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#Yocuento

De mosca enmarañada a rara luciérnaga iluminada

"¿Qué eres? Una mosca atrapada en la red de la araña? O una Luciérnaga, brillando con su propia luz, e iluminando todo a su alrededor..."

Jueves 26 de Septiembre de 2019

Regresaba, de mi primera clase de danza ya bajado el sol.

En la vereda me encontré con mi amiga y vecina, ella despedía sus alumnas de yoga.

—¡Sara! le grité, por fin logré hacerme el tiempo para las clases de danzas árabes, me encantó.

—Qué bueno, cuando quieras podés venir a hacer yoga conmigo, también.

—Bueno, mañana a alguna hora charlamos, me toca guardia a la tarde.

—Buen descanso, y disfrutá, mientras puedas, dijo, presagiando corta vida a mi alegría.

Con Sara nos separaba apenas una pared, y desde el patio ella escuchaba cosas...y yo le contaba otras.

Ella sabía que apenas me encontrara con Raúl, mi marido, un hombre grandote, buena gente, pero celoso, este era capaz de borrar en mí, todo contextura que no fuera con él. Pensares sombríos y maliciosos casi ahogan mi rostro, me sobrepuse y entré a la casa saludando alegre.

—Hola gente, ¿cómo andan? A mí me fue re lindo en la clase. Sentado al extremo de la mesa estaba Raúl, la panera vacía, el mate y la pava descansando, él se acariciaba la barbilla.

Me acerqué, le di un abrazo, un beso y dije: ¿Me das un mate?

Él se tiró para atrás, y con desprecio contestó: “Cebate vos, yo me cansé de tomar solo”. Bueno, le digo, mientras cambio la yerba y pongo agua a calentar.

—¿Estás molesto? No parecés contento con mi nueva actividad, vos sabés que hace rato quería empezar, encontré horarios y la sala está cerca, así que todo bien. —¿Ah sí..? ¿Todo bien..? ¡Como siempre, la señora se manda sola! Ni pregunta, sabés que a mí me molesta que andés haciendo esas cosas, te vas a poner esas ropas, y a contornear como la puta de tu prima... ¿No te das cuenta? ¡Qué ejemplo para tus hijas, y a tu hijo no sé si le va a gustar! Di un golpe con el mate sobre la mesa.

—¡Epa! ¿Y esto? ¿Qué decís tanto bolazo, no te entiendo, ahora que empecé salís con esto? ¿No te gusta verme bien? ¿No me merezco un recreo? Y lo de los chicos no sé a qué viene.

Sentí que el llanto explotaría en cualquier momento, así que me levanté y fui al patio, intentaba conservar la alegría, pero la indignación se me agolpaba en los ojos, inspiré profundo, me senté hacia atrás en el sillón.

Quedé mirando las estrellas, la luna llena brillante, grande, me dije, ante tanta eternidad ahí en el cielo esto que estoy viviendo no será nada, ya se le va a pasar, va a entender que esto me hace bien, que salgo de la rutina (agotadora tediosa).

Dibujé una sonrisa en mi rostro y comencé a tararear la canción árabe recordando los pasos aprendidos.

De pronto sentí un lacerante frío en la espalda, miré hacia la puerta, allí estaba Raúl, ocupando todo el espacio del marco de la puerta, en una mano tenía uno de los tantos cuchillos que últimamente compraba, en la otra mano la piedra de afilar. Lentamente pasaba una y otra vez uno sobre la otra, mientras me miraba con sorna, amenazante.

Esta vez reaccioné.

—¡¡¡Ehh!!! ¿Qué te pasa? ¿Me querés asustar como la otra vez?

—Para nada -contestó- vos siempre imaginando cosas.

Sentí que la rabia me subía desde los pies, espeluznándome el cuerpo.

—¡¡¿Me amenazás?!! ¿Qué hacés mirándome de ese modo, sacando filo a uno de los tantos cuchillos que te has comprado últimamente?

