Yo Cuento
Viernes 17 de Agosto de 2018

Arte rupestre

Para la nona Amanda, la "Violencia Rivas" que toda familia debería tener.

Por Pico

Mi abuelo tenía una gran afición por el arte. El único asomo de arte de toda nuestra familia, por llamarlo de alguna manera. Su casa estaba llena de pinturas que despuntaban pinos sin ningún tipo de correlato con la realidad –en cuanto a sus dimensiones– o esculturas de ciervos de dudoso gusto estético, si se quiere, amuradas en alguna pared.
Uno de los ciervos era rosa, una cosa de locos, hasta tragicómico se diría. Recién ahora, a varios meses de su muerte, ese maldito ciervo horroroso –que siempre me voló los pelos– parece haber cobrado sentido y repentinamente está rodeado de un fondo verde, con plantas por doquier, que parecieran darle vida. Hasta podría decir que me gusta cómo queda.
Nadie se explica muy bien cómo es que pasó eso, porque unos días después de su muerte mi abuela salió a caminar una siesta cualquiera para regresar media hora después con cinco litros de kerosene. Roció la pared del bendito ciervo y la prendió fuego. Casi incendia la casa entera; por suerte sólo se chamuscó un poco las pestañas y los pelos de la nariz. Al parecer el fogonazo fue tan grande que el chispazo se escuchó desde la otra cuadra, justo donde está el destacamento V de bomberos voluntarios de Santa Catalina. Ella dice que aún puede sentir olor a quemado; a nadie le sorprende y a la vez a todos les causa gracia.
Mirando toda esa situación un poco en perspectiva, he llegado a la conclusión de que esa fue la manera que encontró decir en voz alta que lo extrañaba y que su ausencia le dolía; a ella la criaron para aguantar los golpes de la vida y en esta ocasión se le complicaba un poco el tema.
Por su parte ella asegura que él encontró la manera de seguir molestándola incluso desde el más allá, porque desde el incidente del chispazo, como le decimos nosotros a sus espaldas, las plantas no han dejado de crecer; es más, crecen como plaga...

La afición de mi abuelo por el arte era bastante diversa: incluía técnicas e ideas que ni siquiera creo que hayan sido catalogadas por las artes plásticas y llegaba hasta la escultura/herrería. Pese a que los resultados no siempre eran del gusto de mi paladar, debo reconocer que una de sus mejores invenciones fue el "macetero-paraguas". Era tierno y bizarro, todo junto a la vez. El mismo consistía en un objeto de hierro rústicamente soldado, compuesto por una base –para colocar una maceta– y una parte superior en forma de paraguas –pensado para una planta tipo enredadera la cual, con el tiempo, iría dándole forma a un "paraguas de enredadera". Nunca logró convencer a mi abuela de plantar algo que no fuese aloe vera.
Su imaginación y su audacia no conocían límites ni obstáculos. Se le animaba a cualquier cosa, técnica o material y jamás le tembló el pulso para improvisar, como fue el caso de su incursión en la pintura. Su casa era el testimonio vivo de ello. Las combinaciones de colores que hizo en algunos lugares parecen nada más y nada menos que una diarrea de la paleta de colores. Aunque le reconozco el buen trabajo que hizo con el Arco del Triunfo con papel para armar cigarrillos Ombú a la entrada de su garaje.
También supo desarrollar una variante de su inventiva a la hora de crear objetos locos: perfeccionar cosas inventadas por otros, "como los japoneses", siempre me decía. Recuerdo que mi mamá siempre se quejaba de que las prensas para matambre que ella compraba eran muy chiquitas o frágiles y se rompían. Él entonces le fabricó una de un metro y medio para que nunca vuelva a quejarse. Una prensa que no sólo cumple su función con creces sino que además es imposible de almacenar en cualquier cocina promedio. Casi tuvimos que alquilar una cochera para estacionar solamente la prensa. Él no sólo era exagerado, era intenso.
Mi abuelo era inquieto. Era el típico rompe bolas que se levanta primero y va despertando uno por uno a todos los integrantes de la familia para desayunar todos juntos, tomando unos buenos mates. Una vez que todos estaban sentados a la mesa con cara de trasnochados, no pasaba más de media hora para que él se levantase y se retirase a seguir haciendo de sus invenciones. Un hincha pelotas por deporte lo que se dice.
Mi abuelo era de esas personas que siempre tienen algo que hacer; si no tenía, se lo inventaba. Como la vez que se le ocurrió tejer sus propias redes de pesca. A mi abuela le hervía la sangre y uno no sabía si había llegado a su casa o había quedado atrapado en el club de pescadores.
Mi abuelo era medio personaje, como Marta Minujín, ponele. No apareció en la tele ni tuvo la fama que ella, tenía sus cositas pero no era la cocaína. Era un artista, a su manera.
Siempre tuvimos un romance personal porque él era una de mis personas favoritas en el mundo y me decía que me quería todo el tiempo. Pero tras su muerte, no sólo me dolió su ausencia, más me dolió darme cuenta que él era la melodía mientras que todos los demás miembros de la familia éramos a veces sólo instrumentos sueltos.
Recuerdo que la última vez que hablamos me dijo: "Yo tengo 80 años pero por dentro me siento de 30". Nunca mintió en eso. Seguro él pasó a la inmortalidad habiendo dejado un buen recuerdo en mucha gente. O no. A mí la verdad es que no me importa.
También dejó el ciervo de mierda ese empotrado en la pared del patio que parece mirarme como atormentándome; tiene un solo ojo simulado con una bolilla de vidrio –porque está hecho como viéndolo de costado.
Hoy tomaba mates junto a la mesa que construyó hace como 30 años y recicló como 325 veces; me acordé de él, de mi abuelo, porque miré a mi alrededor y era como sentirlo en todas partes.
Mientras tanto, el ciervo de mierda me seguía mirando.

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