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Suplemento Aniversario 2019

Desde el dolor, la angustia y el trauma, camino al cambio

Marcadas por pérdidas desgarradoras, enfermedades complicadas y miedos, trabajaron sobre ello para superarlos y reinventarse

Martes 12 de Noviembre de 2019

En Occidente se le reconoce al filósofo Heráclito de Éfeso (540 a. C.-480 a. C.) su insistencia en el cambio, sobre el cual teorizó; Mercedes Sosa enfervorizaba a las multitudes con su voz dramática y decía “cambia, todo cambia”, y más científicamente la Mecánica Cuántica hoy ya comprobó que nada es permanente ni estable en el mundo atómico y subatómico.

El cosmos no ofrece dudas en ese sentido. Pero al momento de analizar emociones, actitudes, hábitos, recuerdos y angustias, surge una brecha entre lo que se quiere, las aspiraciones, y lo que efectivamente se hace, las acciones, obturando la posibilidad de cambiar.

Sucede que modificar una conducta es un proyecto psicológico que se centra en las motivaciones que subyacen a ella, y la psicología, por ejemplo, entiende que es posible cambiarla si se modifican los procesos que la controlan y de los cuales no siempre se es consciente. Protagonistas de circunstancias dramáticas, propias de la vida misma, y especialistas explican el tránsito por ellas y el mecanismo del cambio.

Un duelo de 16 años

“Mi papá, de 50 años, murió instantáneamente en 1996 de un ataque al corazón, cuando, a caballo, estaba trayendo las vacas, y yo estaba cerca de él, con mi mamá. Vi cuando cayó y mamá fue a su lado. Fue imprevisto porque era sano. Ella se dio cuenta enseguida pero yo, con 10 años, no tenía ni idea, me pidió que fuera en bicicleta a lo de un vecino, le dije lo sucedido, fue a mi casa, le avisó a otro vecino, por radio buscaron un médico y llegó la ambulancia. Sentía que pasaba algo raro por la desesperación con que actuaban. Una vecina se ocupó de nosotros pero no nos explicaban nada. Lo llevaron directamente a la sala de velatorios, vino mi hermana mayor, lo cual no era habitual, imaginé que algo pasaba, me puse a llorar y dije que no quería verlo. Igualmente fui con ella y mi cuñado a María Juana. Fueron muy importantes para mí y mis hermanos más chicos, mis maestras, compañeros y mucha gente”, rememora con lágrimas Zulma Hergenreder, instructora de yoga en el Centro Ayurvédico La Ventana.

A partir de ahí, con el agravante de que su familia debió mudarse porque su padre era el único sostén económico familiar a cargo de ese campo, entró en una profunda y larga crisis que se evidenció en el desgano por el estudio y en que con el transcurrir de los años cuando debía referirse al hecho, casi no podía expresarlo. “Ese malestar, que llegué a sentir como una depresión sin salida, acompañada de mucho llanto, se prolongó unos 12 años, no podía concentrarme ni estudiar, hasta que una tía me llevó a una psicóloga, a escondidas de mi familia, con lo cual obtuve algunas herramientas”, puntualiza.

La también difusora de formas terapéuticas de la civilización quechua, como el Munay Ki, destaca como alivio haber podido hablar y escribir sobre su drama, y admite que no terminó de elaborar la pérdida pues padecía alergias, gastritis y otros problemas estomacales.

“Elaborarlo me llevó 16 años; siempre era un volver y llorar desesperadamente sin saber qué hacer porque tenía dolor en el alma, hasta que en 2014 la Terapia de constelaciones familiares fue muy sanadora y me dio paz. Fue un antes y después. En un momento en que me estaban diagnosticando celiaquía, pero era lo mismo. Supe que detrás de una enfermedad hay una emoción no resuelta, con lo cual los análisis mejoraron y se comprobó que se trataba de una intolerancia transitoria hacia las harinas. Aunque continué teniendo malestares físicos, porque el proceso de cambio es muy profundo y hay que ser muy valiente”.

—¿Qué recurso interno te resultó fundamental?

