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Amor

Edgar y Tita

Amor a primera vista en un viejo almacén.

Sábado 25 de Julio de 2020

No hay algo más hermoso que estar enamorado. Siendo muy joven, en mi temprana adolescencia, mamá me mandó a comprar yerba al almacén de Elias Koltunoff, situado en la esquina de 9 de Julio y Alem, haciendo cruz con la que era la despensa de Don Julio Joles.

Allí, esperando mi turno a ser atendido, ingresó una jovencita, de mi edad –entre 12 y 13 años–, delgada, esbelta, grácil, llena de luz y simpatía, derrochando belleza y desenvoltura... me quedé atónito al verla y no me animaba a mirarla, me sentía algo acomplejado porque aún no había desarrollado mi cuerpo y mi presencia seguía siendo la de un niño, pero en mi corazón ya crecían encantos e ilusiones que desbordaban mis sentidos. Llegó mi turno de atención, y Elías me preguntó: “¿Qué vas a llevar Edgar?”. Con proverbial timidez respondí: “Atendela a ella, Elías”.

Sin inmutarse, el hombre continuó “Hola Martita, ¿que vas a llevar?”; y ahí pude advertir que ella tenía su propia timidez, pese a ser poseedora de una apariencia de seguridad y firmeza apabullantes. También compró yerba y, luego de abonar, me dirigió una candorosa mirada diciendo vergonzosamente: “Gracias, hasta luego”. Yo me quedé viendo cómo se retiraba suave y armoniosamente; ella, segundos antes de desaparecer por la puerta me dirigió su mirada azul, intensa y brillante, que dejó en mi vida algo inconmensurable para siempre.

Martita... Gracias a Elías supe su nombre, y aún hoy con mis años sigo recordando aquel encuentro que produjera las más lindas huellas de las horas de mi existencia, que en un par de décadas será centenaria. El paso de los años no me hizo claudicar en mi recuerdo, por el contrario, siempre se renovaba con frescura envolvente ese recuerdo inmortal de Martita, a quien veía desde lejos y la soñaba como a un Edén distante, como a una rosa fresca de motivador blanco nevado, como a algo imposible... aunque en las profundidades de mi alma, algo me decía que en algún momento la encontraría, besaría su mano y, entre silencios profundos, sólo a través de mi mirada le haría saber cuán incandescente era mi amor por ella.

Linda sorpresa

Cierta tardecita de verano ingresé a la heladería, luego de haber ido al continuado del Cine Mayo y la sorpresa apabulló mi corazón: éste parecía estallar por dentro; sin embargo, juntando fuerzas hercúleas me acerqué a ella y dije “Hola Martita”. La chica no bajó su mirada y respondió “Hola Edgar”. Qué ausencia de palabras, qué falta de valentía, qué duro misterio me acongojaba el pecho y enfriaba mis manos esa tarde de febrero.

Martita se levantó de su asiento y sin demasiados rodeos, disparó: “¿Querés que seamos amigos?”. Estupefacto ante la inesperada pregunta, le dije lo único que podía decir: “Y, sí, seamos amigos...”. Sin perder más tiempo, espetó: “Sólo amigos, Papá y Mamá me prohibieron tener novio hasta los 18 años”.

Así que tomamos juntos los helados, sentados frente al enorme espejo de la famosa heladería, y yo me veía como un niño triste, frustrado, atribulado por la espontánea confesión de Martita –han pasado los años y jamás pude olvidar aquel gesto de mi hechicera aguerrida.

Pero yo no bajé la guardia, y mis botas siguieron puestas. En mi fuero interno le respondí: “No importa el tiempo, te voy a seguir queriendo por siempre”. Y recordarla, en cierta manera me ayudaría a estudiar, a seguir mi ruta, pero con ella como horizonte. Con el paso de las décadas me asistiría la razón, confirmándome que la espera sería fructífera, porque de ese amor surgieron las circunstancias más hermosas de mi vida, y ojalá haya sido así con ella”

Continuará...

Esta historia fue enviada por E. Lima. Vos también podés compartirnos tus historias de amor y desamor a nuestro correo electrónico: unodecorazones@uno.com.ar.

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