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Crónica oval de una juntada

"La verdadera patria del hombre es su infancia" (Rainer Maria Rilke).

Viernes 16 de Agosto de 2019

El fuego une, el fuego junta. Junta porque el fuego es uno de los cuatro elementos primordiales de la naturaleza, como el viento, como el agua, como la tierra misma. La llama une al hombre en la dicha y en la inclemencia desde siempre. Y aunque también arrasa y quema, a la vez calienta, baña con su aliento cálido el encuentro de la camaradería o el del amor.

Quién sabe cuándo se habrá iniciado el fuego primigenio. ¿Fue el fuego el que dio la vida?, ¿o habrá sido el rayo creador de Zeus que romantizaron los griegos y que le costó eternamente el hígado a Prometeo?; o quizás fue el fuego de dos amigos con la mirada perdida en su llama azulada, despojados de divinidad, que compartieron en silencio su calor.

En esos pensamientos medio al cuete por la emoción venía yo sumido (porque sabía que lo que me esperaba era fuego amigo), mientras me metía con el auto por esa entradita que conduce a Villa Elsa en el acceso Norte de Paraná, apenas visible desde la ruta.

El camino de tierra siempre fue sinuoso, ascendente, debidamente poceado, pero que al final siempre recompensa. Me fui zangoloteando ese último tramito junto con mis emociones.

Desde que nació la idea de la “juntada” con los compañeros de rugby de “la clase 66” (nacidos en el año 1966) ?con quienes compartí mi más tierna y dura infancia y juventud? fueron aflorando desde lo más profundo los recuerdos y muchas sensaciones encontradas. Creo que a todos nos pasó lo mismo. Todo el tiro fui pensando mientras atravesaba la ciudad de una punta a la otra con qué me iba a encontrar ese mediodía.

De muchos seguí y sigo siendo amigo (mi núcleo duro los integran tres o cuatro de ellos), otros son cercanos por vecindad afectiva o colateral, pero a otros sencillamente les había perdido completamente el rastro. La diáspora en nuestro caso fue particularmente grande, se desparramaron por todos los güines. La vida a veces tiene eso, esparce afectos como hojas el viento del otoño…

A los más lejanos los recuerdo por el apodo amiguero pero inapelable, que puede referirse a rasgos físicos, morales u otros inexplicables y extravagantes que solo el ojo clínico del “dador” de sobrenombres que hay en todo grupo humano avizora con inocente crudeza y que generalmente nunca falla como lo acredita su vigencia: “Curón”, “Corcho”, “Sapo”, “Gacela”, “Purrete”, “Fakir”, “Chancha”, “Indio”, “Bongo”, “El ruso” y “La Rusa” (ambos), “Huevo” (en sus dos variantes, verde o cigota), “Naso”, “Pollo“, “Agapo”, “Coco”. Ninguno glamoroso por cierto ?como concordará el lector?; más bien se asemejan a apodos de una banda de individuos dedicados a actividades poco santas.

Pero no. Fuimos todos jugadores de ese deporte llamado rugby que hermana, que construye amistades sólidas que resisten la infrecuencia como si nada, que se erige como un promontorio rocoso en el medio del mar embravecido frente al azote de las olas, que no es otro que el olvido. Actividad que ostenta también el poder de marcar a fuego su paso en los corazones de la gente, o de petrificarlo como la mirada de la mítica Medusa. Un deporte en el que se avanza de a poco, hombro con hombro, peleando cada metro, cada yarda ?nunca solos?, arañando, conquistando un cacho de territorio a la adversidad, siempre un cachito más, como en todos los órdenes de la vida donde las cosas se consiguen poco a poco.

El rugby tiene algo de tribal, no lo niego, ¿pero no somos acaso los humanos seres gregarios, tributarios de una necesaria pertenencia, de una inveterada pasión de empujar juntos en pos de algo en común?

Sigo subiendo la cuesta. Pongo la primera final, estaciono y pienso: “pasaron treinta años, loco”. Repaso mentalmente el espacio que ocupa el rubro “rugby” en mi historia personal, que arrancó aquel día que mi viejo me llevó de la mano a los 6 años al Club Estudiantes (quién sabe cuál habrá sido su motivación, ya nunca fue un hombre vinculado a este deporte) junto a mi hermano para foguearme en “pre rugby infantil”, una de las tantas “colimbas” que me tocó vivir y que tomé como vinieron, como los naipes que me dio el destino.

Treinta años es mucho tiempo para cualquiera. Me pregunto, todos se preguntan ese día: ¿cómo me verán?, ¿cómo los veré?, ¿estará la confianza de siempre? El sol brilla en lo alto sobre un cielo diáfano como un medallón de oro que derrama calor con el majestuoso Paraná de fondo.

Y ahí están, estamos, ahí los veo: ruidosos, alegres, felices como chiquilines. Llega el momento de reconocernos, de mirarnos a los ojos, del abrazo fraterno de hombres canosos, pelados, más gordos, más flacos, y pasado ese momento, roto ese vidrio artificial que construye el paso del tiempo, somos los mismos otra vez, como si los años sencillamente no hubiesen pasado. Unidos alrededor de un ideal pasado y ovalado. Y del fuego, que siempre está.

En la juntada están los minuciosos organizadores, los asadores, los cocineros, los colaboradores, todo es una gran orquesta de diligencia y ayuda que funciona a la perfección bajo esa batuta inexistente llamada compañerismo.

Crepita el fuego, se alzan las voces, se suceden los abrazos, las muestras de afecto. Las charlas de a dos, de a tres, de a cuatro, los grupos rotan y se intercalan. Hay tanto para decir, para contarse, de los hijos, de divorcios y nuevas oportunidades, de tristezas, de alegrías, de desarraigos, de avatares.

Los recuerdos y las emociones fluyen a borbotones, alguna lágrima también ?¿por qué no??, las anécdotas, las cargadas que se repiten. Las evocaciones de los abnegados entrenamientos bajo la escarcha, el agarre fuerte en la formación, el juntar los mangos de las más variadas formas para los viajes; las victorias épicas y las derrotas (que tienen más dignidad que el triunfo ruidoso, al decir del viejo Borges), como la que padecimos en nuestro primer encuentro internacional ante unos sudafricanos duros y gigantes como unos Moais de la isla de Pascua; el sonido de los tapones de aluminio sobre el vestuario, el inconfundible aroma del aceite esmeralda, la arenga bajo los palos antes de salir a la cancha. O aquel viaje a Buenos Aires que emprendimos con apenas 12 años en la caja de una camioneta desvencijada entre colchones para disputar un campeonato nacional en el que salimos segundos. Es mucho, creamé querido lector. Y acépteme la emoción involuntaria.

Alguien dijo que el rugby es la historia de un grupo alrededor de una pelota ovalada y cuando la guinda ya no está, quedan los amigos. Eso es lo que importa hoy. El momento del encuentro, el de la familiaridad de poder verse cara a cara con un tipo de 53 pirulos que hace 35 años que no veo, hoy ingeniero, mirarlo a los ojos y fundirme en un abrazo bajo la cadencia ondulante de los imponentes eucaliptus y decirle desde el corazón: “¡Gata querido, qué gusto verte!”

El rugby es esto. El rugby me dio esto.

Hoy festejamos la vida.

Hoy tacleamos al tiempo.

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