—El no querer sufrir más, no querer tomar medicación y que no me importaba lo que implicara el cambio. Tuve que trabajar también el orgullo, porque siempre quería estar bien y fuerte para los otros, con una sonrisa, pero no era así. Hubo otras situaciones que también fueron estar en un pozo, como la muerte de la mamá y un hermano de mi papá, mi padrino, en 2008, cuando me sentí muy sola porque aparentaba estar bien para los demás y minimizaba la situación, pero la angustia florecía todas las noches.

—¿Qué considerás como importante, más allá del trabajo terapéutico concreto, en un caso similar al tuyo?

—Es fundamental contárselo a alguien, especialmente a una persona mayor que uno y saber que estará ahí, aunque no esté cerca. Puede ser una maestra, un vecino o una persona que se te cruza en la vida. Tuve mucha contención en el colegio de monjas.

—¿Un aprendizaje de este largo proceso?

—El ir a ver cuándo apareció un síntoma y qué se vivió en ese momento, y observarse sin juzgarse. Postergué mucho por esa necesidad que tenía de estar bien para los otros, acumulaba y cuando caía, era con todo el peso. Si estoy mal, me observo y busco sanarlo, sin postergarlo”.

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María Eugenia Puchetta
María Eugenia Puchetta

La dislexia y una bruja ejecutada

Pasaron casi 35 años desde que la terapeuta de vidas pasadas María Eugenia Pucheta pudo cerrar un ciclo que ella vincula, precisamente, con una situación acontecida en otra existencia. Ese trabajo sobre sí misma lo define como “un cambio brutal” porque de ahí en más entendió al ser humano de otra forma y se hizo cargo de sus propias cuestiones: “Fui más libre porque me acepté naturalmente, y entendí que cuando el otro hace algo, es desde su circunstancia”, apunta.

La también reikista recuerda: “En 2º grado tenía que leer y escribir supuestamente como una persona “normal”; la maestra, quien tenía un hijo discapacitado, la llamó a mi mamá, le dijo que yo no estaba dentro de esos parámetros y le recomendó llevarme a un neurólogo. Me hicieron estudios, algunos tortuosos, y finalmente me diagnosticaron una dislexia no grave. Tenía afectada la lectura, algunas palabras cuando escribía, era lenta para hacerlo y presentaba problemas con los números 5 y 7. Por ejemplo, me decís 57, lo entiendo pero escribo 75. Estudiaba mucho y sólo lograba un 5. Comencé un tratamiento con fonoaudiólogo, neurólogo y maestros. No sufrí bullying tan marcado porque tenía la ventaja de que era la sobrina de una maestra, pero sentía cuando todos terminaban y yo iba por la mitad. A mi hermano lo percibía como el inteligente que ayudaba a la tontita. Era muy sociable en el juego pero cuando había que leer en público quería pasar desapercibida porque leía otras palabras, aunque en mi mente tenía claro el concepto”, explica.

Por estas dificultades, la por entonces niña estuvo a punto de repetir 6º grado, y recién en 7º le dieron el alta, aunque continuó medicada, y a los 15 años el neurólogo le dijo “ya está, olvidate de esto”.

Las dificultades continuaron en la facultad, porque decidió estudiar Ingeniería en Sistemas: “Programaba muy bien, pero cuando tenía que hacer una presentación o un examen se complicaba todo, y en Análisis Matemático siempre fallaba en la parte práctica por la cuestión del 5 y el 7, especialmente en situaciones de estrés”.

Por eso su personalidad se fue moldeando con el resquemor a establecer relaciones en grupo. Pasados los 30 años y en su terapia personal trató dicha cuestión, porque sentía la necesidad de organizar talleres y dictar conferencias sobre las temáticas que estudiaba y practicaba.

“Dentro del tratamiento de regresiones puse 10 objetivos, y el primero fue hablar en público. Pude comprobar que en otra vida fui acusada y ejecutada públicamente porque alguien dijo que era bruja, o sea que había tenido una sobreexposición, con lo cual el sudor, las miradas que sentía clavadas en mí o que me miraban cuando no lo hacían tenía que ver con eso. Estaba anclada allí. Eran miradas que me llevaban a la ejecución y el público me generaba el conflicto”, fundamenta quien ahora dicta numerosas capacitaciones.

Luego añade: “Lo que me quedó es que cuando tengo estrés o nervios, seguramente leo mal, así que busco relajarme pero no me hago ningún rollo mental ni atenta contra mi autoestima, como en el pasado”.

