Aguafuertes y Relatos
Martes 11 de Septiembre de 2018

El aire de Nietzsche

"La vida humana comienza al otro lado de la desesperación" (Jean Paul Sartre)

"Dios ha muerto". Cuando me choqué con esta frase potente y fúnebre acababa de cumplir 16 años. Me sacudió. ¿A quién no? Y como hacía con los pensamientos que llamaban mi atención o me gustaban lo anoté en una libretita espiralada, que todavía conservo. La anotaciones eran breves citas en prosa, fragmentos de textos comentados con inocencia, y aforismos ―género que experimenta hoy en día un renovado auge por la necesaria concisión que impone el vértigo de las redes sociales―, pero que, a pesar de su abuso, no niego que son un recurso válido para dar con un autor al que de otra forma no descubriríamos, o, para comprender un concepto que a priori puede resultar difícil o inasible.

¿Quién puede escribir algo así? Se preguntó en aquel entonces mi mente juvenil anonadada. Inmediatamente sobrevino el otro interrogante: ¿qué quiso decir? Yo transitaba una educación estructurada moderadamente en torno al catolicismo en el colegio de una orden religiosa. Sin embargo, recibía también variadas y espontaneas influencias provenientes de la biblioteca de mi viejo: un librepensador y lector hedónico con marcada afición por la literatura rusa, en la que la idea simbólica del deicidio ha campeado desde siempre.

Cuando finalmente encontré y profundicé en la fuente de la cita, supe que pertenecía a Friedrich Nietzsche, un inclasificable escritor alemán de fines del siglo XIX, que murió loco. Corría el año 1982. Lo recuerdo con exactitud porque durante esos afligentes días de junio el papa Juan Pablo II visitaba la Argentina. Venía a darnos la extremaunción diplomática en las postrimerías de la aventura trágica de Malvinas. El país recibió al ahora santo polaco con esperanzado dolor en medio de multitudinarias expresiones de fervor religioso. Tres días más tarde nuestras bisoñas tropas se rendían, y la atención de los argentinos viraba, con idéntico o mayor fervor, de la tiara papal y los misiles exocet al Mundial de fútbol de España, que acababa de arrancar. Sin embargo, a mí me atrapó ese bigotudo temerario que se plantaba con firmeza frente dogmas sagrados con provocadora irreverencia: "yo no soy un hombre, soy dinamita", disparó en su autobiográfico Ecce homo, como se llega a ser lo que es, su último texto, escrito cien años antes.

Comencé a leerlo dejándome llevar, a medida que podía conseguir sus libros. Sin preconceptos, con el desprejuicio que otorga la juventud. Al principio sin entender mucho, o, mejor dicho, sin poder inteligir una linealidad expositiva. Incapaz de encontrar un hilo conductor en la cabeza de ese hombre. No obstante su prosa, su lenguaje, la forma en que puntúa, es chispeante, musical, llena de combinaciones sorprendentes (los juegos de palabras a los que se entrega en sus textos en el idioma original son de una agudeza sin igual). Muchas de sus páginas son imposibles de transcurrir sin sentirse uno zarandeado, conmovido, aludido; y también irritado, acicateado. Pero nunca indiferente. Todo lo contrario. La curiosidad va en aumento en la medida en que uno se da cuenta de que su riqueza radica en la originalidad, en la falta de un esquema basado en premisas de otros ―a diferencia de los filósofos que lo precedieron―, a quienes fustiga a troche y moche con la excepción de Schopenhauer. Lo que atrae de Nietzsche es, justamente, su inorganicidad; circunstancia que, por otro lado, no significa que su filosofía sea un conjunto caótico de aforismos que pueden dar sustento a cualquier barbaridad. Desgraciadamente sucedió que muchos limitaron prejuiciosamente su obra a un evangelio para matones ―tal como escribió Borges para imparcializarlo en 1940―. Hoy un tema superado.

Con todo, es posible encontrar en sus escritos un orden interno relacionado con su evolución vital e intelectual. Con el paso de los años uno lo va conociendo y se va amigando con él, se hace compiche, porque Nietzsche no hace sino recorrer un camino como cualquiera de nosotros. Un trayecto con subidas y bajadas, de curvas y contracurvas, donde va tanteando en la niebla de la inseguridad, trastabillando por el bosque de las dudas. Cayendo de bruces más de una vez. Sometido ―sometiéndose― a un aprendizaje (digo esto sin temor al fatigado cliché de la palabra "aprendizaje"); y, precisamente, ese carácter lo hizo entrañable para mí. Uno lo siente como un amigo que desde la anexa mesa de luz, un traqueteante colectivo o el banco de una plaza, piensa, cuestiona, lucha, sufre con vos. Pocos literatos y poquísimos filósofos te brindan esa intimidad, esa fraternidad camaraderil que solo surge de la angustia, en la adversidad de la trinchera compartida.

