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Diálogo Abierto con Lía Oviedo

"Desde la queja, la posibilidad de crear otro contexto es muy baja"

Factores para potenciar el aprendizaje, la productividad y un mejor vivir, a partir de "la validación del otro como un legítimo otro"

Jueves 10 de Octubre de 2019

“Vivimos en mundos interpretativos. No tenemos la verdad, es la tuya y la mía, si no la brecha y los conflictos en las comunicaciones son eternos”, define la licenciada Lía Oviedo como una de las claves para optimizar el funcionamiento y los resultados tanto personales como colectivos. La psicopedagoga y coach analiza aspectos deficitarios del sistema educativo, del funcionamiento de las empresas y comportamientos personales, y propone pautas para la transformación proactiva.

El valor del conocimiento

—¿Dónde naciste?

—En Valentín Alsina, Buenos Aires, donde viví hasta los 4 años, luego en Chivilicoy y después nos vinimos a Paraná, hace más de 40 años. Compramos una casa en Gutiérrez y Pirán, con la venta de su Renault 12 que hizo mi papá.

—¿Cómo era tu barrio de Chivilicoy?

—Un pueblo de pocos habitantes, muy tranquilo, con calles de tierra y casas simples, nos conocíamos todos, nuestra familia eran los vecinos, cuya relación mantenemos, e hicimos nuestra primera casa, un chalet precioso. Papá era metalúrgico y trabajaba en una fábrica importante. En la escuela era muy fuerte el trabajo de la cooperadora.

—¿Lugares de referencia?

—Jugábamos en la calle y en un baldío, donde hacíamos casas con ramas y juntábamos piedritas. El abuelo de uno de mis amigos nos enseñaba a jugar a la payana e íbamos a la plaza.

—¿Tu mamá?

—Docente, pero no trabajaba, hasta cuando fuimos a Santo Tomé, antes de venir a Paraná. Ellos se conocieron en un viaje de estudios cuando ella fue a Jujuy, de donde es mi papá, quien trabajó en Altos Hornos Zapla.

—¿Otros juegos?

—La cuerda y en la naturaleza.

—¿Sentías una vocación?

—No, pero tenía facilidad con las relaciones humanas, era muy curiosa, hice teatro cuando era chica en la Alianza Francesa con Raúl Kreig y luego conocí la biodanza, que practiqué más de 20 años e hice la formación.

—¿Leías?

—Sí, papá es un intelectual y nos inculcó el valor del conocimiento y el estudio. Nos compraba libros, nos encerraba en la pieza y luego teníamos que contarle sobre lo leído. En casa siempre hubo libros, buena música y cultura.

—¿Algún libro influyente de ese entonces?

—El Principito ya lo tenía pero cuando me lo regalaron interpreté el mensaje desde otro lugar. Papá nos regaló Juan Salvador Gaviota. Me incliné hacia la lectura de mensajes de vida y biografías.

—¿Qué materias te gustaban?

—Las ciencias sociales y naturales; siempre fui una alumna intermedia.

—¿Por qué estudiaste Psicopedagogía?

—Elegí Psicología, pero acá no había y no tenía posibilidades de ir a Rosario. Para poderme bancar la facultad trabajé como cadete, cuidé niños, y en 2º año conocí al psiquiatra Daniel Yuri y fui su secretaria durante 10 años. También trabajé en Crespo en una clínica psiquiátrica de la tercera edad, donde armé un taller sobre memoria y atención.

Aprendizaje para crear la realidad

—¿Tuviste un formador importante?

—Jesús Zamponi, un psicólogo referente de la terapia familiar sistémica y el primer profesor que nos trajo la Programación Neuro Lingüística (PNL), con el libro De Sapos a Príncipes (John Grinder).

—¿Cuál era tu idea de la Psicopedagogía en cuanto a posibilidades?

