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Después del dolor

Quizás sea el dolor ante la muerte, el que convoca mayor intensidad. Una vez que irrumpe, adquiere centralidad emocional e intelectual y el tiempo de superación es estrictamente subjetivo.

Jueves 31 de Octubre de 2019

Lic. Mario Sarli/ Psicólogo

psicosarli@gmail.com

Si pudiéramos acordar sobre los dolores que más afectan a las personas a lo largo de la vida, hallaríamos una gama amplia y sin dudas, cada uno respetable. Todos los dolores son afecciones humanas que imponen respeto. Cuando percibimos que alguien sufre, nos convoca en forma generalizada, el acto humilde de silenciar y darle lugar a la pena. El mutismo como discreción, no se extiende, porque con prontitud nacen palabras de aliento.

Quizás sea el dolor ante la muerte, el que convoca mayor intensidad. Una vez que irrumpe, adquiere centralidad emocional e intelectual y el tiempo de superación es estrictamente subjetivo. No hay procesos similares. Cuando la muerte de seres queridos llega a uno, no se compara con otros dolores, ni siquiera con los propios ya experimentados. Es una incrustación de tremendo impacto pero, (aunque no sea visible al inicio) con certeza de superación.

Los dolores llegan para ser superados. Aunque sea imposible aceptar este concepto cuando se lo está viviendo. La hondura y efecto que provoca no solo tiene relación con la pérdida actual, sino con el modo que en la historia de cada persona, se inscribió la relación con las diferentes pérdidas.

De todas las pérdidas, la muerte es las más extrema, escribí hace un tiempo. Sin considerar este extremo doloroso, todos tenemos una convivencia natural con situaciones de pérdidas que atravesamos en nuestro crecimiento. Por ejemplo las pérdidas del cuerpo, que aluden por ejemplo, al aspecto físico del niño que dejó de ser, para devenir adolescente y luego, joven. Con múltiples cambios que también se producen en planos como, el sistema neuroendócrino, sumado a los psicológicos e intelectuales. El cuerpo, bien sabido es, nunca deja de cambiar y envejece progresivamente. Logramos acostumbrarnos a esta realidad, pero siempre conmueve descubrir el pasaje del tiempo, que las imágenes fotográficas con ligera crueldad al ser comparadas, detecta. No es poco tolerar y sobrellevar esta condición humana inevitable que también padecen otras especies, (pero los estudios no informan que se preocupen por ello).

También sobrellevamos las pérdidas en relación al crecimiento que supone por ejemplo, ingresar a la autonomía, con todo el bagaje de salud y madurez que ella implica, pero no exenta de cierto dolor que ocasiona abandonar el confort de ser asistidos por nuestra familia desde que nacimos.

En general se guarda una entrañable añoranza de los tiempos en que transcurrió la infancia. Se acuñan en ella los registros más hondos de alegrías, juegos, descubrimientos y afectos. Si bien también existieron pérdidas que provocaron crecimientos, progresos y superaciones, se priorizan aquellas que reúnen alegrías profundas. Una de ellas, es la de de sentirnos queridos, amparados y cuidados por nuestros padres. Nada volverá a ser, en el mejor de los casos, como sucedió en tiempos de la niñez. Garantía de amor, de alimentos y abrigos. Y lo que faltó, por efectos de las idealizaciones, mantienen brillo. Si pretendiéramos una generalización, diríamos que de la infancia lo que más se recuerda, es que fuimos felices. Por jugar y sobre todo creer que asi era la vida. Tampoco es cierto que lo que viene solo guarda sufrimiento. Pero el registro de placer asociado al juego y la certeza de amor, aun cuando hay crisis y conflictos, enojos y llantos, hace que se recuerda este tramo de la vida, con los mejores colores.

De todos los miedos que se le presentan al niño, existe uno que es básico: es temor a la muerte de los padres. A perder sus cuidados y protecciones. La fantasía de invalidez acecha sin ellos. Este sentimiento de invalidez, es uno de los efectos que produce la muerte de los padres, aun siendo ancianos y los hijos adultos. Es que poseen un lugar en los archivos emocionales de cada hijo, donde se les reservan los mejores recuerdos de asistencia y amparo, de caricias, cuentos y sonrisas.

Perder los padres, es uno de los dolores mas sentidos. Su pérdida es el ingreso a la orfandad, es quedar desguarnecido, desamparado, aún cuando se es adulto. La muerte astilla aquellos archivos de reserva emocional y nos lanza hacia los fantasmas temidos. Por un tiempo mas o menos breve, lloramos como niños su partida.

Pero de todas las muertes, la que menos se soporta es la de los propios hijos. Ellos son los que “no deben partir”, porque primero mueren los viejos. Nunca los jóvenes y jamás los niños. A la VIDA, en su concepto de existencia de seres vivos, sabido es, poco le interesa esta expectativa humana. Y pareciera tener razón cuando las enfermedades o accidentes, se reparten oportunidades para ocasionar las muertes sin ningún tipo de miramientos.

Todos los seres vivos están sujetos a las dinámicas de enfermedades y muertes, y pareciera que desconsideran la trascendencia, esto que a cada hombre y mujer le significa extendidos procesos madurativos, espirituales, en que el crecimiento permite mayor dominio de las reacciones impulsivas y alcanzar logros que permiten concretar sueños que generan gratificaciones subjetivas insondables.

Trascender, lograr elevación espiritual, es quizás, la mejor manera de convivir con los dolores, aunque esta sabiduría solo llega en los altos años.

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