Aguafuertes y relatos
Viernes 19 de Octubre de 2018

CESÁREO Y AUGUSTO

"Delacroix, siempre respetuoso de su ideal, a menudo, sin saberlo, es un poeta" (Baudelaire)

El recorrido mañanero era cortito. Siempre el mismo. Salía de su casa de la calle Méjico, pasaba a buscar a su amigo por la avenida Alameda de la Federación y de ahí pateaban juntos hasta el Colegio Nacional. La rutina de dos muchachos de comienzo de los años 30: Augusto Nux, hijo de franceses, nacido en Paraná a días de cumplirse el centenario patrio, y "Buby" Marghetti, nativo del ancestral puerto ilírico de Trieste. Nada extraño en aquellos tiempos. Una dupla de amigos de origen extranjero, como tantos venidos de un continente desgastado que expulsaba a sus hijos cual un mal padre; o, más triste aun, como una madre desesperada que abandona a su pequeño en la oscuridad de la noche a las puertas de una iglesia. El país generoso abrazaba a todos por igual. La educación universal, obligatoria y gratuita era el fratacho que obraba alisando los matices entre elementos tan diversos, que se iban integrando a la gigantesca pared en construcción que era la nación Argentina.
Una mañana de un día cualquiera el cielo amaneció encapotado. Había caído un denso aguacero nocturno. Augusto y su amigo italiano marchaban a clase, esta vez en silencio, esquivando baldosas traicioneras y saltando charquitos (por alguna extraña razón la gente enmudece cuando ha llovido mucho, como una tácita invitación al mutismo y la apatía). Marghetti renegaba concentrado –libro en mano– con una declinación verbal de su gramática latina de Siegel, la única herramienta que le dio su padre para aproximarse al idioma que los esperaba al final de la larga travesía.
De repente, casi llegando a la esquina de la parroquia San Miguel, una hoja de diario tirada en el piso atrajo la atención del joven Nux. Sucio y mojado, el trozo de papel dejaba entrever unas sensuales figuras femeninas con vestidos modernos y exóticos peinados, dibujadas por la mano magistral de Charles Dana Gibson para la elegancia de la moda. Lo imantaron en el acto. Se detuvo y lo juntó, mientras Buby se le adelantaba ensimismado repitiendo para sí: "Vocaboli trovati. Ire=verbo irregolare. Eo, is, it, emus...". Para Augusto –observador riguroso como era–, aquellos instantes eternos en una vereda despareja de la vieja Paraná marcaron su vida para siempre. Mientras su mano iba limpiando la mugre barrosa del recorte, sintió crecer en su interior una clara y potente epifanía: "yo quiero dibujar así".
Horas más tarde ese mismo día en la vieja Europa, un hombre consagrado, Cesáreo Bernaldo de Quirós, recibía el aplauso cerrado de críticos y público en el Real Círculo de Bellas Artes de Madrid, mientras el rey Alfonso XIII –a quien además había retratado–, daba por inaugurada la muestra de su famosa serie "Los gauchos".
Quirós había nacido en Gualeguay 30 años antes que Nux. Hijo de un abogado vasco de prosapia y madre criolla, pasó su infancia correteando libremente por la colindante selva virgen del Montiel, garabateando todo con su lápiz colorado, donde cimentó su carácter nómade y bohemio que sería la impronta de su vida. Las escenas de la ruralidad y sus personajes atraparon a este joven que detestaba la rigidez de la escuela y los horarios. Su primer cuadro un pintor nunca lo olvida, y él mismo lo relata en uno de sus manuscritos: "Peleó el gaucho Souza con Camargo en la fonda de la estación. Falté al colegio para presenciar la pelea. Ese asunto fue motivo de mi primer cuadro. Aparecía Camargo tendido en el suelo y Souza, que, limpiando el cuchillo en la ropa, le decía: "mocoso compadrón, qué te metés con un hombre". Al igual que a Nux, el primer contacto de Quirós con el deseo de pintar vino a dárselo, no los infinitos tonos del monte entrerriano, sino también las imágenes de una publicación: "La Ilustración Artística" de Barcelona, revista a la que su padre estaba suscripto.
