Aguafuertes y Relatos
Domingo 19 de Agosto de 2018

Confesiones del diablo

Si. Soy yo. El Demonio. Aunque tengo infinidad de nombres: Satanás, Lucifer, Belcebú, Belial, Luzbel, Mefistófeles, y decenas más que ni yo conozco. Unos se pasan de melodramáticos y me llaman el "Ángel caído", como si nadie hubiese tenido un tropezón en la vida; otros ―más pomposos― me otorgan título de nobleza y me dicen "el Príncipe de las tinieblas" (no me disgusta ―aclaro―, soy un poco vanidoso); y algunos cizañeros me estigmatizan "el Anticristo", poniéndome en contra del Flaco. Al contrario. Somos colegas. Es más, trabajamos con la misma materia prima: el alma humana. Si me preguntan a mí, prefiero que me digan el Diablo. Así, a secas. Cortito y contundente.

¿Que si existo? ¡Claro que existo! ¿¡Cómo no voy a existir!? ¿No leen los diarios acaso ustedes?, ¿no miran televisión o internet?, ¿no viven la realidad de todos los días? Ya le veo las caras a los ateos y a su versión light ―los agnósticos―, y la de no pocos creyentes leyendo esto, y pensando: "¡pero miralo vos al trucho éste, si hasta el propio Papa Francisco ha dicho que el infierno no existe!". Si, está bien. Lo que pasa es que como escribió con lucidez mi dilecto Baudelaire "la más genial de mis jugadas ha sido persuadirlos de que yo no existo". Siempre perfil bajo, maniobrando en las sombras. A pesar de que mis amigos de Roma se han empeñado en deschavar mi maléfica existencia en cuanto Sínodo, Concilio o fogata de la Inquisición han celebrado a lo largo de la historia, incluidos los miles de pobres infelices rostizados que cargaron a mi cuenta.

Ustedes se preguntarán entonces: ¿por qué hablo ahora después de siglos de reconfortante anonimato disfrutando de mis módicas pillerías?, ¿qué sentido tiene salir a la palestra en estos tiempos de desacralización indiscriminada y exponerme al descrédito de rifar mi bien ganada mala fama? La verdad verdadera es que me cansé. Ya dice el refrán que yo sé más por viejo que por Diablo. Me cayó la ficha y siento que es hora de decir un par de cosas. La humanidad se ha desmadrado y no quiero que me tiren más el fardo de lo ruin, de lo realmente jodido que hace el hombre, de la maldad banal y sin estilo. Todo tiene un límite. Hasta el mismo Diablo puede llegar a hartarse. Además quiero contar mi versión porque la única versión que quedó escrita es la de Dios. ¿O no? También confieso que no quiero que dejen de creer en mí (secularismo mata demonio). Al fin y al cabo no soy tan terrible como se piensa. No participo de cada uno de los eslabones de la interminable cadena de padecimientos físicos y morales que se sufren. No estoy para eso.

Vamos por partes. Primero una aclaración fundamental sobre mi aspecto: soy incorpóreo, muchachos. Lamento decepcionar al morbo, así que nada de rostro de gárgola gótica, cuernos, barbita candado, tridente o cuerpo de macho cabrío, serpiente, búho o chacal. No hay porqué andar demonizando a los pobres animales. Ya lo dejó clarito Pio XII (un tipo vidrioso con quien nos jugamos un póker legendario allá por los años 40 con un alemán y un italiano) en su Encíclica Humani generis sobre la corporalidad de los ángeles. Lo que sí puedo hacer es ejercer la "posesión satánica"; o sea, meterme en el cuerpo de una persona desplazando su espíritu para hacerla actuar como yo quiera, aunque generalmente se trata de pavadas para asustar a los niños. Muy lejos de la truculencia de la chica con la cara purulenta de "El Exorcista", que vomitaba bilis y levitaba sobre la cama. ¡Qué susto, por Dios!
Esas imágenes aterradoras me persiguieron durante meses. Les diría, más bien, que se imaginen que puedo estar adentro de cualquier persona y en el lugar menos pensado. El poseso puede ser el gordito flatulento que te tocó de compañero de asiento en el micro de larga distancia, el jefe que te hace la vida imposible en el trabajo, o incluso el pibe endemoniado y bocasucia de tu hijo. Minucias.