Según rememora, el tratamiento también abarcó la relación con el otro: “Es un pasado que hoy ya está sano; siempre consideraba que el otro era mejor y podía más que yo”.

La seguidora del método del doctor José Luis Cabouli revela: “En una de las regresiones que realicé me encontré matando gente. Fue un cambio muy fuerte ya que una compañera me había dicho ‘con tu mirada matás’, cuando yo era más buena que una mariposa, pero despedía una energía violenta, de la cual me hice cargo y comencé a limpiar”.

Y concluye: “Somos producto de nuestras vidas pasadas y de lo que tenés pendiente, de todas las creencias y mandatos que se generaron en ellas, de un clan, una historia de generaciones con todos sus mandatos. Decime si podés ejercer el libre albedrío”, reflexiona con una sonrisa al momento de plantear la necesidad de desestructurar esa trama.

“El dolor era insoportable, así que tenía que cambiar”

“Pablo tenía 24 años, hace 19; un lunes por la tarde estaba tomando mate con la novia, se descompuso con dolores de cabeza muy fuertes, gritaba, lo llevaron al hospital, convulsionó varias veces y quedó en coma. Los médicos me dijeron que era un derrame cerebral y estuvo así varios días. Nunca tuvo síntomas, salvo ese domingo un malestar de estómago, pero nadie imaginó semejante cosa, ya que el lunes fue a trabajar y charlamos acá. Después –prosigue Patricia Beccaría, su madre– los médicos me explicaron que era hereditario, había antecedentes en mi familia y en la de mi esposo, y pudo haber seguido sin que pasara nada. Una noche, mientras estábamos en el hospital, lo miro a mi marido y veo que tenía el rostro caído, vamos a la guardia y la enfermera me dijo que había ido a las 2 de la mañana, tenía 22 de presión, lo medicaron, pero no me había dicho nada”.

Patricia no tiene precisiones de cómo afrontó la vida de ahí en más, sí que se aferró a todo lo que podía para no sucumbir, por sus otras dos hijas y su esposo que sufría las secuelas del ACV, que luego tuvo un tumor cerebral, problemas pulmonares y finalmente un cáncer de pulmón terminal.

Destaca el haber mantenido su pertenencia al grupo ALCO San Roque (Asociación de Lucha contra la Obesidad, de la cual fue responsable durante seis años) pues estaba ocupada y se ocupaba de otros, al igual que destaca la ayuda y acompañamiento de su familia, mucha gente y amigos. “Fui al grupo Renacer (de padres que perdieron a un hijo o ser querido) pero no sé si fue muy pronto, no era el momento, o no lo era para mí, aunque es maravilloso y lo recomiendo como grupo de autoayuda”.

—¿Cuándo le dio un contenido distinto al dolor?

—Desde el momento en que acepté que era un designio de Dios, que no podía cambiarlo, que tenía que poner en valor los años vividos y no los que me faltaron vivir con mi hijo. Por algo pasaron las cosas. Muchos años no festejé Navidad y los cumpleaños, y me acostaba a las 9. Luego pensé que no podía hacerle eso a mi mamá, a mis hijas y a mí misma. Así que festejé mis 50 y 60, y los cumpleaños de mis hijas y de mi esposo. Cada día es uno más de vida y hay que revalorarlo.

—¿Qué operó internamente?

—No podía más con el dolor de esos siete u ocho años; tenía que cambiar algo para seguir adelante como familia, más allá de que soy una persona positiva. Hicimos todo lo posible para hacerlo como familia.

—¿Nunca se sintió desalentada?

—No recuerdo haber tirado nunca la toalla, pero sí sentir dolor todo el tiempo, que va menguando, aunque sigue habiendo fechas complicadas y se recuerda particularmente. Se aprende a vivir con esos dolores y hay pequeñas cosas que sirven de consuelo, pero hay gente que, lamentablemente, no lo logra. Quienes salen adelante son los que se comprometen a ayudar a otros y hay que desearlo.

—¿Por qué unos son más risilientes que otros?

—Lo tenemos o no lo tenemos. También busqué ayuda psicológica y psiquiátrica. Solo no se puede, por eso están los grupos de autoayuda.