Se precipita entonces la imparable vorágine formativa de Quirós. Primero Buenos Aires, junto a los maestros Della Valle, Cotanda y De la Cárcova; luego, la inexorable beca a Europa que no tarda en llegar en el novecientos. Son diez años intensos, a puro vivir, en los que viajó, creó, estudió, gozó. "Amasó" su arte con la sustancia de la vida. "Que me perdonen los grandes maestros, incluyendo Tiziano, Goya, Botticelli, Velázquez, si la presencia de una mujer me quitó los ojos de sus cuadros. La vida tiene sus deberes, pero también sus derechos", solía decir divertido. Hombre expansivo y buen conversador entabla amistad a lo largo de su vida con escritores de la talla de Máximo Gorki, José Ingenieros y Miguel de Unamuno; pintores como Sorolla, Anglada Camarasa; e incluso alcanzó a departir junto al último maestro del impresionismo –ya viejo y ciego– Edgar Degas, que visitaba los domingos el taller parisino de su amigo vasco Ignacio Zuloaga.
De vuelta en Buenos Aires, Quirós obtiene en 1910 el Premio Mayor y Medalla de Oro en la Gran Exposición del Centenario entre 2.500 obras de decenas de países (480 enviadas de Francia, nomás) con su cuadro "Carrera de sortija en día patrio". El medallero de este artista extraordinario es inacabable, y por esa razón, inventariarlo no es el verdadero propósito de este escrito. Agregaré simplemente que el resto de su trayectoria fue la de un cometa, solo que carente de su inherente fugacidad. Perduró y perdurará a través de sus cuadros, repartidos en los principales museos del mundo, y el "rojo Quirós" –que ya es su marca registrada– seguirá atrayendo, como lo hace la sangre, las miradas de éstas y de las generaciones que vengan.
Augusto Nux –luego de aquel casual encuentro con las figuras femeninas de Gibson–, inicia su propia búsqueda entre óleos, temperas, pasteles y tintas, quizás por el camino más sinuoso: el de autodidacta. Ser maestro y alumno al mismo tiempo es un sendero incierto que dispensa abundantes sinsabores al carecer de la oportuna corrección (los traspiés cuestan el doble), y la palmada estimulante del que guía. Los pocos que llegan a buen puerto es porque poseen dos condiciones esenciales: la observación y la constancia. Atributos a Nux le sobraban. A pesar de su temprana pasión por el arte, otras inclinaciones igualmente vocacionales luchaban en él, ligadas al sentido del deber y de la técnica. Marchó –una vez más junto a su compinche Marghetti– pero rumbo a Buenos Aires a cursar la carrera de ingeniería. Quedó trazada entonces en Augusto la divisoria de aguas entre la profesión y un trabajo estable, y la locura por pintar.
Llegado a este punto uno se pregunta: ¿cómo acometer el titánico desafió de contar en breves líneas la historia de estos dos hombres? Uno vivió casi 100 años, compartiendo un ordenado recorrido ingenieril y su adorada familia, con la pasión voluptuosa por el arte que todo lo transforma. Fue testigo privilegiado de un siglo entero en el que sucedieron tantas cosas, en el que la humanidad alcanzó picos dicotómicos inauditos de creación y destrucción, de monstruosidad y belleza. El otro, un hombre intenso, colorido, colmado de laureles, ícono del realismo argentino. "El pintor de la patria", lo llamó pomposamente Leopoldo Lugones. La tarea se torna difícil si no queremos, o bien hundirnos irremediablemente en las marismas de lo biográfico, en una suerte de plutárquicas Vidas paralelas litoraleñas; o, peor, mantenernos tristemente a flote bombeando la sentina del texto con una mera "crónica", en desmedro de lograr unos pocos buenos trazos decentemente escritos sobre ambos personajes. Ninguna de las dos.
Me he propuesto, por lo tanto, no hurgar directa, profundamente, en las vidas o en la estética pictórica de Cesáreo Quirós y Augusto Nux, sino trazar de chanfle, de côté –si se me permite el término ya que hablamos de hombres atravesados por la "francesidad"–, una semblanza sobre un hecho que considero "literable": la confluencia que hubo entre estos hombres tan disímiles, dos artistas talentosísimos con perfiles personales casi opuestos. Confluencia a la que se puede llegar por varios lados, aunque en este caso, fundamentalmente por dos, que hasta el lector más desprevenido habrá colegido: la pintura y la amistad.
