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Cristales, espejos y otras ilusiones notorias

Chang´E, la dama y el arquero

Historias chinas. De cómo supimos lo que hay en la Luna.

Jueves 26 de Septiembre de 2019

Durante toda la vida andamos por allí deduciendo creaciones. Sobre cómo se origina el agua, los vértices y los triángulos escalenos. O la emisión de la música o cómo se trasladan las ondas de radio, por qué los follajes son verdes y la arena de todos los colores. Incluso a veces uno culmina en las indagaciones relacionadas con el origen del color añil o la combinación precisa para el índigo, sin desmerecer por supuesto el carmín ni mucho menos el ocre. Como sea son todas preguntas a la cuales nunca podremos encontrarle una respuesta cierta o única, quizás mayoritaria al menos. Ello quizás producto de las incongruencias y desatinos de los hombres que se impiden siempre el acuerdo o el razonamiento conjunto. Digo eso y pienso cómo hacer para explicar las manchas de la Luna, esas formaciones que dicen son rocosas y que algunas veces, iluminada, parecen tan pero tan cerca. Es verdad que tal vez se trate de un devaneo pero también es cierto que todos en algún momento, nos hemos hecho esa misma pregunta. De eso no cabe duda, pero sí de las respuestas. Porque desde los cientificistas hasta los incrédulos es que un abanico interminable de elucubraciones consideran teorías y apotegmas casi estremecedores. Y como en todos los casos y todas las cosas, a medida que profundizamos la búsqueda aparecen teorías más precisas.

Dicen que eran muchos soles. Houyi, el arquero

Eso es lo que sucedió en algún momento impreciso de los milenios que pasaron. Porque un día los hijos del Emperador de Jade se transformaron en soles. Todos y cada uno de ellos se hicieron un enorme Febo que circundaban la Tierra, uno tan brillante como el otro hasta sumar diez. Diez soles significan toda la luz de todo el tiempo. Solo hay días sin noches y la temperatura jamás desciende, el calor es insoportable y las alimañas se multiplican en desmedro de las sanas criaturas. Diez soles, eso es una desgracia fatal en tiempos de los hijos del Emperador de Jade. ¿Qué podría hacer este mismo, si sus propios hijos eran capaces de brillar de esta forma?

Fue entonces cuando el joven cazador Houyi escuchó el llamado de los dioses que requerían un acto de justicia, que equilibrara la luz y la oscuridad, el día y la noche, el calor y el frío y aquellos soles que debieran ser una bendición culminaran sus efectos tan nocivos. El llamado quizás haya sido un ruego, pero en voz de dioses se trata de un imperativo. Houyi era avezado. Animales salvajes y huidizos sucumbían a su pericia y habilidad como rastreador. El bosque era su cómplice y el río Yangtsé conjuraba con él. Pero aún así nunca había visto diez soles únicos, brillantes, poderosos y malignos sobre el cielo del Imperio.

El cazador Houyi buscó la mejor de las posiciones para tensar su arco. Prefirió el piso de roca de montaña para afirmar sus pies, y consolidar su postura de manera tal que las flechas estuvieran a la distancia correcta para asirlas con firmeza y no perturbar el tiro. Todos artilugios de añejos ancestros que acudían a la magnitud del lamento divino. Houyi disparó sus flechas al cielo y uno por uno aquellos astros pervertidos fueron decayendo, tan lánguidos como el célebre ocaso. De los diez, nueve fueron fulminados por el arco exterminador y solo uno (uno y tan solo uno) sobrevivió a ello, y es el mismo que hoy conocemos durante la mitad del plazo de un día. Dioses agradecidos y satisfechos agasajarían al humano cazador con una ofrenda absolutamente limitada: la inmortalidad. Y para ello, le entregaron una pastilla cuya ingesta haría de aquel hombre un ser que no sufriría la muerte. En verdad, es una incongruencia a veces pensar la inmortalidad como la falta de muerte. Es uno el que no lo hace, pues el resto siempre pasará (antes o después) por ello; y el dolor vendrá. Tal vez esa misma duda tuvo Houyi. Porque no convencido del beneficio de la inmortalidad, escondió la pastilla en algún sitio.

Entonces, Chang’E

La esposa del cazador era Chang’E, una joven curiosa y admirada del heroísmo que significa mutilar nueve soles. Como si fuera un designio o con la crudeza de los arrebatos que siempre conducen a nada, ella descubrió aquella cápsula de misterio sin muerte. Nunca sabremos por qué, no sabremos la motivación o la causa, pero Chang’E se tomó la pastilla de la inmortalidad, y así mismo fue.

Cuando Houyi se dio cuenta de aquello, no fue por la confesión de nadie. Solamente que Chang’E inmortal, se elevaba con lenta placidez inexorable. Primero desde el terreno verde, luego sobre las formaciones aéreas y ya casi sobre las nubes. Su esposo atinó a la primera respuesta hábil: eligió una flecha, tensó el arco y apuntó al cielo. ¿Quién puede pensar que el héroe que mató nueve soles puede fallar? Pues el único que dubitaba era el propio Houyi y uno puede entenderlo. No era un sol a quien apuntaba sino a su propia esposa. Y la cuerda nunca disparó.

Allá, donde se dice la Luna

El carácter Yue significa Luna. Hasta allí, hasta Yue fue viajando Chang’E ya convertida en inmortal y por ende con el atributo de una diosa. Sobre la superficie lunar solo cuenta con la compañía de un conejo de jade que prepara todo el tiempo, el elixir de la vida eterna. Ellos dos caminan las laderas y valles secos lunares, dejando marcas y huellas de sus actividades y confecciones. Así es como se explican las manchas y distorsiones que de observamos desde aquí el resto de los mortales en la superficie lunar. Allí mismo, donde espera Chang’E que las flechas del arquero Houyi vulneren la atmósfera hasta la iluminada cara. Las misiones espaciales de la República China llevan el nombre de Chang‘E, diosa de la Luna y lo hacen en desmedro de cualquier otro nombre científico. Quizás porque sea un modo de homenajearla o de congratularse con el Conejo de Jade o aún es posible que sea un codificado mensaje encubierto del arquero enamorado. Chang’E, la diosa, sigue esperando en una cara de la Luna. Y tiene todo el tiempo para que ello suceda.

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