Descubriendo Entre Ríos
Domingo 28 de Enero de 2018

Algunas condiciones para ser un Panzaverde con todas las letras

El artista de Paraná subió al escenario con todas las luces y todos los pájaros, de Ibicuy al Paraguay, regalando fibras de entrerrianía

La emotiva actuación de Rubén Cuestas en Sauce de Luna el sábado nos inspiró estas referencias sobre los panzaverdes, al correr del teclado.
Decimos emotiva porque el exintegrante del dúo Los Hermanos Cuestas, ahora lanzado como solista cuando pisa los 80 años, mostró una lucidez envidiable, se adueñó de la escena y entre versos y silbidos nos empapó de río y monte para trascender las fronteras provincianas.
Solista es un decir, si en Rubén Cuestas habita una bandada. La gente lo entendió y aplaudió de pie. Gustaron sus interpretaciones, no solo de los clásicos sino también de aquellos temas de letras y melodías muy sencillas, preparados para lucir a los pájaros, es decir, chamarritas como un fondo, donde se destaca ese talento inigualable para la imitación de los trinos, una especialidad de Cuestas. Brillante.
Claras también sus referencias artísticas e históricas, lo mismo que la explicación de la presencia de pueblos originarios y africanos esclavizados en nuestro territorio, todo para poner en contexto la hermandad del candombe y la chamarrita, por ejemplo.
Eduardo Ramón Lacoste se emocionó con la presencia de Cuestas, con el clima de la fiesta en sus pagos y alguna chamarrita que colocó el bello nombre de Sauce de Luna en el cancionero argentino. "Con el canto del zorzal y el cardenal amarillo voy haciendo mis ladrillos", se escuchaba, y los pájaros estaban allí, cómo no.
Fue un acierto la presencia de Canal 11, con Lautaro Alarcón y Soledad Castañares, del programa La Calandria, en la Fiesta del Pan Casero. Sí: la hemos disfrutado a la distancia.

Homenaje
Compartimos a propósito estas frases del profesor Mauricio Castaldo: "Memorable actuación de Rubén Cuestas en Sauce de Luna. Merecido homenaje a Roque Mario Erazun y a los músicos. Gran presentación al profesor Luis Farías. Punto alto el candombe chamarritero y la reflexión sobre los negros, soldados de Belgrano. Lindo divague con un peoncito de estancia que terminó volando con los pájaros, por fin. Su panchorramirismo intenta, en un momento necesario, confluir en el fortalecimiento de la cultura montielera y entrerriana. Vale. Es un camino".
Y sí que lo es. Hoy celebramos la voz de Cuestas, intacta, y el amor, la convicción con que aborda cada una de las composiciones sin despreciar ninguna. Es conocido su manejo de la escena, o mejor: su actitud.
Pero no es el propósito de esta columna extendernos en lo artístico sino sobre aspectos de la entrerrianía que, de una u otra manera, impregnaron el escenario Raúl Benítez Ríos, cuyo nombre es un homenaje al integrante fallecido del legendario dúo Hermanos Benítez Ríos. A Rubén, el otro hermano, lo entrevistamos hace poco en su casa de Sauce de Luna, y nos halagó con sus anécdotas y algunos temas en la guitarra.

