Aguafuertes y relatos
Viernes 28 de Septiembre de 2018

De padres y talismanes

"Cuanto más juzgas, menos amas" (Honoré de Balzac)

Hay lluvias y lluvias. Están las que bendicen la tierra o la malogran con bíblica malicia. Las que meramente incomodan un plan urbano, o las que traducen la nada frente a una ventana; e incluso la oscura lluvia nocturna que solivianta al insomne atribulado. Y también la lluvia seductora que cae en la tarde fría de invierno, que no invita a otra cosa que no sea a tener relaciones textuales con los libros. No hablo del chaparrón intempestivo, sino del ruidoso aguacero, denso y oblicuo, que por su tono inconfundible anuncia que llegó para quedarse un rato largo. Si tenés suerte y te agarra en casa con tiempo, es ideal para meterse a revisar, ordenar; a leer títulos y mirar viejas tapas queridas. A veces el mero contacto con el papel, el olorcito que desprende, nos retrotrae al momento de una lectura pasada, como esa canción que suena inesperada en el lugar menos pensado, y nos anuda a un recuerdo inolvidable.
En eso estaba cuando –hojeando al voleo un libro que era de mi viejo– apareció perdido un pequeño recorte de diario. Estaba casi pegado entre las páginas de uno de los cuatro gruesos tomos de La Comedia humana de Honoré de Balzac (justo en la parte de Papá Goriot). La Comedia humana, antónima deliberada del Dante, una obra gigantesca de la narrativa universal donde el gordo sufrido de Honorato no dejó acción, pasión, vínculo o relación humana sin viviseccionar con la descarnada lucidez de un forense social de toda una época (con muy poca merma en su vigencia a pesar de sus casi dos siglos).
El recorte en cuestión es apenas un trozo de papel de la mitad del tamaño de una ingrávida servilletita de papel como las que hay en las mesas de los bares. Más chiquito todavía. Amarronado, oscurecido hasta lo ilegible, puesto allí por él quién sabe cuándo (¿60 años atrás tal vez?), dentro de la misma página. Allí, solo. Escuchando imaginariamente el mismo diálogo, una y otra vez, entre el idealista Rastignac y el cínico de Vautrin.
El texto de la inserta notita periodística se titula "LOS LIBROS" y comienza así:
"No hay mayor satisfacción para mí que sentarme en el escritorio de papá, rodeado de gruesos volúmenes y pasar las horas hojeando y leyendo libros. Me encantan los libros de cuentos maravillosos de hadas, enanos y aparecidos, aunque sé bien que todo eso es fantasía". Y sigue una suerte de cándida oda infantil a la lectura, con un vocabulario y una sintaxis de la que carece más de un estudiante universitario de hoy en día. Al final –borroso– hay un nombre y un año: Rodolfo Gietz, 4to. Grado, Escuela Fiscal Nro. 341, Progreso, Santa Fe. 1937.
Inmediatamente mi imaginación voló rauda como un pájaro cautivo, y ensayé en mi mente la posible situación. Una mañana de aquel año, en una escuela perdida de Progreso –una estrellita más en la constelación de pueblos de inmigrantes que fueron brotando en la interminable pampa gringa atravesada por las aguas nativas del Salado–, la maestra habrá lanzado la consigna del concurso a sus alumnos de 4to grado, niños tal vez de entre 8 y 10 años: "Atención chicos, la tarea es escribir una composición. ¿El tema?: los libros. La seleccionada la vamos a mandar al periódico de la Colonia para que salga publicada, ¡así que a esmerarse!".
Seguí con mi propia composición de tiempo y lugar. En esa aula lejana y babélica –reverberante de idiomas y dialectos– se mezclaban hijos y nietos de alemanes, franceses, italianos, criollos, algunos hijos de la tierra; como las arcillas del ceramista de las que hace emerger luego una forma diferente. De vivencias compartidas y fundidas en la fragua generosa de la colonización integradora; de bromas de niños, de juegos de palabras, de cocoliche y adivinanzas. De apellidos que los gauchos "se murieron sin poder pronunciarlos", como expresó hermosamente el poeta José Pedroni.
Mi padre es hoy polvo en el viento, pero escribió ese texto a sus 9 años y me encuentra ahora a mí –su hijo–, bien entrado en el decurso de la vida, gozando de un mismo entusiasmo. Es lícito y no del todo irracional el interrogante: ¿es casualidad?, ¿qué secreto, qué misterioso encantamiento conecta esta tarde pensativa de mi presente con su mente de niño que declara en ese papelito de hace 80 años –con conmovedora certidumbre– que "será un amigo de los libros?
Leí una vez por ahí que uno nunca se repone de la ausencia que provoca la orfandad. Así tengas 30, 40, 50 o 60 años, y a su vez una familia con tu propia descendencia, te queda ese buraco, esa oquedad que se manifiesta –vagamente unas veces, persistente como esta lluvia, otras veces– de sentir al viejo. De sentirlo, no precisamente en un sentido filial, sino para comprenderlo en su faceta humana, hasta "prepaternal" me atrevería a decir.
La madre es otra cosa. La madre es la unidad inescindible, vital, nutricional con la existencia misma; ella equivale a la supervivencia desde lo visceral. Estuvimos en su panza, y no hay con qué darle a esa comunión, a esa simbiosis indestructible.
