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Dudo, luego existo

"...Dudo, desde mi nombre para abajo y para arriba, de todo..."

Viernes 07 de Junio de 2019

Cogito ergo sum –pienso luego existo– decía Cartesio para expresar la certeza que el hombre tiene de sí mismo como sujeto pensante. Yo últimamente dudo, dubito ergo sum. Dudo, por lo tanto existo. Dudo, desde mi nombre para abajo y para arriba, de todo. Hablando de nombre, hace unos meses agregué mi segundo nombre a la firma de todas mis publicaciones, y ahora ya lo estoy por sacar. Me parece que se hizo largo, pretencioso, complicado de decir. Seguramente, después de sacarlo de todos lados me voy a arrepentir.

Por éste motivo de la duda no puedo escribir biografías en las redes sociales, blogs, ni como introducción al curriculum vitae. La biografía de las redes sociales -lo digo para quien no lo sepa- son tres o cuatro renglones en los que uno se define, se presenta. Ahí la gente se divierte, recortando la historia personal como más le gusta, e inventando lo que le falta. Se definen según títulos académicos, cantidad de hijos, preferencias nutritivas por familias de alimentos, orientación política o deportiva. Algunos son serios, otros se hacen los graciosos, otros ponen emojis para ilustrar lo que dijeron, no sé si para ser simpáticos o si es un acto solidario hacia los analfabetos.

Por suerte la vida real me distrae de mis dudas, sino podría morir deshidratada en la mesa del bar abajo de casa pensando qué tomar, o envejecer en la góndola de las mermeladas de un supermercado chico. Igual dudo también de que todo esto sea cierto, porque a veces, como me aburro, paso por las góndolas y agarro cosas a la que te criaste, como si el supermercado se estuviera incendiando.

Por eso me visto casi siempre igual: porque dudo y porque me aburro. Es decir, me cambio de ropa, pero la ropa no cambia mucho.

Me aburro de todo lo que se repite, y para hablar de repetición bastan dos veces. Entonces me aburro de los colores, los estampados, las flores, los cuadrillé, los lunares. De los esmaltes y de los accesorios. Me aburro de los discursos, y de las anécdotas divertidas, de las trágicas, y de las que cuentan súper sorprendentes casualidades. Me aburro de todo lo que se repite. Pero a la vez necesito que algunas cosas se repitan, que estén siempre ahí, teniéndome con mi inquietud como si fueran las cuerdas de un ring.

Digo ring porque practico boxeo, con mucha pasión e inconstancia. Ahí es muy saludable no dudar. La esquivada más rápida es la mejor aunque sea equivocada, floja técnicamente. Hay que tener reflejos y estar presente, no prestar atención a nada más que al contrincante, porque las distracciones y los errores duelen.

Cuando no hay dudas en castellano decimos “sin lugar a dudas”, en italiano “senz’ombra di dubbio” -sin sombra de duda- y en ingles “no doubt”: corto, conciso, directo, como lo che expresa. La duda en Argentina ocupa un lugar entre nosotros, y en Italia nos hace sombra, obstaculiza la luz. La duda cuando te sumerge es todo eso junto, es mas fuerte que la fe y que la ciencia, es como un parásito de la conciencia que usa nuestra capacidad de razonamiento para dejarnos anímicamente anémicos y confundidos. Es como estar poseído por un abogado sin escrúpulos y con buena oratoria, que apenas te convence cambia idea y punto de vista y allá va de nuevo a la carga.

Dudo, igualmente, de la bondad de las certezas. No quiero muchas de esas. La gente con muchas certezas, opiniones férreas, principios inamovibles y juicios perentorios, antes o después llegan al punto de tener que comerse la lengua como cualquier dudante. Aunque es verdad también que hasta ese momento la pasan bárbaro.

Shakespeare en Hamlet propone lo siguiente:

“Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo.” Muy lindo todo, pero no me resuelve qué cocinar para la cena.

Viendo cómo deciden los que deciden sin problemas, vemos que hay algunas estrategias.

Están los obedientes, ellos solo necesitan que alguien les diga qué hacer y lo harán sin problemas. Que sean los padres, el estado, el jefe, la pareja o el qué dirán, ellos canjean nuestro tan humano libero arbitrio en cambio de saber siempre qué es lo qué tienen que hacer, dónde deben ir, con quién se tienen que relacionar, qué libros tienen que leer y cuáles tienen que ignorar.

No hay que confundir los obedientes con los correctos. El obediente no se plantea si lo que tiene que hacer está bien o mal, para él mismo o para la sociedad: obedece y punto. En cambio, el parámetro de elección del correcto está relacionado con la bondad practica, moral o de salud de las opciones.

Después están los hedonistas, ellos deciden en función del placer generado. Son los que faltan a las reuniones, llegan tarde al trabajo, llevan los chicos a la escuela que quede más cerca y empiezan la dieta todos los lunes que viene. Nunca antes. Quizás vivan unos años menos, pero la pasan bomba.

Y entre ellos circulan los desorientados, que mueve la cabeza de un lado a otro, escuchando todas las posiciones, y encontrando que cada posición tiene su parte elegible, razonable, con sentido. Son los que van al supermercado con tiempo y cargan el carrito. Cuando terminaron, se dan una segunda vuelta en la que van dejando cosas que en realidad no son tan importantes o necesarias, y si el supermercado no cierra pueden dar también una tercera vuelta para buscar algo de lo que dejaron y encontrar un equilibrio entre lo necesario y lo placentero.

Son los que leen las propuestas políticas, los que antes de dormir se preguntan si habrán hecho bien, los que evalúan las críticas recibidas. Los que descubren nuevas soluciones, los que inventan, los que crean. Porque la certeza tranquiliza, pero si todo es certeza se parece más a una parálisis, y nada de lo que evoluciona está quieto.

Sócrates sabía que no sabía nada. Algo, entonces, ya sabía, todo lo demás había que buscarlo y de todo lo encontrado se podía y se debía dudar. Ahí está el germen de la curiosidad, que habrá matado al gato, pero es la que a nosotros nos puede salvar.

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