Él entre irónico y burlón dijo: —Voy a filetear las pechugas. ¿Vos que creés? Estás loquita en serio. Me levanté bruscamente del sillón.

—Bueno, mejor me voy a bañar, ya que tengo un marido tan buenito que va a cocinar. Intenté pasar por donde él permanecía, no se movió para darme paso, lo empujé

—¡Vos no me vas a joder más! -Ya te veo la intención- dije en baja voz.

Él simuló perder el equilibrio diciendo.

—¡Bueno loca! Tranquila. Mientras elevó el brazo que sostenía la cuchilla.

Me aterroricé, corrí hacia el baño, él se reía.

El agua caía tibia sobre mis cabellos, se mezclaba sobre el rostro con la catarata de lágrimas guardadas, quedé largo rato esperando que se terminen las lágrimas. Llamó mi atención una mosca que luchaba por escapar de la telaraña, cuando parecía que lo lograría, la araña salía y le enviaba una pegajosa red y de vuelta la mosca luchaba por desenredarse, dicen que le gana por cansancio, pensé, y seguí mirando. Varias veces la mosca estuvo a punto de retomar su vuelo, y tantas veces la araña la atrapó. Sentí que me parecía a la mosca.

Salí del baño limpita, sin señales de derrota. Él miraba tv. Me detuve a mirar y escuchar. Las imágenes en la pantalla eran muy significativas, acompañadas de palabras que hacían diferencias entre una actitud y otra. “Si te molesta, te violenta”, “¿Es abrazo o te aprieta? ¿Acaricia tu pelo o te retiene? ¿Te habla mal de tus amistades, de tu familia? No solo el golpe es violencia”.

Lo miré… murmurando “violencia de género”… como pensativa.

El apagó el tele.

—¿Vas a comer? Te preparé lo que te gusta, estemos bien, si querés pensalo, a mí no me gusta que vayas a esas cosas, pero bueno vos sabrás.

Como anestesiada me senté a comer. Me dije: “y bueno para qué tanto lío, después de todo esta es mi familia, y mirá que rico todo lo que hizo”.

A mi alrededor el vacío percibido contrastaba con el bullicio de los comensales, uno de ellos dice:

—Ma, ¡qué caripela!

—¿Cara de qué tengo?

Raúl miró a todos y levantó los hombros, meneando la cabeza con cara de desconcierto les dijo:

—Bueno chicos, ustedes levanten la mesa que mamá está cansada, yo me voy a bañar.

Me toma la mano, acaricia mis cabellos. Dice: ¿Todo bien? Dejé clases de danzas árabe pues mi pie derecho se inflamó... Además tenía tantas actividades, entre el trabajo, cuidar a mamá, estar atenta a lo que necesitan mis hijos, mis hermanos, mis vecinos, el perro, el gato y todo estaba bajo mi responsable cuidado. Un día Sara me volvió a invitar a una clase de Yoga y Meditación, fue así que comencé ese nuevo sendero.

No le dije nada a Raúl.

En una de las clases escuché. “¿Qué eres? Una mosca atrapada en la red de la araña? O una Luciérnaga, brillando con su propia luz, e iluminando todo a su alrededor. Sentí que había comenzado a desprenderme de la telaraña. Sabía también que en el intento de sobrevivir día a día, podía terminar con un cuchillo atravesado en mi garganta…

Algunas Luciérnagas comenzaron a revolotear a mi paso, otras murieron…y estaban las que se iluminaban más después de esas muertes.

¡Vivas las queremos! , gritaban. Me llevó días, meses, años la transformación.

Entre llanto, soledad, rechazo, enojos, reproches, insultos, silencios, y clases de yoga, meditación, y otras terapias.

El instante mágico ¡ocurrió! En un segundo cuántico reconocí mi Luz, me vi rara Luciérnaga iluminada

Aquel día tomé la decisión y no hubo vuelta atrás. Si yo cambio, todo cambia.

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