Aguafuertes y relatos
Viernes 30 de Noviembre de 2018

De pino o roble

La vida reparte sus verdades inexorables de forma pareja, como la baraja, y cada uno las toma como quiere o como puede, y juega su partida.

Un amigo que araña los sesenta desliza un comentario aparentemente trivial, inocente, así como al pasar: Fuimos con la bruja a una mueblería de Esperanza, de esas de las buenas, ¿viste? Laburan maderas estacionadas, de la puta madre. Necesitábamos renovar el juego de dormitorio: la cama, dos mesitas de luz y una pequeña cómoda. "Son productos nobles, para toda la vida", nos dijo el vendedor. Pero, ¡casi cien lucas!, ¡podés creer? ¡Ni en pedo! Al final, terminamos yendo a Garbarino y compramos todo, más un ventilador Liliana con aspas de metal de regalo, por treinta mil. Son de pino laminado, pero total, con que me dure veinte años es suficiente, ¿no te parece?
La frase me impactó. No hubo sarcasmo ni dramatismo en la afirmación. Le salió de adentro, de su inconsciente profundo; se le escapó espontáneamente, así como salta la perdiz del campo al paso del cazador. Una certeza que quizás él tiene tan naturalizada que le fluye sola.
Pero a mí semejante pelota existencial me quedó dando vueltas en la cabeza. Primero, por una cuestión de principios porque siempre es preferible en la vida lo cabal, lo noble, lo duradero: "lo que se mantiene firme como un promontorio y, que en torno a él, se estrellan sin interrupción las olas del mar adormeciéndose a sus pies", como decía Marco Aurelio, el viejo emperador filósofo. Y segundo, por la zozobra que genera el mero pensamiento del c'est fini, del kaputt, del "se acabó", que se empieza a insinuar sutilmente en cuestiones de la vida cotidiana.
Yo no sé al lector, pero la idea de la muerte, eso de que alguna vez uno va a cesar (no se me ocurre un eufemismo más elegante), hay un momento en que empieza a zumbarte alrededor como una de esas moscas gordas y metalizadas que revolotean en la bosta. Va y viene, se acerca y se aleja. Y molesta.
Lo notás en detalles, nimiedades pero indicativas, como la opción de mi amigo entre madera de roble o de pino para su mesita de luz. O si vas al banco y te ofrecen un crédito hipotecario a 30 años que claramente vos no vas a terminar de pagar. O en mi caso, por ejemplo, cada vez que planto un árbol en casa y pienso: ¿para qué? Si cuando llegue a dar sombra o florecer yo no voy a estar.
Afortunadamente la naturaleza es sabia. Siempre avisa, y el que avisa no traiciona. Del mismo modo que anuncia el invierno desplumando la arbolada y alargando la noche, a los vivos nos va notificando lentamente, desbrozando el camino a la vejez. Por ello hay pocos temas que preocupan tanto a la gente como el hecho inexorable del envejecimiento. Dicho de otro modo: la tribulación corrosiva de qué vamos a hacer de nuestras vidas los años que nos quedan cuando demos la última curva y tomemos la larga recta hacia el final. Y como toda angustia, viene asociada al miedo, pero no a morir –hecho que hasta el más tonto es consciente de que tarde o temprano acaecerá–, sino a ese lento declinar que cada uno vive de manera diferente.
La vida reparte sus verdades inexorables de forma pareja, como la baraja, y cada uno las toma como quiere o como puede, y juega su partida.
Para muchos la vejez es meramente la ausencia de juventud, que otorga belleza o vitalidad física. Ya lo entrevieron los antiguos griegos cuando asociaron la edad avanzada a un estado de calma, de sosiego para reflexionar luego de haber sido abandonados por las pasiones carnales: "libres, no de un amo, sino de muchos", decía Sócrates.
Es entendible ese pensamiento hace 2.500 años en la placidez de la sombra de los olivares de la isla de Creta frente al mar Mediterráneo, donde los viejos helenos, ya con pocos amigos y la familia desperdigada, no tenían mucho más para hacer que la búsqueda de la ataraxia: el estado de tranquilidad espiritual por la total ausencia de deseos y temores.