Cuando uno despoja a Nietzsche de la invectiva, de cierta retórica pendenciera y de la recusación sin concesiones que hace de lo que aborrece, lo que aflora en crudo es la valentía de alguien que sale a la intemperie de la altura, y elige el inconformismo ante lo heredado, que le dice "no" al mandato de la "tribu", animándose a buscar una verdad: su propia verdad. Una valiosa praxis filosófica que bien podríamos extrapolar a nuestros módicos cuestionamientos existenciales ―si es que tenemos alguno todavía―; e incorporarla como método o, mejor, como actitud frente a una vida cada vez más atravesada por la banalidad del consumismo y el sinsentido. Nietzsche nos deja así picando el desafío: "¿eres capaz de fijarte por ti mismo tu bien y tu mal y suspender sobre ti la ley de tu propia voluntad? ¿Eres capaz de ser tu propio juez y el guardián de tu propia ley?".

Confirma, por otro lado, esta idea de cierta coherencia en el derrotero de su ―en apariencia anárquica― dialéctica espiritual, un interesantísimo texto publicado póstumamente: Der Weg zur Weisheit (El camino a la sabiduría), en el que el propio filósofo es quien describe a grandes rasgos tres momentos claves a través de la producción de sus obras. Vale la pena repasarlos brevemente porque ―insisto― nos sirven para trazar un paralelismo con nuestra propia realidad, aunque remoto por supuesto, pero que demuestran la autenticidad de este pensador que es ―en el fondo―, la posta que intento pasarle al lectorado.

La primera etapa de su recorrido arranca con su primer libro El nacimiento de la tragedia en el origen de la música ―publicado en 1872―, e incluye los tres o cuatro títulos que le siguieron. A la vez que inaugura su talento innato para la controversia, trasunta un alma joven, ávido de referentes, pleno de confianza en el futuro de la cultura europea, y de cierta ingenuidad que materializa en su declarada admiración por la Grecia preplatónica, el filósofo Schopenhauer y el compositor Richard Wagner, a quien dedica el prologo. Nietzsche mismo refiere este comienzo: "El primer paso. Admirar y aprender mejor que ningún otro. Soportar todo lo que es pesado. Ascetismo de espíritu. Coraje". Actitud que consolida su formación en extremo rigurosa, y que lo exime de la rebeldía chapucera y superficial de tantos "ídolos" que le siguieron.

El "segundo paso" de su camino a la sabiduría está signado por la ruptura con todas las ataduras morales, el "tiempo en el desierto" como él mismo lo llama. Concretiza la liberación de su espíritu con la renuncia ―y la denuncia― a todas nuestras falsas idealizaciones, con el rechazo de todo lo "respetado", tarea que emprende mediante el desenmascaramiento corrosivo de la "mentira" del racionalismo, la moral, las superestructuras culturales y ―sobre todo―, de la religión cristiana, contra la que se ensaña con especial ferocidad. Propone sin vueltas desprenderse de lo que no nos pertenece; "volver a lo concreto", a lo humano, a la tierra, al instinto, al cuerpo, al aquí y ahora. ¡Basta de promesas en el más allá!, parece ser la premisa de ésta época en la que alumbra varias de sus obras capitales. Un lugar en el podio lo ocupa, sin dudas, La gaya ciencia (1882).

Cerrado el tramo iconoclasta de su extenso martilleo filosófico, sobreviene "la afirmación, la aptitud para una posición positiva", según sus palabras. Es en esta etapa donde la creatividad de Nietzsche "explota". Su pluma y su pensamiento se tornan expansivos, desenfrenados, dogmáticos, demoledores. Incluso proféticos, en la voz de Zarathustra que anuncia ―entre picos de lírica nunca antes alcanzados en lengua alemana e irruptivas revelaciones metafísicas―, la muerte o sustitución de Dios para que el "superhombre" viva por medio de la voluntad de poder; así como el eterno retorno de lo idéntico desde la mítica piedra de Sils-María. De su fase final no hay cómo evadirse del trío literario formado por el "libro para todos o para ninguno" (Así hablaba Zarathustra, 1885), El Anticristo (1888) y Más allá del bien y del mal (1886).

Finalmente ―y como seguramente hasta el más desprevenido lector habrá colegido―, este breve opúsculo no pretende abordar siquiera tangencialmente los grandes temas del universo nietzscheano, sino invitarlo cortésmente a la embriagante y perturbadora experiencia de asomarse a ese hondo abismo llamado Friedrich Nietzsche, a respirar el aire fresco de montaña que emana de sus libros, a conocer a un tipo que pensó y escribió en honesta soledad. Una mente y un corazón abierto que nos ayuda a darle una vuelta de tuerca a las cosas desde lo auténtico ―por duro y trágico que suene―. Sin golpes bajos ni sarasa. Sucumbió a la locura, en un último acto de extrema humanidad, abrazándose a un caballo maltratado en plena calle.

Un espíritu libre, inactual, que creyó ―como pocos― en el hombre y en la pureza de la vida terrenal.

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