—Siempre nos asocian a los niños con problemas de aprendizaje pero yo me focalicé en los adultos, porque se estudian los procesos de aprendizaje de la persona en todas sus etapas. Me gusta trabajar con el potencial de las personas y la forma de optimizar la calidad de vida. Cuando me recibí hice el posgrado en Clínica y Orientación vocacional y laboral.

—¿El aporte de la biodanza?

—Es un sistema que trabaja desde el potencial, a través del movimiento y la música, y desde allí te reconocés en qué sentís que podés mejorar tus relaciones y la forma de ver tu mundo. Al ser grupal, el otro te muestra quién está siendo. Marcó un antes y un después, y me dio lo de observar al otro desde lo que puede hacer.

—¿Te transformó en lo personal?

—Sí, me mostró la sensibilidad que como especie humana tenemos, para conocerme y para relacionarme con los demás, darme cuenta de que la posibilidad de conectarme tiene que ver primero conmigo y luego con los demás. Es un trabajo individual pero junto a otros.

—¿Y la PNL?

—El poder del pensamiento y del cerebro como órgano biológico que necesita nutrirse de emociones y pensamientos positivos para expandir lo que quiero hacer; me mostró la posibilidad de crear la realidad que quiero, por ejemplo, salud o enfermedad, con un contexto que condiciona pero según lo que interpreto decido lo que hago. A través del lenguaje puedo crear realidades; reconocerme si soy más auditiva o visual, para poder estar más en sintonía con las personas, teniendo en cuenta además mi tono de voz, la mirada y la corporalidad. Es un abanico de posibilidades para crear comunicación más asertiva.

—¿La Psicopedagogía, en general, se centra en la disfunción y no tanto en el potencial?

—Quien consulta un psicopedagogo es porque tiene dificultades para aprender, concentrarse y relacionarse en la escuela; si trabajás en discapacidad tratás de encontrar técnicas para aprender números y letras, escribir, conocerse a sí mismo… El trabajo se puede focalizar de las dos maneras: viendo qué potencial se tiene, y anclarse para lograr lo otro, o mirar qué es lo que no tiene, para alcanzarlo. La Psicopedagogía trabaja los procesos de aprendizaje y el profesional elige desde dónde lo aborda. Además hice talleres de la Gestalt y sigo estudiando para acompañar el contexto.

—¿Un caso que te resultó particular?

—El de un niño con muchas dificultades para relacionarse con sus compañeros, hostil, pegaba. El trabajo fue que junto a otros puedo sentirme mejor y no es una amenaza. No quería festejar su cumpleaños. Trabajamos y vino la mamá, emocionada, y me dijo que quería hacerlo, invitando a todo el grado. Se hizo el festejo, fueron los chicos, se creó ese contexto, a la semana siguiente vino a sesión, le pregunté y me dijo “fue el mejor cumpleaños que tuve; tuve 18 regalos y me deben dos (risas), porque me dijeron que luego me lo iban a dar”.

—¿Qué aprendiste?

—Que cuando te das la oportunidad de vencer los miedos y aceptar que el otro te hace bien, es un antes y después, seguís por ese camino. Siguió festejando los cumpleaños y comenzó a ir a los de los amigos.

El aprendizaje, lo real y lo virtual

—¿Considerás que, según la mirada de la PNL, la Psicopedagogía clásica tiene conceptos anacrónicos?

—En el plan de estudios actual están las neurociencias, que son fascinantes, lo cual es una mirada de apertura en cuanto a que cuanto más conozco el funcionamiento del cerebro tengo más posibilidades de intervención. Tenemos la ventaja de que hoy se estudian los cerebros vivos. En Misiones incorporaron por ley a la currícula la educación emocional.

—¿Qué cambios observás en los 20 años de clínica en Psicopedagogía en cuanto a cuestiones prevalentes?

—Lo veo hasta ahora en los adolescentes y se relaciona con el lugar que se le da al conocimiento y la escuela. La brecha más grande tiene que ver con la tecnología. Para construir conocimiento necesitamos que pase por el cuerpo, hay que jugar para tener las nociones temporo-espaciales, estar en el piso, tocar materiales, observar una distancia… mientras que hoy los juegos son on line y digitales.