Las fibras
Fibras del Abya yala, llamó el gualeguaychuense Julio Majul a su obra que recopila documentos de entrerrianos y santafesinos sobre temas de la cultura y la ecología, la historia y la política, en donde el litoral argentino aparece en su trama, es decir, en el continente: Abya yala.
Claro: esas fibras son incontables y cada una, aislada, dice algo, pero en relación con las demás toma otra dimensión. Eso se llama sinergia: los sentidos se potencian mutuamente. La voz Abya yala (tierra en plena madurez, tierra de sangre vital) es, en alguna medida, una síntesis de esa trama. Ocurre también con la voz Pachamama, madre tierra en equilibrio, si nos referimos a la simbiosis del ser humano en la naturaleza.
Eso explica, pues, porqué desprendemos estos comentarios de los silbidos de Rubén Cuestas en Sauce de Luna. Hay allí una auténtica simbiosis del ser humano con su entorno, un estado de admiración, con una condición que surgió así, natural, por apreciar a las aves desde gurisito. Luego en los escenarios fue como o un regreso, sin forzar nada, de la costumbre de antiguos trovadores y juglares del mundo, o a veces llamados en forma despectiva "bufones" por las clases más aventajadas, hace mil años. Alabar a las aves difundiendo sus voces.
No ignoramos que en el folclore hay para todo, y que no pocos artistas suelen andar enemistados, a veces por conceptos distintos sobre el arte. Rubén Cuestas reconoció el legado de Atahualpa Yupanqui y Linares Cardozo, como columnas del cancionero, y no se olvidó de Víctor Velázquez y Jorge Méndez, por mencionar solo a algunos.
Estamos hablando de un festival. Los festivales no son ámbitos para un concierto. Allí los parroquianos quieren conversar un poco, tomarse algo, comentar las cosas, bailarse un chamamé, participar, regalar un sapucay, y asisten con sus niños, en familia, de modo que no hay que esperar el silencio absoluto, la calidad perfecta del sonido o algunas sutilezas.
En estas tenidas, ciertas letras sin mayores pretensiones son excusas para señalar, para manifestar una admiración, o procuran dar pie a los trinos, así como José Larralde usa algunos pocos tonos de fondo y algún acorde redundante para que se destaque el llamado canto con fundamento. Al fin y al cabo, quién puede alcanzar las palabras que demanda el paisaje. Quizá nadie.
Con la misma sinceridad diremos que no todo da lo mismo, y la guía la dio Atahualpa Yupanqui: "al pueblo hay que darle lo que merece, o sea: lo mejor". Son pocos los que hacen, es cierto, honor a este legado.
Milonga, chamarrita, chamamé, cielito, tanguitos montielero, estilo, rasguido doble, canción del litoral, y cuántos otros ritmos se cultivan en la provincia y la región, pero la confluencia con el silbido nos da un color inconfundible, y qué decir cuando de esos labios privilegiados vuelan los pájaros en bandada. Si esto no es la Pachamama, la Pachamama dónde está.
Cuestas había pasado por el zorzal, la calandria, el Juan chiviro, el benteveo, la tacuarita y cuántos otras perlas del monte. En un momento, al artista paranasero se le dio por trepar el mapa con unas glosas, se mudó a Corrientes, atravesó las fronteras y culminó con la descripción y la imitación del pájaro campana. Ahí sentimos que vibraron las fibras milenarias del Abya yala. Un panzaverde saludando al Paraguay, como en los recordados desbandes de Basualdo y Toledo, que nos hermanan.

Una trama
Algo dice una pluma, algo dicen un caballo, una cinta roja. Pero cobran un significado distinto si están juntos, como dialogando: un caballo, una lanza con una banda roja en diagonal, una pluma de ñandú. Esa confluencia dirá autonomía, resistencia, historia, lucha, coraje, monte, federalismo, sangre derramada. Así podremos bandear el río y entendernos en las dos costas porque esa trama cruza fronteras, como los pájaros de Rubén Cuestas. No se detiene en la fragmentación de los Estados modernos, esa división impuesta que dentro de algunas décadas quizá no sea más que un mal recuerdo, una pesadilla.
Las fibras son incontables, con distintos largos y texturas. Una fibra dice ñandubay, la otra dice chamamé, la otra Peyret, y están cruzadas por fibras que dicen sauce, Juanele, López Jordán, Guyunusa, quién sabe.
Solo como una aproximación, un bosquejo de ese tejido, aquí traemos algunas fibras, expresadas a veces en modos, costumbres, nombres, colores, ritmos, aires, relaciones, que tejen un imaginario colectivo. De esa identidad a la vista (que algo dice de la unidad de fondo), captamos algunos rasgos, algunos síntomas. Difícilmente podamos expresar la identidad en palabras o comprenderla en su magnitud. No es rígida, no puede medirse, y siempre sorprenderá con una expresión no registrada.
Si las chapa patente de los autos logran una infinidad de relaciones posibles combinando solo números y letras, y así identifican cada vehículo, qué decir de la identidades regionales que combinan historias, lenguas, nombres, árboles, aves, ritmos, colores, símbolos, trabajos, oficios, actitudes, vínculos, expectativas, distancias, casas, alimentos, medios de transporte, tecnologías, migraciones, paisajes, y todo ello potenciado y siempre renovado por sus mutuas interacciones.

