Secciones
Cristales, espejos y otras ilusiones notorias

Comentarios aleatorios sobre boxeo universal

Creencias y mitos. Comparaciones sin decoro. Artistas asombrados

Martes 04 de Junio de 2019

El trayecto suele ser farragoso y repleto de escabrosidades y multiplicidad de vallados e impedimentos. La necesidad del triunfo a veces se acompaña del impulso sin freno por abandonar un espacio social indeseado o al menos para darle marcha a ese motor inmóvil que permita dar comienzo a la movilidad social. Decir que se recorre en soledad suele ser una falacia que no conduce: siempre el camino está repleto de adversarios, contrincantes, opositores, rivales o como quiera uno denominar al que está enfrente. Cosas de los deportes o del boxeo en sí, cuando hay que sobrellevar esas instancias.

Quedan siempre estelas sobre las estadísticas y las semblanzas de la historia. De la historia deportiva o de la implicancia que la participación de cada uno de esos boxeadores tiene sobre las modalidades de interacción humana. Seguramente muchos esgrimen argumentaciones con la habilidad brillante de Sugar Leonard o afrontan desafíos con el coraje de Roberto Durán. Cuantos más tienen la entereza valerosa de Ezzard Charles o eluden situaciones con la elegancia efectiva de Nicolino Loche. Muchos ansían la contundencia del impacto de Max Baer o Carlos Monzón o la fiereza natural de Sony Liston. Todos somos Joe Louis.

Resulta posible un parangón de cada uno de ellos con personalidades que, en el entorno colectivo, inundan de anonimato la masividad de todos los días. Sin acudir a las pautas de imitación que enunciara Tardett de todas maneras así sucede: surgen las actitudes de los espectadores, de los fanáticos y hasta de algunos adláteres que reflejan conductas y actitudes de los que están sobre el ring.

Cada campeón, cada emergente, cada uno de los boxeadores que haya pisado un ring tiene una indeleble individualidad que de alguna manera contribuye a la historia esencial del boxeo. Como si fuera una página de un imaginario libro universal, en ella va inserta cada gesto, todas las virtudes y la acentuación de las deficiencias técnicas de las que (es bien seguro) muchos habrán de abrevar. Es muy difícil imitar con eficacia un estilo aunque también es cierto que resulta posible su evolución, su transformación en busca de posibilitar el triunfo deportivo. La pregunta quizás sería en qué medida eso contribuye a expresar los aspectos humanitarios de la actividad pugilística.

Y como respuesta se podría decir que no lo hace sino que resulta afín al proceso comercial o a la actividad negocial donde las personas en general y el boxeador en particular son apenas un elemento más de una cadena mercantil con un objetivo material ineludible.

El gran ejercicio es evitar la aseveración del diletante para adentrarse en un cosmos especial del mundo del pugilato. Más allá de los nombres y de las historias sino con la propiedad del extranjero que se dispone a la admiración y la comunión; así debería transitarse cualquier intromisión donde los protagonistas son otros.

Por eso, en este hemisferio (o haciendo paráfrasis podríamos decir “en este rincón”) del mismo mundo es donde concurren las presencias de actores de la literatura en conjunción con el boxeo. Lejos pero mucho de la invocación de las escuelas de prosa y verso una analogía compenetrada atrae, atrapa y seduce al escritor tanto como el campo a Van Gogh o el nuevo mundo a Dvorak. ¿Se trata quizás de una conjugación complementaria en la cual los artífices de la palabra bella armonizan la hosquedad de un deporte potente con la sutileza de las descripciones? Es una posibilidad, por supuesto. Algo de eso que habrá conmovido la sensibilidad de Hemingway o la contundencia de Cortázar, el rigor analítico de Conan Doyle o la irreverencia de Carver; sin dejar de mencionar por supuesto la admiración de Sábato por el boxeo científico o la vinculación de Oscar Wilde con un suceso que cambiaría para siempre las antiguas reglas de London Prize.

Sir Arthur Conan Doyle tiene una trascendencia universal en base a sus obras de indagación policial y detectivismo. Sin embargo y trascendiendo el resto de su producción literaria hay dos instancias en la cual su admiración y adhesión a los postulaos románticos del box se expresan claramente, sin diatribas. En una de sus obras clásicas donde el detective británico Sherlock Holmes es protagonista, se sucede un combate amateur de boxeo. Sabido es que por la época en que Conan Doyle revistaba esta actividad las reglas de combate eran cuasi primitivas y se boxeaba aún sin guantes, a puño limpio. Pues bien, cierta descripción de aquel evento de pelea amateur deja a las claras tanto la admiración del escritor como así también su propia visión (aderezada por su habida ciencia médica) detallando en forma precisa cada uno de los golpes a utilizar como así también los efectos letales que ocasionarían en un contrincante. Sutileza, precisión, habilidad y contundencia podrían ser las cualidades de cualquier boxeador pero en este caso refiere exclusivamente a la pluma del escritor describiendo una pelea de boxeo de puño limpio.

¿Acaso Julio Cortázar tiene el semblante del boxeador? Seguramente que no lo tiene, no hay dudas que su fisonomía y andar difiere del tranco de un medio pesado pero sin embargo su adicción al boxeo resultaba notable. Porque el mismo lo manifestara varias veces en base a su manantial nutriente de la niñez, que era la radio. En el mundo de la magia de las ondas radiales solo cerrar los ojos para escuchar la transmisión de los combates entre Suarez y Mocoroa o Firpo contra Dempsey es mucho más que suficiente para labrar la emotividad en cualquier ser humano. Quizás de allí la magistral confección del cuento Torito, donde Cortázar recrea con habilidad y compasión los días menos felices de Justo Suarez, el Torito de Mataderos. Quizás de la misma fuente también sus aportes a revistas deportivas con artículos sobre diferentes peleas o sus participaciones como comentarista en combates de Miguel Ángel Castellini. Quizas por eso, sí.

De la misma forma podemos incitar la participación de otros artistas nacionales de la pluma tales como Eduardo Mallea, Abelardo Castillo, Ernesto Sábato inclusive. Oportunamente llegaremos a ellos, con sus vicisitudes y contemplaciones.

Estos comentarios han sido aleatorios. Incluso volitivos, emitidos en forma azarosa pero hilvanando cada concepto con la mención de escritores que han percibido la sutileza de este deporte, su contenido y su entorno. Creo firmemente en ello, declamo su vigencia y quisiera (casi como un contenido ecuménico) proclamar el asombro inaudito de la percepción de la belleza.

Lo dicho, estos comentarios presumen de aleatorios. Pero aquí, no habrán de culminar.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});