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Diálogo Abierto

Cañete: "La pérdida de la arquitectura histórica resulta alarmante"

La Confederación que fue ocultada. Eva Duarte y un romance que generó grieta en Paraná. El testimonio oral como fuente válida.

Viernes 03 de Mayo de 2019

Recientemente Claudio Cañete presentó su libro El lado oculto de Paraná, el cual constituye una mirada del patrimonio arquitectónico desde las cornisas de sus viejas casas y edificios. Se trata de uno más en la serie de publicaciones dirigidas a rescatar aspectos históricos de la vida política, social y cultural de la capital provincial, sobre la cual reseñó algunas etapas, episodios y personajes memorables.
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Historia y relatos de madre

—¿Dónde naciste?
—En Paraná –en 1970–, donde ahora es el barrio Presidente Perón –Pasteur y avenida De las Américas.
—¿Hasta qué edad viviste allí?
—Hasta que comencé la Secundaria, cuando me cambié a barrio Santa Lucía, y más céntrico al comenzar la facultad. Mi abuelo vivía en calle San Juan, donde pasaba fines de semana o algunos días en vacaciones.
—¿Cómo era aquella zona?
—Muy tranquila, con gente que en verano salía a la vereda para sentarse y se compartían juegos. Todos los vecinos se conocían. Se mezclaba la actividad comercial de las verdulerías y panaderías con el tráfico sobre la avenida, así que era un lugar de paso de mucha gente.
—¿Lugares de referencia?
—La fábrica de jugos Frescor, el puente Iribarren y la escuela.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—La vía del tren y el puente.
—¿Qué cambios hubo mientras viviste allí?
—Fueron muy paulatinos y ahora se notan más, porque hay casas que ya no están; el más importante fue la desaparición de la fábrica, por su gran movimiento. Estaba el Club Neuquén –donde ahora está la escuela– y eran característicos sus bailes, a los cuales vino Palito Ortega, Sandro y otros artistas importantes.
—¿A qué jugabas?
—Al fútbol y a las figuritas, andar en bicicleta y a la escondida.
—¿Qué idea te hacías del centro?
—Algo lejano. Venir era por algo especial, muy de vez en cuando por una compra, trámite o al cine. Así conocí la vieja confitería Bonafide, el Gran Japón, los negocios de la Galería del Seguro y los de la Galería Urquiza –que me parecían raros–, Gath & Chaves, el Guipur y Preston, enorme y con su ascensor antiguo. Me acercó a una historia apasionante de Paraná que me comenzó a interesar, preguntaba y mi mamá me comentaba detalles y anécdotas sobre su historia.
—¿Alguna atracción particular?
—También me llamaban la atención los monumentos y las placas. Mi madre me contó que donde estaba el Correo fue la casa de Urquiza y mi abuela se acordaba que Eva Perón vino a Paraná. Después, cuando comencé a escribir en Análisis supe que en el Parque Urquiza había estado el Parque Mitre, recordé aquellas anécdotas, las desarrollé en artículos y terminaron transformándose en los libros.
—¿En la escuela aprendiste algo sobre la historia de Paraná y la provincia?
—Eran sólo anécdotas y ocupaba un espacio muy pequeño, algo que continúa pasando, no obstante que la gente lo demanda. Habría que revisar los historiadores que hicieron grandes obras, ya que no se estudian los libros de (Enrique) Pérez Colman y Aníbal Vázquez. Hay que conocer la historia del lugar.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá, jubilado de la Policía, y mi mamá de enfermera.
—¿Sentías una vocación?
—Todos nos imaginábamos jugadores de fútbol.

