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Apesteguía señala razones de la trascendencia del Martín Fierro

Aporte a la distancia sobre la grandeza del poema gaucho nos introduce en un tiempo de espera por aniversarios clave, en la literatura y la historia.

Sábado 30 de Mayo de 2020

En una columna que tituló El secreto escondido del Martín Fierro, el entrerriano Luis Apesteguía, conocido como Fefo, radicado desde hace décadas en Asunción del Paraguay, indaga en los factores que le dan trascendencia a la obra de José Hernández.

Mucho se ha escrito sobre la Ida y la Vuelta del gaucho, en un poema tan involucrado con la historia argentina y particularmente entrerriana, si fue escrito poco después de la derrota de su autor en la guerra junto a Ricardo López Jordán, y de su exilio en el Brasil y el Uruguay. En enero próximo se cumplirán 150 años de la derrota jordanista en la batalla de Ñaembé, frente a la invasión porteña.

El gualeguaychuense Apesteguía hizo periodismo desde su adolescencia en el diario El Día de Gualeguaychú, luego en medios de Buenos Aires, y hoy se desempeña en un colegio del país guaraní. En este aporte hernandiano señala la conexión de la obra con las “constantes de la condición humana”, como una clave para comprender la vigencia, además del talento literario, el acierto del guión, el uso del lenguaje.

Biblia gaucha

“Son pocos los personajes de ficción que han sabido, como él, conquistarse un lugar tan alto en la literatura universal y tan adentro en el corazón de los argentinos. Desde su aparición en 1872, va siglo y medio que ‘matrerea’ las bibliotecas de las casas, las aulas de colegios, las peñas del campo, las tesis doctorales, las audiciones de radio y, ahora último, los recovecos de Internet. Borges lo vinculó a su pluma en páginas sublimes, intelectuales del mundo entero le han rendido su tributo, y el mismísimo papa Francisco lo citó en las Naciones Unidas”, comenta de entrada Fefo Apesteguía. “Envuelto en prestigio arrollador, traducido a más de treinta idiomas, su vigencia continúa incólume. ¿Habrá sospechado José Hernández que su modesta obra, con el tiempo, se iba a granjear el más audaz de los títulos que se puede conceder a un libro: la Biblia Gaucha?”, pregunta.

“¿Quién es Martín Fierro? ¿Qué hizo? ¿Por qué tan aplastante fama y tanta luminosa gloria? ¿Adónde radica su secreto, su atrapante magnetismo: en su maestría literaria, o en lo original de su historia? Mirando solamente ambos extremos, el dilema quedará sin responder. Un simple encadenarse de hechos bien contados no basta. El solo arte de ensamblar letras, encajar versos y componer rimas no garantiza la inmortalidad de un personaje. Y cuesta pensar que de la rusticidad del guión, así porque sí, germinen tantos laureles”.

Valores universales

“Lo que ocurre, en realidad, es que en la urdimbre poética de Hernández habita una prodigiosa conexión con las ‘constantes de la condición humana’. Ahí se esconde la secreta energía de su libro. Por ahí corre la napa subterránea, limpia y fresca, que le da fecundidad. La atormentada biografía de Martín Fierro, haciendo pie en la Argentina del siglo XIX y narrada en verso con pericia increíble, logra sencillamente transmitir los valores universales de siempre”.

Apesteguía enumera algunos de los valores que encuentra en la obra de Hernández: “Pueden estar seguras, las distintas generaciones de lectores, que encontrarán en esas letras una invitación a distinguir el bien del mal; a plantearse el cumplimiento abnegado del deber; a pensar dónde se cifra la felicidad verdadera y cuál debe ser la digna reacción del hombre ante el sufrimiento injusto; a redescubrir la familia, el trabajo y la amistad; a razonar por qué la religión es tan importante en la vida de los pueblos; a vincular la autoridad con el bien común… El etcétera de los grandes temas que laten en sus líneas permanece inagotable: desde el tan manido del amor, hasta los menos explorados del ‘peso, la medida, el tiempo y la cantidá’. Tan enormes verdades se destilan de una historia simple: un gaucho de bien, con dotes de cantor y talento musical, de familia y de trabajo, es forzado por la autoridad de turno a engrosar las milicias de frontera, al sur de la provincia de Buenos Aires. Tres años allí, batallando indios y sufriendo vejaciones, lo sumergen en indignación creciente hasta que decide escaparse y volver”.