Pero seamos realistas: ¿pensar, ahora?, ¿pensar en este mundo vacuo, precoz, playito, utilitario, exprés en el que vivimos?, ¿reflexionar sobre qué cosa? De allí el auge masivo –y a buena hora– de una mayor conciencia sobre la vida sana y los cuidados del cuerpo.
Sin embargo, daría la sensación de que esta renovada pasión por lo apolíneo en cierta franja etaria un poco pasadita, en el fondo no obedece a un imperativo de mayor calidad de vida sino a una necesidad de retrasar atolondradamente, a las corridas y pedaleos, la ancianidad y el tedio. La escasez de riqueza interior y de interés por el goce de placeres más sutiles hace que pocos tengan en claro qué van a hacer cuando lleguen a viejos. José Saramago se quejaba con picardía de que todo el mundo le decía que tenía que hacer ejercicio; que era bueno para su salud, pero él retrucaba que nunca había escuchado a nadie que le diga a un deportista: "tienes que leer".
En este contexto, conozco individuos que se han jubilado a los 55 años en la plenitud física y mental, y entraron en una espiral de depresión irremontable. Pareciera que para ellos se acabó el laburo y se acabó la vida. Algunos –más despiertos– cuando avizoran que van derechito al abismo del Gran Cañón del Aburrimiento, tratan de recular (más vale tarde que nunca), y caen en sectas de la felicidad, que operan como verdaderas multinacionales; generalmente lideradas por individuos a los que uno –de verlos nomás– no les compraría un auto usado. Otros, se suben convencidos al amplio colectivo de los malos escritores de autoayuda, que fundan sus millonarias ganancias en la necesidad de la gente de sentirse mejor frente a una vida vacía de espiritualidad.
Vinculado a esto, muchas veces hemos escuchado esa letanía medio ramplona y auto exculpatoria de que "nunca terminamos de crecer", que seguimos siendo un poco niños durante toda la vida. Una cándida fantasía representada cabalmente por el cuento de Peter Pan, el adolescente eterno.
No obstante me pregunto: ¿será que el tiempo necesario para madurar se va desfasando a medida que se extiende –por obra de la ciencia y la medicina– nuestra expectativa de vida? ¿Está el hombre moderno hecho a destiempo de su extendido recorrido biológico?
El panorama se vuelve particularmente tenebroso para aquellos que hicieron de la apariencia física la única razón de su existencia. Ahí la cosa se pone áspera, cruel y especialmente onerosa, porque no queda mucho más que resignarse a esperar los últimos avances de la cosmética y la cirugía plástica, a la vez que triplicar el tiempo que dedican al cuidado del cuerpo; todo a costa de otras posibilidades más gratificantes. Y cuando eso ya no sea posible: control remoto, mate y depresión. O cosas peores.
En el medio tallan, como bola sin manija, los arrepentidos, los nostálgicos, los ucrónicos, los que viven penando por las malas decisiones o las no tomadas: "¿por qué no me separé antes?"; "¿cómo no acepté aquel laburo?"; "¿y si hubiese hecho tal o cual cosa?". El inventario de supuestos es infinito, como las circunstancias del devenir humano.
Pero para otros, que luchamos por vivir menos pendientes del espejo y más de querer arrebatarle al día amarrete unos pocos buenos momentos, lo que fastidia, lo que punza en los despertares es la sensación de no estar viviendo la vida que quisiéramos. ¡Ya! ¡Ahora! La constatación mortificante de que estamos desperdiciando el presente, aunque no tengamos muy bien en claro de qué otra forma podría ser.
Se trata de otra contingencia que nos depara esta misteriosa pendiente hacia el final, que es peor que las anteriores, porque para revertirla lo que nos hace falta es, justamente, lo que no nos queda: tiempo.

Wendel Gietz. Texto del libro "DE PINO O ROBLE", Edit. Dunken. Buenos Aires 2017.

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