Aguafuertes y relatos
Viernes 05 de Octubre de 2018

Amada correspondencia

Llegué a la obra del escritor Jorge Amado a través de su novela Gabriela, clavo y canela, adaptada para la televisión e interpretada por la actriz Sonia Braga en el esplendor de su vida. Creo no haberme perdido ni un solo capítulo de la apasionante historia de la ingenua mestiza que a fuerza de sensualidad y talento culinario logró seducir al árabe Nacib, dueño del bar Vesubio en la ciudad de Ilheus, y a sus pintorescos parroquianos
Por entonces yo estaba saliendo de la adolescencia y vivía en un barrio obrero de Granadero Baigorria –una de las ciudades del denominado Gran Rosario–, un desierto cultural sin librerías, disquerías, teatro, cine, ni cafés. Todo un problema para un joven de flacos bolsillos y ansioso de novedades, amante de la historia y con pretensiones de escritor, en la era anterior al video, al cable y a internet. Sin afición al fútbol ni a la vida nocturna, mi universo estaba hecho de libros, casi siempre de segunda mano, la guitarra y algunos programas de radio en la trasnoche.
Empezaba la década del 80 y hacía rato que había contraído el incurable vicio de la lectura. Como ya me había sucedido con otros autores, después de la revelación salí a recorrer librerías de viejo en busca de las novelas de Amado que pudiera conseguir.
Enterado de mi entusiasmo, un amigo híper-crítico, cultor de Marcel Proust, me había advertido con desdén "es un escritor popular". Lejos de espantarme con su prejuicio, mi manía literaria se puso en marcha y, tras a una minuciosa pesquisa por las librerías de Rosario, no tardé en hacerme de varios títulos del autor bahiano, que devoré con fruición.
Mi fascinación por la obra de Jorge Amado, escritor social, costumbrista y popular en el más alto sentido que se puede dar al término, fue inmediata y persistente. Además del goce literario, sus fascinantes historias, que transitan con felicidad el drama, la fantasía y el humor, me permitieron descubrir y amar al Brasil del nordeste, mestizado, sincrético, vital, encantador y terrible.
En aquel tiempo tenía la costumbre, y el suficiente tiempo libre para emprender la lectura de las obras completas de los autores que me interesaban, por lo que suplí la falta de algunos libros de Amado en español con versiones originales en portugués. Así llegué a un ajado ejemplar de Jubiabá que, insólitamente, contenía en la solapa la dirección del autor: Rúa Alagoinhas, 33, Salvador.
Sin demasiada consciencia, no tardé en escribirle una larga carta donde, después de presentarme, manifestaba mi admiración por su obra adicionando una serie de comentarios sobre algunos personajes suyos que hoy –por lo que recuerdo– podrían sonar desmedidos, quizá irreverentes para un escritor tan traducido y celebrado.
Mi carta era la expresión de la juvenil soberbia de un pibe que ya había garrapateado malos versos en un cuaderno y había tipeado con la Olivetti sus primeros cuentos. A decir verdad, Jorge Amado no era el primer escritor al que asediaba con mis cartas, ya lo había intentado con otros autores locales, sin atisbo de respuesta.
Fue otra botella arrojada al mar que, para mi sorpresa y alegría, esta vez tuvo mejor suerte. Nueve meses después llegó a mi puerta de extramuros un sobre procedente de Rio Vermelho, Salvador.
"Le contesto porque a su edad también le escribí a mis autores preferidos sin obtener, para mi desesperación, ninguna respuesta", me decía en la primera línea el padre de Doña Flor, Pedro Archanjo, Quincas Berro Dágua, Tieta y tantos personajes inmortales. Era una hoja membretada que contenía unas pocas pero contundentes frases con útiles consejos para un escritor en ciernes. "Hacer literatura es un oficio. Sea honesto con usted mismo, busque su propia voz. Y escriba, escriba, escriba", agregaba más adelante. Cerraba al pie la inconfundible firma de Jorge Amado, parecida a una ola de mar.
Una emoción perdurable, que vuelve mientras escribo.
Han pasado muchos años. Además de postales y fotografías, conservo un atado de amarillas cartas de Amado y de su esposa, la también escritora Zélia Gattai, quien asumió la correspondencia de Jorge cuando, años después, la salud de su marido se tornó endeble. Cartas amorosas, fraternales, de personas de alma grande que, por alguna razón, dedicaban parte de su precioso tiempo a comunicarse con un joven e ignoto estudiante que, a miles de kilómetros de distancia, también aspiraba a la escritura.
Nunca pudimos conocernos personalmente, la nuestra fue una relación epistolar que, con amplios hiatos temporales (la vida de un escritor mundialmente consagrado no tiene sosiego), se mantuvo durante años.
Poco antes de morir, Jorge Amado me envió un ejemplar dedicado de "Navegaçáo de cabotagem. Apontamentos para um libro de memorias que jamais escriverei", editado por la Record. Una hermosa manera de decir adiós.
No estoy seguro de haber seguido sus consejos, de haber mejorado mi prosa desde entonces, pero es mucha la gratitud que siento por la humanidad y el afecto que Jorge y Zélia me trasmitieron a través de esos papeles.
Un par de veranos atrás viajamos a Salvador con Betina, mi compañera de vida, donde finalmente pudimos conocer el enorme y acogedor hogar de los Amado (actualmente convertido en Museo), construido muy cerca del mar que inspiró tantas páginas inolvidables.
Por aquella casa pasaron desde grandes personalidades del mundo del arte y del pensamiento –Jean P. Sartre, Simone de Beauvoir, Pablo Neruda; Marcello Mastroianni, Roman Polanski, Glauber Rocha, Lina Wertmüller, Georges Moustaki, Vinicius de Moraes, Carybé; Dorival Caymmi; Caetano Veloso, José Saramago y un largo etcétera– hasta cientos de anónimos como nosotros. Una casa con espíritu propio, que estuvo habitada por seres libres, de vida intensa y comprometida, abiertos al mundo sin egoísmo ni dobleces.
Jorge y Zélia ya han partido al reino de los justos. Nos quedan sus obras construidas con el barro de las calles de Bahía y de las plantaciones de cacao; las memorias de la inmigración y de los exilios. Historias del pueblo, de la negritud y sus ancestrales ritos del candomblé. Personajes humillados y explotados por el prejuicio y por el poder que, a pesar de todo, siempre encuentran espacio para la solidaridad y para la esperanza, para el amor y para la risa.
Un testamento de sal, donde el silencio se impone como único y posible homenaje.

Orfeo Pecci, escritor invitado. Relato extraído del libro "Memoria brava", Edit. Ciudad Gótica, Rosario 2015.


Jorge Amado (Itabuna, 1912 – Salvador, 2001) es el novelista más conocido dentro y fuera del Brasil; sus obras han sido traducidas a 49 lenguas y superan los 25 millones de ejemplares vendidos. De su prolífica producción sobresalen "El país del carnaval", "Mar Muerto", "Gabriela, clavo y canela"; "Doña Flor y sus dos maridos", "Tienda de los milagros" y "Tieta de Agreste", éxitos adaptados al cine, la televisión, el teatro, la radio y el cómic. El autor de ésta nota nos relata el particular vínculo epistolar que durante años mantuvo con el gran escritor y humanista bahiano y su esposa, la también escritora Zélia Gattai.

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