A cuchillazos

“Y Vuelve. Comprueba que perdió todo: su casa, su esposa, sus hijos. Y decide de nuevo, desde lo más íntimo de su ser: se va a rebelar contra el sistema aislándose en su soledad. Se hace ‘matrero’, nómade a caballo que vaga por los campos ‘como duende’, ‘sin punto ni rumbo fijo’. Cada tanto aparece en reuniones, pero no entrenado en sutilezas sociales termina enzarzado en cuchillazos y refriegas. Hasta que la policía lo encuentra”.

“Una patrulla de a caballo –gauchos como él– lo sorprende escondido en un pajonal y lo rodea. La pelea es atroz. Pero el sargento Cruz se conmueve, lo defiende, y se pone de su lado. En su nobleza, no podía consentir que ‘se mate así a un valiente’. Juntos dispersan la ‘partida’ y quedan hermanados en idéntico destino: probar suerte más allá de la frontera, buscando tranquilidad en territorio de salvajes. Pretenden vivir ‘panza arriba, mirando dar güelta al sol’. Pero aquello no iba a ser el paraíso que soñaban. Cruz muere afectado de viruela y le deja en testamento una preciada herencia: ‘si vuelve, busquemeló’. Se refería a su hijo, extraviado en esos mundos de Dios”.

La Vuelta

Apesteguía deja para otra vez las condiciones extraordinarias del arte en sí para permanecer, y no juzga los probables prejuicios del autor de la obra ni las conductas del protagonista: ve en él una víctima. “Martín Fierro, más solo que nunca, se transforma interiormente, curtido en pobrezas y amarguras. Su corazón bueno nunca lo dejó. Y reacciona. Ahora quiere volver y trabajar. Se ha hecho sabio, reflexivo. Quiere educar a sus hijos, encontrar al de Cruz, y ser el padre que no fue. Está dispuesto a todo: hasta ser agricultor”.

“Mientras planea el regreso, escucha el llanto desesperado de una ‘cautiva’ lastimada por un indio bárbaro. La crueldad de la escena es inaudita. Venciendo sus miedos, Martín Fierro vence también al agresor y la libera. Entonces sí: emprende la vuelta con la pobre mujer que acaba de salvar. Desandar el desierto fue la última etapa de un camino de purificación interior. Al llegar a ‘las casas’ todo está listo para que brote la esperanza: el juez que lo perseguía ‘hacía tiempo que había muerto’ y ya nadie se acuerda de sus antiguos delitos”.

El nombre

El escenario se despeja, dice Apesteguía. “La cautiva liberada sigue su camino mientras que él, en una fiesta, encuentra a sus hijos y al de Cruz, de nombre Picardía. Las emociones estallan. La alegría y el dolor se mezclan en abrazos, relatos y canciones. Tampoco falta el contrapunto de payadas con un ‘moreno’ que, aparecido de golpe en plan de desafío, le da ocasión de derrochar sabiduría y mostrar que ya no quiere ‘contiendas’. Al final, en el sugerente marco de una noche poblada de estrellas, en la inmensa soledad del campo y en sabor de intimidad, Martín Fierro pronuncia sus consejos inmortales”.

“‘Por su estado de pobreza’ no pueden vivir juntos y deciden separarse ‘para empezar vida nueva’. Se van, dirigiéndose a los ‘cuatro vientos’. Pero ya no son los mismos. De cara al futuro abierto, ‘sin ninguna intención mala’, adoptan un recurso de sorprendente carga simbólica: cambian sus nombres”.

Apesteguía recuerda que en las Sagradas Escrituras “el nombre designa la genuina identidad de cada quién, su más auténtico destino, su más profunda vocación. Aquí, en el solemne broche de la Biblia Gaucha, el sugestivo fenómeno se replica: con otros nombres, quieren ser otras personas”.