—¿Qué otros cambios hizo?

—Siempre busqué la serenidad, estar en paz conmigo y con mi familia; comencé a ver a los otros de otra manera, comprender, tener paciencia y desarrollarla. Se pierde rápidamente la paciencia hacia el otro porque no se comprende. De las personas que están en duelo la gente se aleja, por eso al dolor hay que dejarlo para uno mismo.

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Andrea Medrano.
Andrea Medrano.

“Pesaba 38 kilos y pedí a Dios que me llevara”

“En noviembre de 2002 tenía síntomas inexplicables, náuseas, descomposturas, no podía comer y el estómago no me respondía. Fui a médicos clínicos, neurólogo, psicólogo, psiquiatra, cardiólogo, nutricionista, guardias, servicios de emergencia y tuve internación domiciliaria con suero. Fue luego de la semana en la cual murió mi abuelo, con quien tenía una relación muy fuerte. Así pasé diciembre y enero, y en febrero mi único alimento era un té de boldo por día; pensé que moriría. Sabía que estaba mal, lo padecía, sentía mucha soledad y desesperación, porque nadie me entendía. Comencé con ataques de pánico y quedaba dura. Pesaba menos de 38 kilos”, describe la profesora Lidia Medrano.

La antesala para su ingreso a la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia fue un domingo cuando ingirió sólo tres ñoquis, su habitual té de boldo y estaba en riesgo de muerte: “Le pedí a Dios un milagro, ingresé a Aluba no muy convencida y comenzó mi cura. Los primeros cuatro meses fueron un infierno porque ponían el plato de comida, la tasa de leche y las dos galletitas, y era una tortura. El primer día agarré la bolsa con los táperes de comida y los tiré a la basura. Fue la oscuridad total. Todo era emocional y psíquico, y le pedía a Dios que me llevara. Me despertaba descompuesta porque sabía que tenía que comer. Tuve muchas compañeras con intentos de suicidio, pero yo no. La trataba mal a mi hija para que cuando me muriera no sufriera tanto”, reconoce la excolaboradora de la institución.

La docente estuvo seis años en tratamiento, su cuadro era atípico, y confluyeron en su crisis la adicción por el estudio y el trabajo, y la depresión por la muerte de su abuelo, un duelo que no pudo elaborar.

En ese proceso destaca a las psicólogas Claudia Gómez Arpi y Vanesa Bibenger, y a sus compañeros de terapia, y trae al presente un día particular: “Estábamos en una asamblea y Vanesa me dijo ‘no quiero escuchar que no podés comer’, hablé de mi abuelo, que lo extrañaba, lloré muchísimo, vomité por última vez, se produjo un cambio y comencé a trabajar el duelo. Claudia me hizo leer El camino de las lágrimas, de Jorge Bucay, con los pasos para superar el duelo, y fue un antes y un después. Cuando vino a Paraná le dije que ese libro me salvó la vida y me contestó “te salvaste a vos misma”. El afuera ayuda y acompaña, pero sólo desde el interior se puede salir hacia adelante”, argumenta.

—¿Cuándo te sentiste curada?

—Cuando me autorizaron a tener otro bebé y al ir a parir, que me comí una banana con miel, lo cual no podía creer. Igualmente cuando perdí a mi abuela y lo viví distinto a la muerte de mi abuelo, que vive siempre en mí. Hoy doy gracias a Dios y a la vida por haberme enfermado, porque soy mejor persona y más fuerte, puedo ayudar y entender a los demás. El cambio es lograr transformaciones que nos perfeccionen cada día, sin perder nuestra esencia.

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María Cecilia Asensio
María Cecilia Asensio

“La chance es tomar otras decisiones en otros momentos de la vida”

Las oportunidades, profundidad y los mecanismos internos que operan para el cambio, según la psicoanalista Cecilia Asensio.