Unidad superior
De ahí que definir la identidad sea una tarea un tanto engañosa, siempre incompleta, siempre tentativa, apenas orientadora. En la entrerrianía, entonces, conversan la naturaleza y la cultura, la poesía y la guerra, la mesa tendida y los sueños colectivos, el trabajo y la música, el esfuerzo y la copa, y en todos los casos puede observarse el conjunto, la trama, sólo dividida para estudios específicos, focalizados, que pueden terminar por eso mismo en una incomprensión, algo bastante común en la educación occidental, fragmentaria, de compartimentos estancos.
Entrerrianía no es localismo, no es provincianismo y menos chovinismo. La entrerrianía parte de la integración, de la conciencia de unidad del paisaje, y en el paisaje: los pueblos.
La presencia de los mismos árboles, las mismas aves, el mismo mbicuré a dos costas ayuda a comprender la unidad por encima de fronteras inventadas.
Lo mismo, la presencia que conocemos del basalto que soldó las partes definitivamente antes de nuestro arribo como especie. O el acuífero Guaraní, cruzando límites con el mayor tesoro de la vida: el agua dulce en profundidad, en las arenas compartidas por nuestros países, que alguna vez pisaron los dinosaurios.
Hay pensadores que subrayan la importancia del idioma, la religión, las luchas, como cimientos de la unidad del territorio del Abya yala sur llamado Latinoamérica. No advierten que desde la perspectiva de nuestros pueblos esa unidad está garantizada por las flores, las cuencas, la trenza de los Andes, el vuelo kilométrico del aguilucho langostero, los vínculos, el diálogo del ser humano con las demás especies, la consustanciación con el paisaje. La unidad es superior, no depende de modas, pleitos de momento, y ni siquiera se restringe a relaciones humanas.

Desde el mate
Claro, el ser humano en la naturaleza, y nada como el mate para simbolizar esa unidad. Desde el mate, entonces, empezamos a comprender esta trama antigua de la biodiversidad, que acuna a los panzaverdes.
Es natural entonces la exaltación del monte, las palmeras, la isla, el río, y allí la clásica resistencia de nuestros pueblos a los más diversos modos del atropello. Y allí también los saberes hondos de nuestras culturas tantas veces menospreciadas, y esa tradición tan vigente, cuyo origen se pierde en el fondo de los tiempos: la gauchada.
Tal vez para cosechar un potrero de maíz, para una yerra, o sencillamente para empujar el auto o presentar un amigo en el escenario, es decir: dar lugar a los demás.
Es una gauchada también la del artista que apaga un rato su voz y sus versos, para dejar que hablen los pájaros, por caso.
En esta misma línea, hemos recordado una y otra vez la gauchada de los paceños que cada año realizan, con enormes esfuerzos, el encuentro Cuando el Pago se hace canto. Sabemos de muchos que han colaborado, y de alguno que se ha endeudado por la tozudez de sacar adelante ese festival de poesía y música, o mejor: de hermandad.
Y bien: estas son reflexiones al pie de la actuación de Rubén Cuestas y los demás músicos. Hay mucha tela para cortar en torno del folclore regional, pero como nos dijo ayer el profesor Castaldo: "Rubén se está despidiendo, y es de la mejor manera".

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