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Un lector y escritor precoz

—¿Mantuviste alguna afición durante bastante tiempo?
—Coleccionaba revistas de historietas, algunas de las cuales conservo, como las de la Editorial Columba, El Tony, D'Artagnan, Nippur Magnum y Nippur de Lagash era mi personaje preferido, por ser un justiciero y tener el parche en el ojo. Con nuestros amigos aprendimos de ellas más historia antigua y cultura que la que nos enseñaron en la escuela. También coleccionaba figuritas, estampillas, postales, distintos objetos y documentos.
—¿Qué materias te gustaban?
—Literatura, Historia y Filosofía, cuyos profesores, Graciela Perazzo y Gabriela Coronel, Juan Vilar y Lidia Guggiari, se salían del libreto y te hablaban, por ejemplo, de una película, libro o historias de algún lugar. Te abrían la cabeza y me motivaban a escribir.
—¿Leías en la infancia?
—Antes de primer grado ya leía bastante porque una tía también me enseñó a escribir algunas palabras.
—¿Había libros en tu casa?
—Escolares, de lectura, historietas y de la Biblioteca Billiken. Me enganchaba con la historia de los granaderos y San Martín. También se escuchaba mucha radio, en la cual escuché radioteatros. Me encantaba, al igual que el cine argentino.
—¿Algún libro influyente?
—Uno sobre historia de los granaderos –por la figura de San Martín– y La isla del tesoro, de (Robert) Stevenson.
—¿Evaluaste estudiar Historia?
—Sí, me imaginaba como profesor, aunque la cuestión de la radio y ser locutor me daba vueltas, hasta que derivó en Comunicación Social.
—¿Se concilió con lo que pensabas?
—Era más de lo que suponía y fue abarcativa de mis expectativas, ya que desde chico también me gustaba escribir cuentos y poesías.
—¿Los mostrabas?
—Sí, hacía unos libritos de ejemplar único, encuadernados y escritos a mano, que circulaban entre compañeros y profesores. Dejaba unas páginas en blanco al final para que escribieran sus críticas o dedicatorias.
—¿Te imaginabas escritor?
—Sí, que algún día escribiría un libro. Tenía buenas devoluciones y estímulos.
—¿El primer trabajo en los medios?
—Comencé haciendo prensa para eventos y lo primero importante fue en La Madriguera del Conejo Blanco –suplemento de Análisis–.


Urquiza, su casa y el correo

—¿Cómo continuó la inquietud por aspectos históricos de la ciudad?
—La mantuve siempre.
—¿Cuándo editaste el primer libro?
—A fines de los 90, porque encontré tanta información que no estaba sistematizada sobre la casa de Urquiza y la construcción de su monumento en el Parque.
—¿Qué fuentes te resultaron más ricas, testimoniales o escritas?
—Las dos. En una época comencé a escribir sobre la historia de Paraná cuando el testimonio oral era visto de reojo y relativizado en términos de certificación histórica. Pero me jugué a creerle a la gente que entrevistaba y que apasionadamente quería rescatar, incluso, sus recuerdos de época. El interior de la casa de Urquiza –que fue demolido para construir el actual Correo– no tiene registro fotográfico ni planos –ya que supuestamente fueron a Buenos Aires. Es una historia larga: Urquiza la vende, la tiene (Santiago) Derqui, el gobierno nacional se la presta a la Curia mientras construye el arzobispado y luego se comienza a utilizar como edificio de correo. La entrevisté a Ofelia Sors y me contó cómo era en su interior, y el doctor Ildefonso Nanni me describió cómo era el patio. Ambos la conocieron cuando eran niños.
—¿Algún testimonio te sorprendió por lo imprevisto de lo que te relató?
—Lo destaco a don Raúl Casalongue, quien falleció en 2015 y siempre habló sobre la historia de Paraná, sobre la cual tenía un archivo impresionante y libros inéditos. Luego de hablar con don Tito te ibas sin saber por dónde comenzar a escribir, porque desde su juventud juntó apasionadamente recortes, documentación y hacía registros sobre diversos temas. Admiraba la figura de San Martín y tenía el libro que quisieras. Siempre me decía que no escribiera sobre la historia que sabemos todos, sino lo que se pierde o no hay. Me motivó con el tema de los cines, cuya historia no estaba sistematizada y es un punto para comenzar a profundizarla.
—¿Cuál fue el objetivo del primer libro?
—Rescatar eso, porque me parecían historias perdidas y confundidas. La gente pensaba que la construcción actual había sido la casa de Urquiza.