Siempre me pregunté por ese extraño vínculo que es la amistad. ¿En qué momento nace?, ¿cuánto tiene que ver el azar en ella?, ¿por qué con éste sí y no con aquel?, ¿es un espejo donde nos vemos reflejados?, ¿las hay de distinto valor ―para evitar el injusto comparativo―? De lo que sí estoy seguro es que hay algo transformador en ella, de nutritivo. Por un lado, nos brinda certidumbre, algo de lo que carece el amor, y por el otro (quizás sea ésta su característica más noble), nos fortalece en la adversidad. Es, para cierto tipo de hombres, "el mejor conductor de ideas", como escribió con genialidad Pérez Galdós. Y desde esta faceta enriquecedora tan particular de la amistad es que quiero abordar a Cesáreo y Augusto.
El encuentro se produce cuando un Quirós era ya conocido en el mundo entero. Luego de muchos años y dos largas estancias en Europa, siente por primera vez la capacidad para adentrarse en el secreto de la belleza y la tradición de su patria chica: Entre Ríos. Se apodera de él la pulsión por retratar el pasado heroico y brutal de una provincia "agitada por tantas y tan grandes pasiones". El impulso nostálgico de lo nativo, lo gauchesco, atrajo a Quirós a su tierra como el eco de una voz amada y se instala, primero unos años en la estancia de un amigo. Desde allí cabalga largamente la campiña entrerriana, mudándose luego a una antiquísima casa del Puerto Viejo de Paraná, a orillas del arroyo Antoñico.
En aquel momento los desbordes de las aguas adyacentes hacían estragos en la zona donde se originó la villa de la Bajada del Paraná. El ingeniero Nux es comisionado por el intendente Bertozzi para estudiar la realización de terraplenes y otras obras necesarias para contener las crecidas. Hay un momento –debió haberlo– en el que ambos hombres se cruzaron. Augusto, con casi 30 años, sabía muy bien que allí vivía Quirós y cuál era su casa. Fue varias veces a inspeccionar la zona, hizo mediciones con el teodolito, trazó croquis, siempre albergando la secreta esperanza de ver al gran maestro, por entonces un ya bien entrado sesentón. Hasta que un día lo encontró en la puerta de la vieja casona que alquilaba, rezongando malhumorado y en camiseta. Lo saludó respetuosamente, se presentó y supo la razón del enojo del "pintor de la patria": parece que el día anterior se había aparecido en su casa un joven mendigo con una inspiradora y larga barba, al que Quirós atendió amablemente —como hacía con todos— dándole unos pesos. Le pidió que vuelva al día siguiente porque quería retratarlo, cosa que el hombre hizo, solo que afeitado prolijamente.
Nux era un hombre circunspecto y comedido, pero muy resuelto en sus propósitos. No debió pasar mucho tiempo hasta que encontró la oportunidad de charlar sobre su verdadera pasión con Quirós, y de atreverse a manifestarle que él también pintaba. "Yo soy un autodidacta" se habrá atajado con humildad frente a un hombre que había retratado al rey de España y que se sentaba a tomar vino garnacha en la costa de Valencia con Joaquín Sorolla.
La afinidad entre ambos debió ser inmediata porque se extendió ininterrumpidamente hasta la muerte de Quirós ocurrida casi 30 años después, incluyendo el período de su mítica estadía en su casa del campo "El Mojón" en la zona aledaña a Paraná llamada El Brete, cuyo atelier Nux y sus hermanos ayudaron a techar con sus propias manos. A pesar de la disparidad, no puede afirmarse con certeza que haya existido una relación formal de maestro y discípulo entre Cesáreo y Augusto. Quizás de mentoría, como entre aquellos dos lejanos fundadores del imperio romano: Julio César y Augusto, su sobrino nieto, que siguió muchas de sus enseñanzas, además de reivindicarlo todas las veces que pudo. Lo mismo hizo "nuestro" Augusto.
