Miradas
Domingo 17 de Junio de 2018

Corazón Partido

Hubo un hombre al que el corazón se le partió en dos. Pasó un 7 de mayo en la explanada de la nave Santa Cruz. En la mano tenía un billete de la naviera Italia Societá Anónima di Navegazione que indicaba la litera 63 de la tercera clase y 18 años adultos a fuerza de trabajar la tierra desde los nueve. Su madre, golpeada por la guerra, la viudez y la pobreza, había decidió partir hacia América con sus cuatro hijos, para alcanzar a sus hermanos ya afincados en una tierra rodeada de ríos que pintaba prometedora, según relataban las cartas. Pero al llegar todo fue distinto; el clima, el idioma, la comida, las costumbres. Nada fue fácil, ni adaptación propia ni la aceptación criolla. Giuseppe hizo lo único que sabía hacer sin titubeos: trabajar.


Se había educado en la Italia fascista. Cursaba tercer grado de la primaria y sabía resolver problemas complejos de matemáticas cuando tuvo que dejar de estudiar para ayudar a su padre a cultivar la tierra. Se levantaba al alba y caminaba por las montañas tres horas hasta llegar a una finca con árboles frutales, vides y animales de pastoreo. Luego de la jornada laboral, que coincidía con las horas de luz, volvían a ese caserío entre las colinas, serpenteado por un río que, aún hoy, es Gualtieri Sicaminó, en la provincia de Messina. Allí se trabajaba para "il duca", un terrateniente con título de nobleza que era dueño de casi todo.


Después vino la guerra. La vida austera se volvió paupérrima y sumó la angustia de ver marchar a los hombres adultos de la familia al frente de batalla. Él tomo el lugar de su padre en el yugo, junto a su madre y sus hermanos. A pesar de todo, al subir la planchada de ese barco que lo traería a Argentina, lo desgarró dejar la tierra donde habían quedado los huesos de su padre, quien había muerto demasiado joven y lo había dejado añorándolo desde los 13.


De niño sabía leer música y esa pasión lo acompañó siempre y fue una de las tantas cosas a las que se dedicó en este país, a tocar el trombón. En un día, Él podía desempeñar cuatro oficios diferentes. Se levantaba tempranísimo a cultivar la huerta para vender verduras; era zapatero de mañana, a la siesta albañil y, a la tarde, músico de la banda de Policía. Siempre incansable. Después conoció a la mujer que sería su compañera durante más de 50 años y el desvelo fue la casa propia. Luego vinieron las hijas y su obsesión fue que pudiesen estudiar.


Él amaba a su familia y también quería a su tierra de adopción, pero su corazón estaba definitivamente partido en dos y sufría la nostalgia crónica de los desarraigados. A pesar de eso también latía en su pecho un corazón argentino


La tricolor le corría por las venas y no descansó hasta volver a Italia. Lo hizo por primera vez en 1979, más de 30 años después de aquel embarco en Napoli. Y siguió yendo hasta que la salud le puso freno. Mantuvo un negocio de zapatería durante más de tres décadas. La crisis de 2001 lo obligó a cerrarlo y fue como un duelo. Pero él no podía quedarse en lamentos. Compró mimbres y se puso a tejerlos rememorando técnicas aprendidas de su padre cuando era "piccirillo" y, a los setenta y pico de años, se inventó un nuevo oficio. Juntaba una producción aceptable, la cargaba en su auto y, con mi madre y el mate, iba a Córdoba a vender canastos.


Nunca lo vi ocioso. En sus momentos de descanso laboral siempre tuvo algo para hacer, podar la parra, partir leña para el hogar, hacer conservas y vinos. Fue así hasta el final. A pesar de que su cuerpo estaba muy enfermo, su cabeza y sus ganas no dejaron de sorprendernos.


Con menos presión, al ver a sus hijas establecidas, se volvió como sus canastos de mimbre: flexible, contenedor, cálido. Fueron nuestros mejores años, cuando pude entenderlo y aprender de su constante ejemplo. Para escribir estas líneas tuve que hacer un recorte injusto de su vida que fue tan rica y honesta como la sabia de sus injertos.


Hace un año y siete meses que nos dieron un certificado de defunción con su nombre. Pero mi viejo no se murió, está presente cada día y seguirá conmigo hasta que yo deje de respirar.


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