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Daniela Verseñazzi: "Es lamentable la convivencia con la especulación inmobiliaria"

La ciudad que nunca tuvo plan. Los estragos de la soja. Código Urbano, solo palabras. ¿Arquitectos alienados?

Domingo 26 de Julio de 2020

Su apellido se vincula indisolublemente a las luchas por las grandes cuestiones ambientales en la región y su incidencia en la salud humana y el estudio concienzudo del asolamiento del espacio vital. Fiel a ese legado, Daniela Verseñazzi, arquitecta y docente de Agroecología, Energías Alternativas y Políticas de Desarrollo Territorial, en la Escuela Almafuerte, a cargo, ad honorem, de la cátedra de Salud Socioambiental, de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario, e integrante del Foro Ecologista de Paraná, sostiene generacionalmente el compromiso por la recuperación de la habitabilidad territorial, pensando que allí se define la vida de todos.

Escuela de aprendizaje

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, calle Rosario del Tala, done viví hasta los 3 años, luego en Belgrano, entre Villaguay y Feliciano, hasta 2010, cuando vinimos a vivir acá, Gobernador Crespo y Jozami.

—¿Cómo era esa zona de calle Belgrano?

—A pesar de estar en el centro la vida era barrial, con muchos chicos con quienes tuvimos una agrupación. A la vuelta estaban los bomberos, el ferrocarril, cuyo silbato del tren era típico. Iba a la escuela Belgrano y en la Secundaria, con mis hermanos Damián y Manuel, fuimos a la escuela Neuquén.

Verseñazzi
"Paraná es una ciudad que tiene ocho áreas naturales protegidas, lo cual no quiere decir que lo estén", advierte Daniela Verseñazzi.

"Paraná es una ciudad que tiene ocho áreas naturales protegidas, lo cual no quiere decir que lo estén", advierte Daniela Verseñazzi.

—¿Había un límite establecido?

—La Pasarela, aunque el 50% de nuestros compañeros de la escuela eran de barrio Belgrano. En la adolescencia pasó a ser parte de nuestra vida por la participación en el centro de estudiantes y por acompañar a nuestros padres que iban con la copa de leche y a dar clases de apoyo.

—¿A qué jugabas?

—Vivíamos en el Rowing, hasta la noche, o en la cuadra y en la plaza Sáenz Peña. Jugábamos a la escondida, la cachada, y andábamos en bici y patines.

—¿Qué actividad profesional desarrollan tus padres?

—Mi papá es bioquímico y trabajó desde que se recibió hasta que se jubiló en el hospital San Roque, salvo desde 1991 a 1993 cuando fue director de Medicina Social. Mi mamá tuvo peluquería, negocio, tejía… y ahora sostiene y estudia sobre la huerta y el viñedo. Es una máquina.

—¿Desarrollaste alguna afición?

—Fui muy deportista, hacía básquet, natación, gimnasia deportiva y patín artístico, y desde los 3 años hice danza clásica y española, hasta que dejé a los 14 años. Ahora retomé danzas vascas y básquet.

—¿Sentías una vocación?

—No recuerdo; amaba hacer deportes y en la adolescencia me gustó la Arquitectura. Me gusta la decoración de interiores pero al elegir tuve una contradicción por principios en cuanto a que era trabajar para determinado sector social. A medida que pasó el tiempo me atrapó lo urbanístico y territorial, y cursé una maestría.

—¿Qué materias de la Secundaria te gustaban?

—Una profesora de Historia me marcó mucho por su forma de dar clases en las cuales vinculaba todo. Soy docente y mis estudiantes también me comentan eso sobre mí.

—¿Leías?

—No era muy lectora, aunque mi hermano mayor Damián sí y era abanderado. Mi vida pasaba por el deporte y recién leí con ganas a Mafalda cuando fui mayor. A los 12 años comencé a militar en el Partido Socialista Popular, aunque mi papá no quería, y desarrollé el gusto por la lectura.

—¿Qué expectativas te generó la militancia?

—La escuela tenía una realidad social compleja y mis valores son en gran parte por haber pasado por la escuela Neuquén, pues aprendí a aceptar las diferencias más allá de reconocernos iguales. No iba a bailar y tenía mucha actividad con el centro de estudiantes. Sentíamos que lo que hacíamos servía para que otros pudieran crecer.

El partido y lo ambiental

—¿Qué imaginabas de la Arquitectura según tu mirada ideológica?

