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UNO de Corazones

César y Tita: una historia de amor al ritmo del tango

César y Marta se llamaban. Se habían conocido a fines de los 40, al ritmo del tango que tanto les gustaba. El amor, que ni el Alzheimer puede borrar.

Sábado 18 de Julio de 2020

Mi abuelo sufría Alzheimer severo. Rara vez se acordaba de su nombre y solía olvidarse dónde estaba o lo que había dicho cinco minutos atrás. Pero, por algún milagro, siempre recordaba que la mujer que iba a besarle la frente cada noche era mi abuela, su esposa: “Hola, Tita de mi corazón”, le decía cuando la veía llegar. César y Marta se llamaban. Se habían conocido a fines de los años 40, en un baile familiar, al ritmo del tango que tanto les gustaba y que siguieron bailando hasta que les dio el cuerpo.

Cuando se encontraron por primera vez, él tenía 26 años y ya era viudo. Su primera esposa había muerto por una complicación en el parto; la bebé tampoco sobrevivió. La noche que mi abuelo y mi abuela se conocieron, él aún estaba muy triste pero, por esas cosas de la vida, sus ojos se posaron una chica preciosa, de ojos verdes y pelo azabache, engalanada con un vestido celeste claro. Enseguida la vio, supo que tenía que sacarla a bailar.

Cuando todavía estaba bien de la memoria, en las cenas familiares el viejo César contaba que pasó toda la noche “cabeceándola” para que aceptara su invitación. Y que fue tan insistente, que al final ella accedió y se juntaron en la pista de baile. “Quedé con el cuello contracturado”, bromeaba.

Cuando ella estaba por retirarse, él le propuso volver a verse. Ella dijo que sí y él mismo le pidió permiso a los padres de Marta, que también estaban en el baile, tal como se acostumbraba en aquellos tiempos.

Él pasaba por las tardes por la casa de ella y le llevaba unas galletitas o un paquete de caramelos que a ella le encantaban. Siempre compartían mates en la cocina, ante la atenta mirada de mi bisabuela Elena, que solo les permitía charlar solos diez minutos en la vereda, cuando él estaba por retirarse.

Un año más tarde, ya con la panza verde de tantos mates, él le pidió matrimonio y ella aceptó. Los preparativos fueron bastante ágiles, él ya tenía casa y tenía su trabajo, así que solo había que organizar la boda, que se llevó a cabo el 1° de octubre de 1950, un domingo donde no faltaron el asado ni el baile, amenizado por unos guitarreros amigos del viejo César, los mismos que tocaron la noche en que se conocieron.

Entre el año 1951 y 1959, tendrían cuatro nenas y un único varón, que moría a los pocos meses de nacer, en los brazos de Tita, camino al hospital. La muerte del bebé los afectó mucho, pero nunca bajaron los brazos. Trabajaron y lucharon duramente por su familia, él en la tornería, ella en el hogar y luego en una despensa que abrió a la vuelta de su casa, la cual atendió hasta una semana antes de que el Barba se la llevara con él, una noche fría de 1999.

Pero ellos estuvieron juntos siempre, a pesar de las dificultades. Recuerdo cuando el Alzheimer comenzó a dar señales fuertes. Yo era chico, tenía nueve o diez años, y fui a visitarlo a su taller después de tomar la merienda. Lo encontré revolviendo una caja de tornillos, y cuando le pregunté qué estaba haciendo, me dijo que buscaba el chupete de Miriam, mi mamá. Recuerdo que me dio risa, pero al ver la seriedad con la que encaraba la búsqueda, me asusté y luego le conté lo sucedido a la Tita, que se preocupó mucho más que yo.

Con el tiempo, las situaciones extrañas fueron incrementándose, hasta volverse peligrosas. En una ocasión, César casi incendia la casa, pero mi abuela alcanzó a sofocar el incendio a tiempo. Fue ahí cuando mis tías y mi madre insistieron en que habría que internarlo, pero mi abuela se opuso rotundamente: “Hasta que la muerte nos separe, dije”, les recordaba su juramento.

Así que acordaron contratar a un cuidador para que los acompañe. El gordo Pedro, uno de los seres más amables que me crucé en mi vida, con la paciencia de un santo y la fuerza de una mole. Él sabía que mi abuelo amaba el tango, y le ponía discos de Canaro y del Pichuco, sus favoritos. Recuerdo que, mientras duraba la canción, los ojos del abuelo parecía recobrar la chispa que habían perdido con la enfermedad.

También recuerdo que esa chispa se activaba cuando mi abuela volvía de su negocio. Apenas pasaba por la puerta, él la recibía con un “Hola, Tita de mi corazón”, y ella le chantaba un beso sonoro la frente.

Hasta que llegó una mañana en la que César no se despertó; y con él también se fue parte del corazón de la abuela, que murió al año siguiente, un mes antes que se cumpliera el primer aniversario del fallecimiento de su viejo querido.

No pasa un día en que no me acuerde de ellos, los extraño a pesar de que ya soy adulto y tengo mis propios hijos. Para homenajearlos, cada 1° de octubre, pongo un disco de Canaro, en honor al muchacho engominado y la chica de vestido celeste.

Esta historia fue enviada por el señor E.J.R. Vos también podés compartirnos tus historias de amor y desamor a nuestro correo electrónico: unodecorazones@uno.com.ar.

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