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Antepasados

"...Están quienes se sumergen en los laberínticos pasadizos de la historia familiar en busca de algún antepasado ilustre y redentor, que conceda algún status..."

Sábado 24 de Agosto de 2019

¿Para qué sirve?, ¿a quién le puede interesar saber que uno de los dieciséis tatarabuelos que tiene –que tenemos todos– se sentó a fumar pipa mientras veía, con lágrimas en los ojos, cómo los soldados de Napoleón le pisoteaban sus amados viñedos a la vera del río Rin, en la Alemania profunda, mientras su pequeña hija lo consolaba peinándole –con infinita ternura– su canosa cabellera?

¿O conocer la historia de aquel otro, que fue un viejo autoritario y putañero, al que un gallardo marino le enamoró la mujer y se fugaron juntos?; finalmente atraparon al “pata de bolsa”, lo juzgaron y lo condenaron a un destierro de ocho años en la Patagonia, adonde fundó ciudades y construyó el Faro del Fin del mundo.

Y no menos trágico: que en el cementerio de la ciudad descansa la cabeza de otro ancestro al que, por ingenuo, o por el estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado, le cortaron la cabeza durante las guerras civiles argentinas y se la arrojaron a la mujer en el zaguán de la casa al grito de: “¡melones frescos, fresquitos los melones!”.

¿Me es útil para levantarme todos los días saber de la vida de inmigrantes, sudorosa e incierta, de cuatro de mis ocho bisabuelos?; ¿contribuye a llevarme mejor con mi familia y mis amigos, conocer detalles del carácter condescendiente y componedor de una de mis dos abuelas, o de la sabiduría de aquel abuelo refranero y tiempista?

En última instancia, y redondeando la retórica, es válido preguntarse en qué nos puede ayudar ese conocimiento de la vida de nuestros ancestros, o si ello puede modificar, de algún modo, nuestra realidad, nuestro módico presente.

Y la verdad es que no lo sé, pero lo que sí sé es que vale la pena investigar, averiguar, preguntar. Saber sobre la propia historia familiar enriquece, aclara, aunque a veces oscurezca, ayuda a entender. Ni más ni menos. Entender. Un activo un tanto devaluado en esta época en la que todo lo que no proporciona tiempo o dinero es innecesario o poco útil.

Parece un contrasentido, pero escarbar en el pasado vale la pena porque se involucran los afectos, se patentizan dramas, se exponen tragedias, inquinas y miserias; y también se conocen pequeñas hazañas, historias hermosas, valores, entregas inconmensurables. Y lo más importante: lleva un poco de luz a muchas cosas que no comprendemos por qué pasan o, mejor dicho, por qué nos pasan.

Si aprendemos a leer entre líneas las sutilezas del azar, los vericuetos del destino, veremos que la historia se repite, una y otra vez, inexorable, con otros matices, con menos dramatismo quizás (son otros tiempos). Como el eterno retorno de lo idéntico que proclamaba el incomprendido Nietzsche desde su roca de Sils María.

En un extremo están aquellos a los que no les interesa saber nada sobre quienes los precedieron, por pura indolencia; o, tal vez, porque existen corrientes de resentimiento, malos recuerdos o experiencias que bloquean la consciencia de clan, de pertenencia de todo ser humano.

En la otra punta están quienes se sumergen en los laberínticos pasadizos de la historia familiar en busca de algún antepasado ilustre y redentor, que conceda algún status, como poseer el último modelo I phone o un gran auto. O los que acumulan datos por mera curiosidad filiatoria.

En la ancha avenida del medio, que es la mayoría de los casos, el horizonte de conocimiento genealógico no llega más que a algún abuelo que uno conoció o que trató. De los que estuvieron antes, a lo sumo sobreviven un par de fotos o alguna anécdota que, si es muy notoria y alcanzó a salvarse, fue por obra y gracia de la volátil tradición oral. Y trepando un poco más arriba en el árbol: la nada misma.

En mi caso, me motiva la curiosidad y el deseo de conocer a quiénes nos precedieron, de rescatarlos del pasado, de saber cómo fueron sus vidas y entender la sociedad y el mundo que les tocó vivir.

Sin embargo, pareciera también que lo que subyace en todos aquellos a los que sí nos interesan esta cosas, es el impulso atávico (tan necesario como un abrazo o la música) de que nos recuerden.

Y también es el miedo, puro y simple, a caer en el hondo pozo del olvido.

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