“Quien lea al Martín Fierro topará con el mundo de los valores perennes que forman su secreto. Y conocerá, bajo la piel de ese gaucho de la pampa, a todo hombre que lucha por ser bueno a pesar de sufrir tanta injusticia. Hasta quizá le entren ganas de seguir sus huellas, alentado por el eco de sus últimos acordes: ‘Pues son mis dichas desdichas/ las de todos mis hermanos;/ ellos guardarán ufanos/ en su corazón mi historia;/ me tendrán en su memoria/ para siempre mis paisanos’”.

Poema brillante

Las reflexiones sobre la obra mayor de la literatura gauchesca que nos aporta Luis Fefo Apesteguía (luisapesteguia@gmail.com) vienen a propósito, cuando se acercan fechas memorables de esta obra. Y resultan una buena excusa para volver sobre el libro porque se trata de la lectura de un gualeguaychuense radicado en el Paraguay, ya su nuevo hogar, con actitud para decir y escuchar, sobre literatura regional.

No olvidamos que José Hernández fue uno de los intelectuales que condenó en duros términos el ataque de la Triple Alianza al pueblo del Paraguay, y por eso fue llamado, con otros, “paraguayista”, “yerbócrata”, desde la arrogante (ya entonces) prensa porteña.

Paraná fue un nido paraguayista, de resistencia a la matanza decidida por la oligarquía porteña en sociedad con el imperio esclavista del Brasil al servicio del poder británico. De estas derrotas del pueblo es hijo el Martín Fierro.

En buena hora que volvamos a considerar sus atributos notables, como otras singularidades que marcan aspectos menos edificantes en el brillante poema de Hernández.

No nos sorprenden los gustos por la literatura clásica de un entrerriano afincado en Asunción como es Apesteguía. José Hernández, principal referente de la poesía gauchesca, vivió en Entre Ríos, se casó en Paraná, trabajó aquí, peleó junto a los entrerrianos, y se inspiró durante el exilio por la derrota de Ñaembé para escribir el poema. El otro gran poeta romántico de su siglo, Olegario Andrade, un entrerriano de Gualeguaychú, como Apesteguía, aunque nacido en Alegrete, Brasil.

Ya en el siglo XX, el gran poeta argentino Juan L. Ortiz, de Puerto Ruiz, y Jorge Luis Borges, hijo del entrerriano Jorge Guillermo Borges, y admirador del entrerriano Carlos Mastronardi, como nos recordaba Iris Estela Longo.

Periodismo y arte

Además de poeta, guerrero y político, José Hernández fue un periodista de primera línea. Él inauguró, prácticamente, el periodismo de investigación en el país desde que publicó en Paraná sus columnas en torno del crimen de Ángel Vicente Peñaloza, el Chacho, pocos días después de su muerte en Olta y hasta resultó premonitorio sobre la suerte de Justo José de Urquiza.

En alguna medida, el Martín Fierro fue estimulado por la censura; le habían prohibido a Hernández ejercer el periodismo como condición para indultarlo por participar de la guerra entrerriana contra el poder despótico de Buenos Aires.

Entonces, Olegario Andrade también ejercía el periodismo y coincidía con Hernández en la admiración de la persona y de las luchas de Peñaloza. Pero el asesinato de Urquiza dividió las aguas y creó un abismo entre ambos: para Hernández esa muerte fue “mil veces merecida”, y Andrade en cambio se puso del lado de la invasión.

Uno de los hernandianos que continuó en el siglo XX con versos criollos, Atahualpa Yupanqui, también ejerció el periodismo en Entre Ríos en su juventud, en un periódico que publicó en Rosario del Tala cuando era conocido por su nombre de pila: Héctor Roberto Chavero.

Admirador de Hernández, Yupanqui y Andrade, el gualeguaychuense Luis Jeannot Sueyro, poeta y periodista además de sacerdote, acompañó los primeros pasos de Luis Apesteguía en la prensa. El padre Jeannot, que predicó durante décadas por radio en favor del arraigo de los chacareros, conocía de memoria decenas y decenas de estrofas de los poetas argentinos.

Con vistas al Día del Periodista en memoria de Mariano Moreno y el diario revolucionario, mencionamos algunos de ellos que hicieron historia en nuestro territorio para recordar el compromiso que significa el ejercicio, aquí, del oficio. Y aprovechamos, para ello, el aporte de un colega enamorado de la Biblia Gaucha.

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