—No la pensé por el lado de la vivienda social, pero me permitía, también, trabajar en la decoración. Lo ideológico tenía que ver con lo urbanístico. En cuanto a la militancia me encontré en la facultad con una realidad totalmente diferente de lo que venía haciendo, fue un golpazo y no pude integrarme. Así que me dediqué a estudiar y participar en un grupo inorgánico del partido, en el cual estaba mi papá, comenzamos a leer a (Eduardo) Galeano y Miguel Grinberg, y compraba y regalaba libros sobre cuestiones climáticas y ambientales. En 1995 nos fuimos del partido.

—¿Nunca disputaste políticamente con él?

—Yo militaba en la juventud. Mis padres siempre fueron referentes. No tenemos diferencias políticas sino estratégicas.

—¿Qué enfoque general tenía la carrera?

—Tuve profesores jóvenes y muy interesantes, entre ellos quien fundó la facultad, César Carli, un referente de la arquitectura regional. Otro de mis referentes era Rodolfo Livingston, de quien me atrapó su libro Cirugía de casas, ya que con muy poco podés modificar la calidad de vida de la gente. Igualmente la carrera no fue todo lo que esperaba.

—¿Había contenidos relacionados con lo ambiental?

—No, no; yo era un bicho raro porque tenía lecturas poco comunes. En 1991 la campaña del partido se centró en la recuperación de los arroyos de Paraná. Comencé la carrera en 1996, cuando fue la lucha por el intento de represamiento del Paraná Medio, nos vinculamos con la cuestión ambiental y en 1997 creamos el Foro Ecologista de Paraná.

La ciudad peatonal

—¿Cómo revisaste tu mirada de la arquitectura y lo urbanístico a partir de ello?

—Fue un proceso de crecimiento. En 1° año de la facultad leí La ciudad peatonal (de Peters Paulhans) sobre experiencias en Alemania, dije “esto es” y comencé mi búsqueda.

—¿Por qué?

—Por plantear la ciudad pensada desde el peatón y no desde los vehículos. Además me llamó la atención un artículo de una arquitecta de Chaco quien hablaba de construcción con tierra cruda, y hablando con Margarita Trlin y Rubén Cabrera me dieron una revista sobre ese tema, Livingston vino a dar una charla y me comentó que la del artículo era su esposa. Me quedó marcado.

Ciudades sin rumbo y soja

—¿Qué primer diagnóstico hiciste sobre la situación de la región al comenzar a participar en el foro?

—El foro siempre tuvo una mirada sistémica y compleja, y nunca dejamos de formarnos. En 2003, la organización Sobrevivencia de Paraguay, junto con otras de la Cuenca del Plata, llevó adelante un curso de desarrollo de capacidades para activistas, del cual participé durante dos años y uno de cuyos encuentros se hizo en esta quinta, con gente de ese país, Bolivia, Paraguay. Brasil y Uruguay. Fue con gente de primer nivel y terminé de ampliar la mirada.

—¿Cuándo considerás que los patrones ambientales y urbanísticos razonables implosionaron en Paraná?

—En cuanto a lo ambiental, desde que tengo memoria, ya que nunca hubo un plan o línea de gobierno, aún considerando que no tiene que haber un programa sino que tiene que ser transversal a todo, como en la educación. El agravante fue cuando la soja comenzó a dar mucha plata, se volcó a lo urbano, las ciudades comenzaron a crecer y densificarse, como más gravemente sucedió en Rosario, Buenos Aires, Córdoba y Punta del Este, donde hay edificios vacíos como inversión. Ese modelo desplazó la población rural y se complejizó lo social, ambiental y territorial, ya que no son ciudades preparadas para recibir esa presión en cuanto a infraestructura. En 2006 hubo una modificación del Código Urbano y en teoría es fantástico, pero cuando ves los contenidos concretos no tienen nada que ver con la sustentabilidad ambiental. Nosotros estábamos rodeados de soja y en 1998 mi hermano Manuel se enfermó de un linfoma no Hodgkin, vinculado al glifosato. Más allá de que se logró correr la fumigación, Paraná tiene grandes problemas con el aire, por la quema de residuos, con un amparo ganado desde 2007, y la broza, que mata a gente. Por ese entonces había más de 30.000 enfermos.

—¿Hay algo sustentable en Paraná?

—(Risas). Es una palabra para resignificar.

—La dije a propósito del Código Urbano.

—A las diversas gestiones les hemos planteado que Paraná es una ciudad que tiene ocho áreas naturales protegidas, lo cual no quiere decir que lo estén.