—¿Entonces?

—Para que el cerebro comprenda lo que es una distancia es totalmente diferente. Cuando traen un niño con dificultades para escribir, es porque no hubo plastilina, crayones, rayones… Hoy todo es rápido, y los jardines de 4 y 5 años ya están con lectura, y lo lúdico, que es el fuerte de la experiencia corporal, está muy bajo. Esto aumenta la brecha entre tener mucha información y lo que interpreto. Construir el conocimiento tiene que ver con desarrollar una idea y asociarla con otros saberes.

—¿Otros problemas?

—El de conocerse poco, en qué cosas soy bueno y me destaco, mis habilidades, intereses, gustos, cómo es mi carácter y comportamiento, y qué emociones tengo. Antes, los niños de 6 y 7 años podían dar cuenta de alguna de estas cosas. La autonomía y la independencia también están amenazadas por la inseguridad de la calle, entonces no se tiene el aprendizaje y hay poquísima experiencia de resolución de problemas.

—¿Cuales considerás que son las urgencias en cuanto a cambios pedagógicos?

—El rol del docente no tiene que ver con la información porque los chicos buscan todo por Internet, sino con trabajar esa información, interpretarla para construir conocimiento y asociarla con la vida cotidiana, crear un pensamiento crítico y analítico, redactar y armar ideas, debatir situaciones, y volver a las evaluaciones orales. Hay chicos que no aprueban los exámenes universitarios porque en la Secundaria no aprendieron a armar una oración, intervenir un texto, asociarlo a acontecimientos cotidianos, no leen diarios, no les interesa…

Los mundos interpretativos

—¿Cuál fue la primera aproximación al coaching?

—Cuando suspendí la clínica de niños, desarrollé el trabajo, selección de personal y organización de climas laborales, con empresas a través de mi consultora y vi qué disciplinas podían nutrirme. Conocí la palabra coaching y comencé a leer.

—¿Qué claves te resultaron atractivas y diferentes?

—Me mostró “la frutilla” de lo que venía persiguiéndome, me dio certezas y herramientas en cuanto a mostrarme que vivimos en mundos interpretativos. No tenemos la verdad, es la tuya y la mía, si no la brecha y los conflictos en las comunicaciones son eternos. Me di cuenta y acepté que tu realidad es tan válida como la mía, y la mía como la tuya, a partir de los marcos teóricos de Maturana, Flores y Rafael Echeverría. Igualmente, la integración y ser coherente entre lo que digo, siento y hago, que genera una libertad absoluta. Lo que prevalece es encontrar el ser de las personas tal cual son, con las luces y sombras integradas. El coaching te pone en protagonista de toda situación y te saca de víctima, con la posibilidad de que la transformación tiene que ver con las propias creencias. Hay creencias limitantes y las que te potencian.

—¿Tanto en lo individual como en las organizaciones?

—Sí, por ejemplo, para liderarte a vos primero tengo que hacerlo conmigo. ¿Cómo puedo pedirte que seas proactivo cuando yo soy reactivo? Tengo que reconocer mis habilidades para poder trabajarme y reconocerme, y a partir de ahí gestionarme para que el impacto hacia vos sea de la mejor manera posible. Hace 15 años que también trabajo con discapacidad de jóvenes y adultos, y me dedico a potenciar la autonomía en la vida diaria. Mi tarea es lograr el aprendizaje para que se manejen en la vía pública, cruzar la calle, pagar una factura de luz, ir al supermercado… porque tienen un potencial desde lo comunicacional, gestual y de su manera de ser. Las posibilidades de ser protagonista tienen que ver con las actitudes que toman.

—¿Cuál es la mayor dificultad para trabajar desde la fortaleza y no desde el déficit?