La profesional, antes de analizar los resortes internos de la cuestión, describe cierto clima de época y define lo que entiende por cambio: “Hay una moda de hablar del cambio, un cliché ¿Qué es cambiar: de ropaje, costumbres, máscaras, para qué y hacia dónde? Como si de por sí cambiar sería para bien, cuando también se puede hacerlo para mal. Como si todos estuviéramos de acuerdo y existieran sentidos hegemónicos, siendo lo más diverso que hay. Hay discursos vacíos, como si cambiáramos pero no cambiamos nada. Quienes vivimos la crisis de 2001, por ejemplo, tenemos una marca, o las de tragedias como la represión de Estado y la guerrilla. Vienen “de afuera”, pero puede haber cambios que vienen “de adentro”, más internos”, esquematiza y establece como definición la de que “se trata de que con lo que uno recibió del otro o no, y armó, tener una vida más amable y singular”.

Acudiendo a Lacan explica: “Todos tenemos modalidades de relación con el goce, lo cual tiene que ver con una manera padeciente de estar en la vida, que también incluye padecimiento. La chance es poder ver si se puede salir desde ahí”.

Y pone como ejemplo: “En la gente obesa hay una estructuración puesta en la comida, que respondió a responder a una oferta que recibió de otro; se padece y no se puede salir de ese circuito. Muchos van a la consulta nutricional, hacen régimen y nunca adelgazan, porque hay un más allá en la relación con la comida, que no se acaba en la dieta. Si no se pone luz sobre la relación de lo que refleja la comida con ese otro podés hacer una cirugía pero a los dos años estás igual”, asegura.

En esa línea, el detonante que permitiría la modificación es darse cuenta de las elecciones, tomadas muy primariamente, que le dieron origen a ese padecer y poder hacer otras. “Es duro de verlo –continúa– porque fueron tomadas en un momento muy primario del sujeto, en forma inconsciente. La chance es poder tomar otras decisiones en otros momentos de la vida”, propone.

Y añade: “La vida te confronta permanentemente con situaciones que podés tomar para hacer un giro o no, según las ganas, pero la necedad también es parte del ser humano. La vida es difícil y con eso podés hacer lo mismo de siempre, porque está la tendencia a seguir repitiendo, o ver cuáles son los márgenes para hacer otra cosa”.

Sobre si todas las personas están dotadas constitutivamente de los recursos necesarios para cambiar, Asensio admite “no lo sé”, aunque insiste con que hay oportunidades. “El motor del cambio es el deseo, una energía puesta en la marcha, distinta al querer, pero hay límites propios por historia, contexto y por lo que se quiere cambiar. Comenzar a moverte en nombre propio y saber un poco más de vos ya es parte del cambio. Según cómo formulás el problema –prosigue– es cómo lo resolvés”. Y enfatiza: “Nadie puede hacer por vos lo que tenés que hacer, aunque podés pedir diferentes ayudas para encontrar el deseo propio y auténtico, que puede estar recubierto de capas de demandas de otros, y comprometerte”.

—¿Los hechos dramáticos, complicados o traumáticos permiten los cambios?

—Posibilitan y enfrentan a la necesidad de cambio. No conozco cultura sin sufrimiento; el ser humano no lo tiene ni puede todo, hay cosas que le cuestan, y ahí podés aumentar el sufrimiento o no. Los cambios vitales y el dolor se pueden vivir como una tragedia o como una posibilidad que te confronta con un cambio. Solamente ante cuestiones de este tipo se da el brazo a torcer y la cuestión es cómo nos paramos frente a ellas. Por otro lado hay cuestiones que no nos queremos dar cuenta, y suceden una y otra vez hasta que me dicen algo, como las “desgracias recurrentes”. No sé si el cambio es espontáneo, porque la vida te lleva a enfrentarte a situaciones que implican cierto trabajo, vivir lo es, con cuotas de esfuerzo en todas las dimensiones.

Vinculado con lo anterior diferencia que no todos los cambios tienen la misma modalidad ya que algunos son rupturas, un viraje total, una mutación, y menciona como ejemplo el casarse, ser padre, hijo, que “son marcas y nunca más volvés a no serlo, son fundantes”.

Consultada por casos que le llamaron la atención, Asensio mencionó a pacientes que tuvieron la posibilidad de revertir la pérdida de un hijo, para “hacerse una vida a pesar de ese dolor innombrable, casi intramitable y permanente. ¿Será por la decisión de seguir vivos?”, se preguntó, y apuntó que “también aparecen recursos que no sabías que tenías y que se pueden desarrollar”.

