podamos expresar con herramientas lúdicas a través del cuerpo, sin fisuras ni mentiras. La palabra miente, pero el cuerpo no.
—¿Cómo fue ese trabajo con pacientes adictos?
—No utilizaría ese término sino el de usuarios del sistema de salud atravesados por las adicciones. Coordiné un espacio durante dos años, en el cual buscaba la comunicación y la expresión, y darle sentido.
—¿Casos que te impactaron?
—Montones. Un chico tenía muchas dificultades para expresarse y se incorporó con muchísima resistencia: todo le parecía una estupidez. Hicimos un trabajo muy simple con el cuerpo y decía que no le gustaba esto, lo otro, aquello, las personas, hablar... hasta que me dijo que yo parecía una nena que preguntaba todo el tiempo por qué. Le dije que si no me contestaba, no le seguiría preguntando, le generó un fuerte impacto y me dijo que no sabía nada sobre él. Le dije todo lo que sabía sobre él y la devolución le resultó muy impactante. Yo había pedido disculpas porque no tenía almohadones para que se sentaran sobre el piso, y lo más emotivo fue que al encuentro siguiente vino muy feliz con almohadones hechos junto con su novia y su suegra. Otro pibe no hablaba, no sabía leer ni escribir, trabajamos con imágenes y palabras sueltas, y resultó que sabía leer, escribir y expresarse. Estuvo durante más de un año y el último día –cuando terminó la probation– dijo que quería seguir. A una señora, luego de estar un día en el espacio le dio ganas de bañarse y pintarse las pestañas, por la devolución de miradas y reconocimiento que tuvo durante un ejercicio. Al otro día, se levantó y salió a caminar –lo cual no hacía durante meses–.
—¿El arte cura y sana?
—Habría que ver qué se entiende por sanar, pero sin lugar a dudas produce movimientos saludables. Toda expresión del malestar, angustia o conflicto –en el nivel y ámbito que sea– canalizará el alivio, desde el momento en que se comparte y saca para afuera, reparte, alivia y me devuelve un poder reflexivo.

Esta semana, taller

—¿En qué consiste el taller que desarrollarán esta semana?
—Cuando terminamos la formación de psicodramatistas, con la psicóloga Vanesa Restano decidimos poner en práctica lo aprendido, así que propusimos un espacio vivencial –denominado Mi cuerpo me habla– que fue bien acogido por la Casa de la Cultura. Desarrollamos una serie de talleres en 2016, en 2017 no lo hicimos y este año se incorpora Lucía Hermida –formada en Gestalt. Es para mayores de edad, y la idea es trabajar con la expresión y lo lúdico a través del cuerpo, prestando atención y observando lo que nos comunica. Lo grupal tiene la magia de que la empatía y las resonancias nos permiten un redescubrimiento.
—¿Cuándo es el próximo encuentro?
—El jueves 21 de junio a las 18. Hace falta una preinscripción para reservar el lugar y saber con cuántas personas trabajaremos.

La necesidad de un diálogo constructivo en la era 2.0

Cada día enfrentamos el desafío de adaptarnos a nuestro entorno y contexto, lo que algunos llaman, "ambiente". La vida transcurre así, entre varios de éstos: familia, grupos de amigos, compañeros de trabajo, espacios recreativos, etc, ante los cuales hemos de adecuarnos de la mejor manera posible, según habilidades, capacidades, afectos y afectaciones.
Desde que arribamos a este mundo estamos inmersos en un proceso de comunicación-adaptación, mediado por múltiples factores, como son la comunicación verbal y no-verbal, las emociones y sentidos, la mirada del otro, las expectativas, la educación, etc, que van dando características propias a los lazos que construimos en cada vínculo a medida que atravesamos la vida. Entonces vamos forjando nuestra propia mirada hacia el mundo, con un catálogo de expectativas, deseos y valores, que son únicos a cada quien, entrelazados con la propia experiencia.
Si focalizamos la atención en nuestros días, muchas veces escuchamos decir que vivimos en la época de la comunicación 2.0. Este término tomado de las estrategias de marketing, describe una comunicación rápida y eficiente, global, interactiva. Sin embargo, adquiere tintes peyorativos cuando es aplicado a la comunicación humana, la que muchas veces se ve dificultada por el abuso de la utilización de aparatos tecnológicos.
Adaptarnos a los tiempos actuales ciertamente exige conocer el manejo de los entornos electrónicos, pero así también la rebeldía ante ellos. Hoy aparece la necesidad de conectarnos con el otro humano. Volver al diálogo constructivo para conocernos y re-conocernos en una renovada búsqueda de encuentro. La "grupalidad" en sus diferentes formas permite canalizar el sentido de pertenencia, y es a partir del encuentro con el "otro" social, con la mirada que me espeja, que construyo identidad.
El grupo aparece como espacio por excelencia para contener una demanda que suma aspectos emocionales. Así, el Psicodrama, el Enfoque Gestalt, los juegos en cooperación, permiten a partir de estrategias lúdicas creativas, coordinadas por profesionales, no ya capturar sino encontrar nuevos sentidos, multiplicar y transformarnos a partir de la vivencia junto a otros.


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