—Las creencias, el “pobre de mí”, “pobrecito”, “qué va a poder hacer”…

—¿Es cultural?

—Sí. Siempre estamos mirando la botella vacía, somos muy quejosos, el culpable es el otro, “qué querés que hagamos con el país que tenemos”… está la queja, la queja y la queja, y desde ese lugar las posibilidades de crear contextos son muy bajas. Los coaches no negamos la realidad, sino que la aceptamos tal cual es y de lo que hay, qué hacés. En toda crisis hay para hacer.

—¿Tenés página en Internet?

—Lía Oviedo Desarrollo del capital humano, en Facebook e Instagram.

Las exigencias para el liderazgo en los tiempos actuales

Oviedo entiende como indispensables para los líderes de la actualidad, en cualquier ámbito, la escucha consciente y tener una visión colectiva. “A los jefes o coordinadores que los tratan mal o que no los consideran, la gente ya no los tolera, como sucedía antes”, enfatiza la consultora.

—¿Qué síntomas detectás en las organizaciones?

—Dos puntos: el clima laboral denso, bajas posibilidades de sentirte en bienestar, y la comunicación disfuncional, reactiva. Hoy las personas eligen el bienestar laboral; el dinero es importante pero no lo determina para quedarse en las empresas. Se quedan en sus trabajos si se sienten bien tratados, considerados, si valen sus ideas y motivados, y en un clima de trabajo en equipo. A los jefes o coordinadores que los tratan mal o que no los consideran la gente no los tolera, como sucedía antes. También hay una conciencia más colectiva en cuanto a que para que las cosas sucedan tienen que ser junto a otros.

—¿Cuál de los dos factores es el más complicado de remover?

—La validación del otro como un legítimo otro, aceptar que tu forma de pensar e ideas son tan válidas como las mías. Si quiero tener resultados, tendré en cuenta desde dónde decís lo que decís y vemos juntos cómo construir algo.

—¿Te ha llamado la atención, por lo inverosímil, el funcionamiento de una empresa o entidad?

—La revelación es darse cuenta de si lo hice durante mucho tiempo, que no va más, porque lo cotidiano y el contexto cambió. Si no ves las cosas de otra manera, la seguís pasando mal. Hay mucha enfermedad y malestar institucional por hacer las cosas de determinada manera. Pero hay más conciencia sobre el cambio.

—¿Cuándo se vuelve proactiva una organización?

—Cuando hay ganas de hacer cosas, entusiasmo, motivación y surgimiento de ideas, hay mejoras en los resultados. Así hay más compromiso y pertenencia. El compromiso es directamente proporcional a los resultados que logro, pero tiene que haber una declaración anterior de querer estar y hacer. Cuando los resultados no aparecen, reviso desde qué lugar estoy siendo y aparece una forma distinta de hacer. Y como ya dije, validar al otro es vital.

—¿Has prestado atención a un caso ajeno?

—Tengo unos colegas que trabajan en coaching deportivo con Colón. Venían con una mala racha, comenzaron a ganar y el técnico hizo referencia a dicho trabajo. Hay deportistas que son excepcionales individualmente, pero ponerte con el otro, empatizar y nutrirte marca la diferencia.

—¿No es conflictiva la incorporación del coach con quien dirige?

—El coach acompaña al sistema, potencia lo que hay, las fortalezas, y no te dice lo que tenés que hacer. A través de preguntas y auto-observación te darás cuenta qué podés potenciar y sentirte protagonista. El líder es el director técnico.

—¿Qué características tiene que tener un líder proactivo y eficiente?

—Primero una visión colectiva, considerar que las personas son parte del proyecto y que la idea sola no es suficiente. Debe mirar a las personas en su integridad y considerar su aporte. El eje del liderazgo es la escucha consciente y tener la visión colectiva.

—O sea que el futuro argentino resulta patético.

—Estamos complicados (risas). Cada opinión es válida y hay que ver qué puede hacer cada uno para que algo suceda.

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