Devastación arquitectónica

—¿Qué ocultamientos deliberados encontraste?
—Sobre Urquiza –desde la caída de la Confederación– Buenos Aires trató de borrar absolutamente todo. La mayoría de la arquitectura preservada de esa época –con excepción del Colegio del Huerto y la casa de Uruguay y San Juan– está en el cementerio. Del resto no quedó nada, y en cuanto a documentación, está en el archivo de Bartolomé Mitre.
—¿Algo poco conocido?
—Por suerte ahora está más difundido, pero el monumento a Urquiza como lo conocemos no iba a ser así. Se llamó a concurso, varios escultores presentaron maquetas y ganó una pero no es la original. La base de mármol termina con la estatua ecuestre de Urquiza pero la original era su figura y detrás de él una especie de Victoria de Samotracia –como alegoría–. No se concretó porque a mitad de camino murió el arquitecto original. Encontré este dato gracias a Damián Capdevila –director del Archivo General de la Provincia–, quien halló documentación en el Consejo General de Educación, en la cual constaba dicho concurso.
—¿Cuáles considerás las mayores pérdidas de patrimonio urbano histórico en Paraná?
—Es alarmante, considerando que no hay ningún tipo de reparo en la transformación de la ciudad, con lo cual ha desaparecido el registro arquitectónico de distintos estilos del siglo XIX hasta la mitad del XX, que fueron característicos en "las casas del centro". Hay muchas estéticas que están desapareciendo, reemplazadas por edificios de departamentos –sin considerar su impacto–. Además de las casas de personajes históricos que fueron destruidas.
—¿Qué construcción simbólica hacés de Paraná con todo lo que has indagado y qué distancia hay con el imaginario colectivo considerando que es la capital provincial?
—En el presente hay una mayor conciencia de que hubo una Paraná histórica con distintas etapas, lo cual está presente en las redes sociales, y los medios difunden y rescatan más episodios. Pero el ciudadano de a pie necesita descubrir que es mucho más de lo que se imagina y todavía está alejado de esa historia tan rica. Hay que trabajarlo desde lo educativo, e insistir desde los medios al igual que la gente que hace divulgación, y en ese rescate distinguir las historias y mitos populares, y las certificadas por documentos. Las dos son válidas, solo hay que aclararlo. Como lo de los túneles, que tiene parte que son mitos y otra que son datos históricos contundentes. Pero seguimos con la polémica y no se aprovecha turísticamente, al igual que no da pie para investigar otros temas.
—¿Qué responsabilidad tienen en esa brecha la academia e institutos históricos?
—La academia demora mucho en hacerse cargo de los temas históricos de Paraná y los deja como laterales. Hay un montón de autores –cercanos a esos hechos– que no se ven en las escuelas y no se reeditan sus obras. Salvo Beatriz Bosch, porque trascendió, aunque tampoco circulan sus textos cotidianamente.
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Para revisar
—¿Alguna idea o preconcepto que rectificaste al indagar?
—En la revista reflejé lo de los túneles de Paraná, un tema complejo, que se instaló en la opinión pública gracias a la teoría de Mernes, lo cual hay que reconocer y agradecer. Igualmente permitió que esté más visibilizado lo del barrio del Tambor, los negros y aborígenes en la provincia y el uso del espacio subterráneo en el siglo XIX –que es difícil de imaginar–. Pero también hay que revisarla porque hay otros puntos que no coinciden. Había túneles pero no una red que superaba en estructura arquitectónica a la ciudad que estaba arriba, como él lo planteaba. También había depósitos y canales de desagües. No creo que esta historia se haya falseado, como él lo afirmaba.
—¿Sobre las visitas de Perón y Evita a Paraná también reuniste muchos testimonios?
—Sí, muchos, y encontré que Evita no había venido una sola vez sino que se pueden documentar cuatro. A los primeros entrevistados se les mezclaban las fechas, lo cual pude aclarar con los registros de prensa. Las dos últimas visitas fueron en 1950 –el 2 de marzo, promocionando la candidatura de (Ramón) Albariño– y el 23 y 24 de mayo, con Perón, para la asunción. La mayoría de los entrevistados tenían fotos, libros y revistas, pero se perdieron por redadas en 1955 y 1976, al igual que en los archivos públicos faltan diarios y documentación de determinadas etapas. Otros pudieron conservarlos y lo visibilicé en el libro.

