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Cuatro paredes blancas

Sucedió por primera vez una noche al regresar del trabajo...

Viernes 28 de Junio de 2019

Sucedió por primera vez una noche al regresar del trabajo. El perro se apareció de pronto, al darme cuenta lo tenía a pocos centímetros de mi pierna; hasta podía sentir el olor que salía de su boca babeante al ladrarme. Era inmenso, negro, de esas razas que suelen matar a los pequeños hijos de los dueños de grandes mansiones. Me mordió; grité de dolor y apretó con más fuerza. Fue ahí cuando lo miré fijo a los ojos, y ante mi asombro aflojó su mandíbula; me soltó, tras lo cual cayó al piso. No entendí nada, lo vi completamente quieto –parecía no respirar– así que lo pateé y no se movió. Estaba muerto.

Un mes más tarde, desperté sobresaltado un domingo a las ocho de la mañana; mi hijo lloraba a los gritos, pero no era eso lo que me molestaba. Aún atontado fui a su pieza y lo encontré en la cama; decía –entre sollozos– que esa música no lo dejaba dormir. Ahí me di cuenta cuál era mi molestia: el vecino con esas insufribles cumbias que nos regalaba a todos en el barrio los fines de semana; y más a nosotros, que teníamos la desgracia de compartir la pared que separa nuestras casas. No aguanté más, me puse el pijama y salí a la calle rumbo a su puerta. El tipo, borracho luego de una noche de mucho vino, me dijo:

—¿Te molesta mi música? Tengo un regalo para vos.

Tras lo cual dio media vuelta, buscó algo en un cajón de la biblioteca, y se vino hacia mi. En ese momento apareció su esposa, la que entre lágrimas le rogó:

—Por favor viejo, dejá eso.

Pronto noté que “eso” era una pistola con la cual me apuntaba. Quedé paralizado, sólo atiné a mirarlo fijo, con todo el terror que me recorría por dentro, pero también con todo mi odio… De pronto soltó la pistola y se le aflojó el cuerpo, a la vez que se tomaba el pecho y acompañaba la caída del arma al suelo. La mujer lloró a los gritos, corrí a pedir auxilio. Cuando veinte interminables minutos más tarde llegó la ambulancia, ya estaba muerto. “Ataque al corazón” sentenció el informe médico, pero empecé a sospechar de otra cosa.

Posteriormente discutí con el dueño de la tienda en la que trabajaba, quien había descubierto que yo no pasaba el importe de algunas ventas y me quedaba con el dinero; es que con la miseria de sueldo que me pagaba no nos alcanzaba ni para sobrevivir. Me dijo que quedaba despedido; lo miré fijo –con mucho odio– y pasó lo que sospechaba: como si le hubiera caído un rayo encima, se desplomó fulminado al piso. Ese día estábamos solos –el otro empleado tenía parte de enfermo– así que lo dejé tirado en su oficina y volví al salón de ventas, para no tener que verlo morir. A la media hora llegó un cliente, entonces entré y lo encontré muerto; fingí la sorpresa, tomé el teléfono y llamé a emergencias. Otra vez el habitual “ataque al corazón” fue la conclusión de los médicos; me salvé de ser despedido, aunque quedé sin trabajo ya que la viuda –previo pago de la indemnización– cerró las puertas de la tienda.

Creo que ese fue el preciso momento en que mi mujer comenzó a sospechar, aunque nunca me dijo nada. Al menos por esos días…

Un año después aún no había conseguido un trabajo decente, por lo tanto nuestra situación económica era muy difícil. Una calurosa noche de sábado llegó a casa mi suegra, y me encontró mirando por televisión un partido de Boca, mientras tomaba cerveza acompañada de salamín, queso y maní. La doña venía con espíritu muy combativo –o enojada por algo que le habría sucedido– así que ni bien me vio le dijo a mi mujer en tono alto, para que yo pudiera escucharla:

—¿Y este parásito que no consigue trabajo todavía se da el lujo de gastar en picadita y cerveza?

Seguramente fue por el efecto del alcohol, o porque Boca iba perdiendo, que me paré de golpe y le grité:

—¡Vieja de mierda!

Como ustedes pueden imaginar, también la miré fijo…

Una semana después del entierro, luego de que mi mujer se fuera con nuestro hijo a vivir a casa de su padre, llegó la policía con la orden de presentarme ante el juez.

Lo demás es por todos bien conocido, poco puedo agregar; el caso se convirtió en tapa de las revistas, y en tema obligado de los noticieros del país. Por unos meses disfruté, si así puedo llamarlo, de esa efímera fama con la que muchos sueñan.

Y acá estoy hoy, encerrado entre estas cuatro paredes, que son lo único que me permiten mirar. Una cama –si a esto se le puede llamar cama–, un lavatorio, el sucio inodoro y una ventanita por donde me pasan la comida; cuatro pasos para un lado y cuatro para el otro.

Nada más que eso y las malditas cuatro paredes blancas.

Sobre el juicio, sólo puedo decir en mi defensa que no quise mirarlo, que me esforcé por no mirarlo, pero ese testarudo Fiscal insistía en acusarme…

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