De lo que no hay dudas es que los consejos de Cesáreo Quirós fueron claves para la evolución creativa de Nux. A veces eran ásperos dictámenes. Así, un día le dijo a modo de "graduación":
–Nux, dese una vuelta por el Parque Urquiza, pinte algo que no haya observado antes y después me lo trae–. A los pocos días, un envanecido candidato a artista mostró satisfecho su obra a Don Cesáreo. Quirós miró al joven a los ojos, después al cuadro, y nuevamente al joven, y sentenció:
–Está muy lindo. Ahora que lo tiene, rómpalo. Vuelva al mismo lugar, mire atentamente y hágalo de nuevo–. A lo que siguió una larga admonición sobre cuestiones plásticas.
Décadas después, Augusto Nux, ya casi centenario, seguía recordando esa anécdota por la eficaz enseñanza que le deparó respecto de lo que él llamaba el "oficio de la mirada", algo que perfeccionó obsesivamente con el paso del tiempo. Luego de la dura lección de aquel día pasó cuatro meses observando al viejo algarrobo (de eso trataba la obra y todavía está allí) antes de dar la primera pincelada.
Otras veces el aprendizaje no solicitado llegaba por las herméticas respuestas a preguntas en apariencia simples. En una de sus tantas visitas al último taller de Quirós en Vicente López, Augusto le preguntó "si el negro lo ponía en las sombras", a lo que Cesáreo respondió: "si, pero además al negro lo uso para la luz". Esa sola enigmática proposición impulsó a Nux a pasar días enteros en el Prado estudiando minuciosamente las obras de los grandes maestros españoles para descubrir –efectivamente– que había blanco en el negro.
Cesáreo y Augusto fueron infatigables cazadores del momento de belleza que existe en la más simple realidad, cuando se ponen a bailar la luz y la sombra con la exaltada melodía del color. Compartieron el mismo compromiso irrenunciable de mantenerse fieles a su propio lenguaje expresivo, a su manera de evocar la apariencia de las cosas y descifrar su misterio. Padecieron por igual a los habituales heraldos de la iconoclasia que proclaman las nuevas tendencias que todo lo superan, todo lo innovan. Los hubo y los habrá en todos los tiempos y en todos los órdenes. Conocemos bien las dos caras amargas de la moneda con las que el establishment remunera esa tenaz consecuencia de ciertos artistas con sus principios: olvido y soledad. Sin embargo, ninguno abjuró de materializar sus convicciones valiéndose de las verdades y los medios consagrados por el decurso de los siglos. "Si hay belleza, pues aprendamos de quien fue capaz de crearla y de transmitirla", dijo Nux en un homenaje póstumo a su amigo.
Por esa razón el reconocimiento llegó. Llegó de la mirada de quien realmente importa: la del individuo anónimo que, parado frente a un cuadro de Nux, penetra con emoción en la intrínseca belleza de unos crisantemos, percibe el viento en un paisaje arbolado, siente la velada nostalgia de un patio cualquiera –que es todos los patios como conjeturaba Borges–. Importa también la del niño de la escuela, que se conmueve o se impresiona con cualquiera de los personajes de la colosal serie "Los Gauchos", con que Quirós devolvió las atenciones de la crítica de su tiempo que rotulaba su estilo como europeizante.
Refieren quiénes los conocieron que Cesáreo y Augusto se frecuentaban bastante y que hablaban mucho, muchísimo, de pintura. Aunque siempre a solas. No hubo oídos para aquellas largas charlas sobre los secretos del color y de la luz. Las fórmulas se han ido con ellos. Quién sabe, quizás entre copas ¿le habrá revelado Quirós el misterio de su cuadro "El Payaso" de 1907, que cuelga en el Salón del Club Social de Paraná, si efectivamente es el retrato con el modelo en vivo del Kaiser Guillermo II de Alemania disfrazado y maquillado, o una de sus bromas habituales?; ¿le habrá contado de sus acaloradas discusiones sobre estilos con su amigo Zuloaga?; ¿le habrá imitado la voz del viejo Degas que escuchó en una tarde de París?
Fue una larga y caballeresca amistad entre dos almas sensibles, entre dos artistas. Cesáreo y Augusto. Dos hombres unidos por una misma pasión y un único mandato: "pintar con coraje".

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