Sin embargo debo reconocer que tengo buena voz. O al menos eso me dicen. Es lógico: mi fuerte es la tentación y para tentar bien hay que modular con sensualidad, susurrar con pérfida voluptuosidad para hacerlos caer en la tentación. Mi principal actividad diabólica es insinuarme a través de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, del pensamiento utópico para desviarlos hacia el pecado y la perdición. Así después viene el Flaco salvador ―el mocito de esta película― y los salva de mi maligno encantamiento mientras yo huyo con la cola entre las patas. Todo un acting, como verán, una suerte de Poliladron. ¿No lo sabían? ¿No? Bueno, pido perdón si alguien se siente decepcionado. Juro por los Santos Evangelios que no era mi intención escupirle el asado teológico a nadie. La verdad es esa. Se las hago corta: es un juego de mentirita para justificarnos mutuamente, nos necesitamos el uno al otro para existir y tener razón de ser; y el Flaco, además, para darle de comer al clero ―que son un montón―; aunque principalmente para zafar de la vileza absoluta y de las atrocidades que se cometen en el mundo para las que no hay stock de misericordia que alcance. Cuando nos juntamos con él allá en el desierto hace dos mil años ―y acordamos el libreto― la idea fue que yo me quedaba con los siete pecados capitales (las culpas para la gilada, digamos) y dejábamos todo lo demás: lo dañino, lo cruel, lo espantoso, al libre albedrío de la especie humana. Después contratamos un tano llamado Dante como responsable de comunicación y el tipo se mandó esa obra maestra que es la Divina Comedia con lo de los circulitos, y todo cerró fantástico.

Ya sé que suena fuerte, pero esto es una confesión, y las cosas hay que decirlas por más duras que suenen. ¿O acaso alguien se cree que la maldad se reduce a los tipos lujuriosos e iracundos, a los perezosos; a los que solo les gusta comer y chupar, a los envidiosos; o a los avaros y los soberbios? Vamos, sincerémonos.

Lo mismo tengo que clarificar respecto del trillado tema del infierno, aquel cuento de la caverna subterránea donde las almas de los pecadores son torturadas eternamente por legiones de demonios. Otro mito. Para su tranquilidad les digo que no es como lo pintó ese trastornado de El Bosco. En absoluto. Nadie es obligado a casarse con un cerdo con toca de monja ni es digerido y excretado por un monstruo con cara de pájaro. Tampoco hay llamas ni olor a azufre. Pensemos un poquito. ¿Es justo que a un tipo que, por ejemplo, desea la mujer de otro ―y que por lo tanto comete dos pecados capitales al mismo tiempo, lujuria y envidia― se lo tiene que castigar a perpetuidad?; ¿merece el pobre glotón que no resiste el segundo plato de ravioles con salsa boloñesa ser encadenado por los siglos de los siglos. Una desmesura. Definitivamente la gente ve más demonios de los que el infierno puede contener. Lo mío es más modesto, mis tratos son con el chiquitaje. Acá vienen los perejiles, los viciosos de poca monta, los chambones de la moral. Como será, que de cada dos almas que me venden, una no me sirve.

Bueno, para ir cerrando esta confesión satánica quiero dejar en claro que yo no tengo nada que ver con estos excesos. Al hombre se le fue la mano con el mal. Lo elevó a la enésima potencia, lo amplió, lo perfeccionó con la precisión obsesiva de un orfebre para llevarlo a niveles de ignominia que jamás soñamos con el Flaco cuando negociamos el paquete de pecados que el mundo sería capaz de soportar. Nos quedamos cortos. Re cortos. Me temo que se están cumpliendo hasta las profecías más apocalípticas. No solo han superado al maestro en perversidad contra lo humano, sino que se han ensañado con la naturaleza, con la Creación, con el mismo lugar en donde habitan. Por eso salgo a la luz ahora y digo: acá estoy, existo, pero déjenme nomás con mi pelea de amateurs con Miguelito el Arcángel. Sinceramente, no me da el piné para esta liga.

Ah. Me olvidaba. No jueguen el 666 a la quiniela porque no garpa.

Y suerte.

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