“Hay situaciones que son grandes oportunidades –añade–. En cuanto al cambiar por cambiar, por innovar”, pone en duda que se trate de un cambio. Y también sobre su profundidad, porque “podés caminar en círculo y volver al mismo lugar, ponerte en movimiento sin sentido, como descarga. ¿Cuál sería un cambio genuino y para qué? Esto tiene que ver con determinados valores y filosofías de vida. La cuestión es lanzarse desde la incertidumbre y la ignorancia hacia un lugar nuevo. Otro movimiento sería una corrida hacia adelante, sin saber de dónde saliste y que es un impulso por el miedo, y es un comienzo de un retorno al mismo lugar, con otras formas”, describe.

Desde lo estructural de la personalidad, señala que la perversión es una modalidad de goce muy difícil de cambiar, al igual que sucede con el cínico, porque “implica aceptar que lo ha sido”.

La pérdida de pertenencia a determinados lugares, instituciones, familias, trabajos y creencias, la negación y racionalizar pero que afectivamente no se movilice todo el sujeto, son factores que atentan contra el cambio. “Quejarte de un síntoma no significa que estés dispuesto al cambio, porque implica abandonar lugares conocidos que establecieron una manera de relación con la vida”, concluye la psicoanalista.

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Lía Oviedo
Lía Oviedo

La importancia del protagonismo y no juzgar

Una tragedia familiar y la posibilidad de transformación del dolor, a partir de la aceptación y el cambio emocional.“Perdí a mi madre, de 48 años, cuando yo tenía 26, en el posoperatorio de una cirugía estética, una lipoaspiración, por mala praxis del doctor Eduardo Stagnaro. Fue un proceso muy extenso y la causa finalmente prescribió y esa responsabilidad para nosotros no se pudo establecer. Fue un antes y un después en el ámbito familiar, y recuperarnos nos llevó mucho tiempo, durante el cual sentí que el valor de mi propia vida no tenía mucho sentido. Pero hubo una fuerza superior y de a poco lo fui aceptando para avanzar en mi vida, que ahora tiene una escala de valores totalmente distinta”, dice Lía Oviedo, psicopedagoga y coach.

A partir de allí en su vida se presentaron las palabras “víctima” y “protagonista”, ya que durante mucho tiempo puso a su madre en la primera de las categorías. “Me generaba mucho sufrimiento. El trabajo personal y el coaching me permitieron armar otra narrativa y valorar que la decisión la tomó ella, creyendo que era la mejor para su calidad de vida, sin juzgarla. Cuando acepté eso tuve paz y pude armarme emocionalmente”.

La especialista en desarrollo humano y de organizaciones entiende que tomar decisiones tiene que ver con el protagonismo y hay circunstancias que puede pasar lo que pasó y también el bienestar. Además, hace una diferencia entre cambio y transformación: “El cambio está más asociado a resultados, independientemente de si se ajusta o no a mi forma de ser. En cambio la transformación es que quiero lograr una meta pero me centro en el proceso y con mi forma de ser. A veces quiero lograr algo, no importa el costo, y llego; la transformación es revisar las creencias que no me alcanzan para lograrlo de la mejor manera y sentirme en plenitud”.

—¿Las transformaciones pueden darse ante situaciones traumáticas o sensiblemente vitales?

—La vida misma es así. Es cuando la persona tiene un quiebre y dice “basta para mí”, sea una relación de pareja, el lugar donde vivo, la muerte de alguien… una situación que me quita poder y de malestar. Ahí comienzo a ver qué decisiones tomo.

—¿Qué fue importante para tu transformación respecto de la muerte de tu madre?

—El coaching, para darme cuenta de que somos seres que interpretamos realidades, que no son “la verdad”, y puedo transformar la narrativa. Puedo quedarme en la tragedia de mi madre o en la elección que ella quiso para su vida, como protagonista, y que yo como hija acompaño. No puedo tener el control de las situaciones de los demás, sino comprenderlas. Eso me paró en otro lugar, en paz, porque también me culpaba de por qué no lo había impedido, ya que además fui quien facilité el dinero para hacer la operación. Era la felicidad de mi madre y su deseo, fue su decisión y tengo que elaborar su muerte, como hija, no por lo que hizo.

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