Reflexiono en confianza con el lector sobre este asunto tan difícil de asir como es la figura paterna. Tampoco me refiero al papá "filial" que todos tenemos o tuvimos, aquella presencia ordenadora, referencial que supuestamente (como postula la teoría psicoanalítica) viene a desambiguar mediante la donación de un nombre la unidad madre-hijo. Que existe para "construir la realidad psíquica del hijo e inscribirlo en la cadena generacional". Coincido en que ambos progenitores nos dan certezas, si bien de distinta naturaleza: la de la madre está ligada a los sentidos –nos amamantó, nada menos–, mientras que la del padre es incierta, es cultural; está más ligada al deseo, a la fe de ser padre que a una función vital. Hasta en el Evangelio, simbólicamente, el tratamiento dado a la mamá y al papá de Jesús difiere. José es relegado a un oscuro segundo plano, carece de protagonismo, lo arreglan con un modesto título de santo; se lo vincula al niño lateralmente por medio de su oficio, el de carpintero. Luego, con el paso de los siglos, el dogma lo termina de desdibujar completamente frente a la presencia avasalladora de su madre que acapara todas las miradas y la devoción, en el sentido literal de la palabra.
Ahora bien, el viejo que te tocó en suerte es harina de otro costal. Te puede haber salido pato o gallareta: un tipo cariñoso, comprensivo y dedicado –el ideal–; o un paladín de la ejemplaridad, aunque autoritario y controlador, incapaz de una charla íntima o un abrazo; el compinche afectuoso y amiguero, pero medio chambón con sus obligaciones (sobre todo en parejas separadas); o un ausente, o que se borró y que luego quiso –o no pudo– redimirse y se fue a la tumba con esa pena; el "ni fu ni fa" (a ese dale tiempo, porque todos tienen algo para decirte, en esta vida, o cuando están en la sala de embarque para subirse al avión que lo lleva a la otra); o directamente el abandónico, el injusto, el malo y otras categorías inclasificables. Incluso en la severa fanfarria que hace sonar la trompeta del hijo herido o maltratado, siempre hay un compás para el perdón. Cada uno pondrá a su padre en el sayo que le quepa.
Como dijimos, con la madre es diferente: "la vieja es lo más grande que hay" canta con inapelable sabiduría rockera el gran Pappo Napolitano. Sin embargo, al viejo, para encontrarlo hay que hurgar, debemos escarbar en recovecos del pasado para traerlo de vuelta, para desentrañarlo. Sobre todo con el paso de los años, y, –reitero–, no para someterlo a juicio, santificarlo o ratificar lo mucho que nos quiso y viceversa, sino para que esté presente. Algo en nuestro interior se empeña en poder verlo de nuevo a través de la espesa cortina del tiempo para desbrozar su figura, para pasarle la zaranda del hombre que fue, antes que nuestro padre (porque tuvo una vida antes que nosotros). Esa silueta dibujada en el frágil papel en que se escribe la memoria se vuelve difusa, y se hace difícil recortarlo a lo lejos sin pifiar con la tijera; cuesta reconstruirlo, rearmarlo como el alegórico muñeco de Geppetto. Se nos va por entre las manos. Su voz, su mirada, sus gestos, sus movimientos, sus opiniones, se evanecen como la neblina mañanera de un oscuro robledal. ¿Quién se acuerda acaso –cuando había tan pocos registros visuales– cómo caminaba, o cómo se reía su papá cuando hace 20, 30 o 40 años que no está?
Siento, entonces, que me voy aproximando a una explicación que encuentro aceptable –o consolatoria para alguien que abjuró del más allá como explicación simplona para todas las cosas dolorosas que nos cuesta procesar–, a una justificación que satisface mi apegada visión a lo terrenal. Visión que se asienta en la convicción de que lo mejor está en este mundo, y no en las promesas celestiales de campos de narcisos donde salta la corza de nuestra alma libre de pecado para reencontrarse con nuestros seres queridos. Y esa explicación está en los pequeños talismanes que unen al padre con el hijo o hija. Ya sea un secreto guardado, una preferencia, la pasión por un club, un objeto de su propio pasado –¿por qué no?–; un lugar por el que pasó o donde vivió, un libro, una canción, una única y definitoria conversación, una mirada, un abrazo de perdón. Lo que sea. Algo. Y ese algo está allí, y uno necesita encontrarlo en algún momento de la vida para atesorarlo. Todo lo demás entra al vasto mundo de los recuerdos, que no son imborrables. Borges usaba mucho la palabra "talismanes", refiriéndose a aquellos amuletos físicos o inmateriales que obran mágicamente sobre las reminiscencias del pasado como una invocación para traerlas de nuevo al presente con la mano o el pensamiento.
Mientras pienso estas líneas, Papá Goriot sigue abierto en mis manos con el mínimo recorte de diario en su interior, que evoca a mi padre-niño y su amor por la literatura, que compartimos. La lluvia cesa respetuosamente cómplice por un ratito, y siento clavadas en mis espaldas las miradas silenciosas e invisibles de los cientos de espíritus hechizados atrapados en los que fueron sus libros.
Observo el texto de Balzac, que como toda edición antigua trae un retrato del autor en su segunda página. Es un hombre grueso, de expresión severa pero bonachona. Siento que me mira y dice:
Ton père est là...*

*Tu padre está acá

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