Cine y muchas salas
—¿Cuál fue el primer cine de Paraná?
—Los primeros fueron en los bares y confiterías, donde se proyectaba cine a partir de 1906. En 1896 –al año siguiente que los hermanos Lumiere presentaron el invento– fue la primera proyección en el viejo Teatro 3 de Febrero –que fue demolido para hacer el actual–, la siguiente fue en 1901 y de 1905 a 1906 –cuando llegaron los aparatos–, era una atracción que tenían las confiterías y bares. En esta primera etapa vale mencionar al cine Rodrigo –donde ahora es el Bersa– porque también era confitería, panadería y billares. Y también se utilizaba para presentar a las señoritas en sociedad –como alternativa al Club Social–. Las salas clásicas aparecen en la década de 1920, con el Cine Círculo, Ítaloargentino –actualmente Rex–, Sáenz Peña –luego Avenida–, en 1930 el cine teatro Mayo y en 1950, Urquiza –debajo del Palacio Bergoglio–.
—¿Cuál fue el momento de apogeo?
—La década de 1960 y principios de 1970, cuando había entre ocho y 10 lugares de proyección –casi todos con estrenos–. Eran los cines clásicos más las escuelas Cristo, Don Bosco, La Salle y Hogar. Estaban el Ideal –luego Ópera, Mayor, Rex, Selec –luego Atlas–, Círculo Médico, el Teatro 3 de Febrero y el autocine –donde ahora es El Costerito–.
—¿Cuándo comienza a decaer?
—A fines de los 70, cuando se cierra durante un tiempo el Mayo, decae la inversión, se vuelven viejos, en los 80 también hay un panorama complicado, que explica la crisis de los 90 –cuando cierran todos, surge el de La Hendija y comienza a darse cierto resurgimiento–.
—¿Alguna de las salas tenía un valor arquitectónico particular?
—Todas respondían a un mismo patrón, aunque en cuanto a los edificios por fuera la gente recuerda más el frente del Cine Mayo. El más valorado por su belleza era el Urquiza, por sus cortinados de terciopelo azul, 600 butacas de madera y con la posibilidad de hacer la función a cielo abierto por el techo corredizo. Era un espectáculo.


Eva Duarte con Sammartino, el corazón y la grieta

Claudio Cañete rescata en uno de sus libros el romance que tuvieron María Duarte y el líder radical Ernesto Sammartino, nacido cuando aquella visitó la capital provincial durante una gira artística.

—¿Has tenido devoluciones polémicas o cuestionamientos?

—Más de uno está molesto por un capítulo del libro de Perón y Evita, cuando rescato –hasta donde los documentos dan– el romance entre ella y el diputado radical (Ernesto) Sammartino –un legislador muy importante–. Es el gran mito de La Floresta, una zona residencial y de quintas por aquel entonces. Allí vivía él y pasaron unos días juntos cuando Evita vino de gira artística y fue su primera visita a Paraná.

—¿Se prolongó en el tiempo?

—No, no, luego fueron enemigos acérrimos. La historia fue totalmente ocultada por propios y extraños, y ni peronismo ni radicalismo se hacen cargo. En el libro está el facsímil del programa del teatro cuando actuó Evita en 1936, cuando se conocieron. Una persona se animó a contar que los vio en La Floresta –el viejito Silva–, quien era militante radical y amigo de don Humberto Varisco. Igualmente había un mito de que siempre lo metían preso en épocas del peronismo por contar la historia, pero me lo desmintió. Le clausuraban el bar por no cumplir el luto de Eva Perón. Ahí está el árbol donde se dice que Belgrano descansó en su paso a la Campaña del Paraguay.

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