—¿Cuáles?

—Los parques Urquiza, Nuevo, Berduc, Gazzano, Mutio, la Toma… lo cual no significa ambientalmente nada pero es una oportunidad de pensar, planificar y desarrollar la ciudad desde esas áreas, con innumerables posibilidades. Implica la recuperación de los arroyos, sobre cuya trama hemos hecho una propuesta de desarrollo urbanístico. Todo esto no es plata, sino decisión política.

—Retomo, ¿cuál es la mayor disfunción?

—La de cómo la mancha urbana gana territorios hacia las periferias y la especulación inmobiliaria tuvo su puntapié para hacer su negocio. En esa modificación de 2006 fue cuando se habilitó en esta zona de la Toma lotes de 300 y 450 metros cuadrados, cuando antes eran de una hectárea, lo cual cambia radicalmente las condiciones ambientales. Hay una lamentable convivencia entre las planificaciones urbanas y la especulación inmobiliaria, cuyo paradigma en la mayoría de los casos es la máxima rentabilidad y no lo ambiental. También los gobiernos adoptan discursos ajenos, como sucedió con lo del corredor bioceánico y la infraestructura necesaria, pero nunca se pensó lo que implica. En 2001, el famoso memorándum de Lawrence Summers planteaba la necesidad del traslado de las industrias sucias desde el norte al sur y de invertir en infraestructura para sostenerlas. Fue cuando apareció el Proyecto Iirsa (Proyectos de Integración de Infraestructura de Transportes, Energía y Comunicaciones), ahora llamado Cosiplan (Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento) y las plantas de celulosa en Uruguay, que definen los territorios en nombre de la “integración y el desarrollo regional”. Es infraestructura que genera grandísimos impactos ambientales y sociales.

Apuntes de la arquitectura individual y social tóxica

La arquitecta Daniela Verseñazzi remarcó la despreocupación existente con relación a la salud socioambiental en la formación profesional de los arquitectos y en la gestión pública, aunque también de quien pide un diseño, y enumeró decisiones municipales con potenciales graves consecuencias.

—¿Los arquitectos son o se hacen?

—¿Por qué (risas)?

—Por los adefesios que diseñan. Solo de camino hacía aquí vi varios. ¿Creen que la realidad es el Autocad?

—No me pongo a la par de mis colegas y no sé si estoy en condiciones de hablar en nombre de los otros.

—Es para medir tu índice de defensa corporativa.

—No voy a defender a nadie (risas).

—¿Concidís o no?

—Cuando ingresé a la facultad, no sé cómo es hoy, lo primero que hacías era el estudio del entorno, para lo cual ibas al terreno y para no hacer lo que planteás. O sea, no meter algo que no tenga nada que ver, y que impacte visual y ambientalmente. Cuando aparecían las propuestas arquitectónicas para esos terrenos, los trabajos seleccionados como ejemplo eran los que, en general, no tenían nada que ver con el entorno. También tenía la materia Organización social y política argentina, Sociología y Salud, y la mayoría de los compañeros decían “¿para qué?” ¿Cómo no va a ser importante saber si es saludable vivir en un espacio de determinadas dimensiones o, también, construir paredes con botellas de plástico llenas de basura? Ni hablar de los barrios de viviendas sociales.

—¿Es alienación o seguidismo?

—Han cambiado un poco las cosas ya que, por ejemplo, ahora se habla de arquitectura en tierra, cuando antes era una locura; también existe una materia optativa de planificación ambiental, que yo no tenía. En aquella época era todo modernismo a full, con volúmenes puros. La facultad y la línea del docente te marca, y también la gente te pide. Fijate que los Procrear son todos iguales.

—¿Qué te hace “doler la vista” de la ciudad?

—Cuando veo que ensanchan calles, como avenida Ramírez Sur. Lo pidieron los vecinos, hubo accidentes y entonces pidieron lomas de burro. Los semáforos nuevos puestos en el microcentro, por ejemplo en calle Alem, están en la vereda contraria y puede generar accidentes. ¡Es una locura y no entiendo cómo nadie reclamó por dicho peligro! Sobre calle López Jordán, llegando al río, hicieron una urbanización y ¡un paredón! ¿Para qué te vas a vivir a un lugar así con la vista del río y la isla, y metés un paredón? Es para un sociólogo y psicólogo. Otra, siguen permitiendo construir debajo del tendido de cables, con los daños que provocan. ¿Quién se hará cargo de la persona cuando se enferme?

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