Alejo & Juliana

De un cruce virtual, a construir un futuro juntos
18 de abril 2020 · 19:02hs

La de hoy es una historia de amor en tiempos de redes sociales. Es la historia de Alejo y Juliana, pseudónimos que eligió esta paranaense que accedió a contar cómo nació y creció su relación a distancia con el colombiano que hoy es su compañero.

Corría el año 2010, Juli había cumplido 28 años y estaba soltera. “En realidad nunca había tenido un novio propiamente dicho. Había tenido una relación medio rara con un compañero de trabajo, que duró algunos meses pero no prosperó. A los siete y ocho meses de terminar lo nuestro, él se casó y yo seguí sola durante dos años más. Digamos que fue un golpe bastante duro, encima yo nunca fui muy salidora ni de tener un círculo de amigos muy amplio, así que me costaba conocer gente y estuve sola bastante tiempo. De todas maneras, fue un tiempo de crecimiento personal, me recibí en la carrera de Ciencias Económicas, me mudé. Digamos que estaba aprendiendo a vivir conmigo misma y había dejado de buscar a mi ‘media naranja’, como se suele decir. No necesitaba de nadie para estar bien”, recuerda Juli.

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Para 2010, las redes sociales ya habían hecho su irrupción en la escena mundial, conectando gente en diferentes partes del mundo sin necesidad de que se muevan de sus casas. Y fue esta red social la que unió los destinos de estos dos corazones.

“Había abierto mi cuenta de Facebook en 2008, si no recuerdo mal. En ese momento era una novedad, y yo todavía no le encontraba mucho sentido. Además, no tenía un celular apto para tener Facebook, así que entraba un ratito a la noche, cuando prendía la computadora”, relata.

En 2009 Juliana se mudó de la casa de sus padres a un departamento chico, pero cómodo y luminoso, ubicado en la zona céntrica de la capital entrerriana. Al no ser ella –según sus propias palabras– “muy sociable que digamos”, comenzó a pasar más tiempo en la red social: “Me gustaba juntarme con mis amigos y amigas, pero yo era más de las juntadas caseras. Muy de vez en cuando salíamos a algún boliche o bar, pero no me prendía siempre porque no la pasaba bien. Soy más de los juegos de mesa y las películas. Y cuando viví sola empecé a usar un poco más el Facebook para estar en contacto”.

Primer contacto

Una noche de invierno Juliana llegó cansada del trabajo y encendió su notebook con intenciones de mirar una película; mientras la descargaba entró a Facebook y descubrió que le había llegado una solicitud de amistad: era de Alejo.

“Primero me llamó la atención cuando entré a su perfil y vi que era de Colombia. Me pareció lindo a simple vista, morocho, atlético, pero nada fuera de lo común. Después vi que teníamos una amiga en común, que era compañera mía de la facultad. Ella había viajado a Canadá hacía unos meses y se conocieron con Ale en un hostel. Evidentemente él entró a chusmear las fotos de sus amigos y le gusté”, se ríe Juli.

Esa noche ella aceptó la solicitud de Ale, revisó su perfil y le pareció lindo. Pero la cosa quedó ahí, hasta que un par de días más tarde él le envió un mensaje: “Me saludó, se presentó, me contó que era desarrollador informático, que tenía 27 años y vivía en Bucaramanga, una ciudad de la que yo nunca había oído hasta entonces. Yo también le conté de mí y le pregunté por qué me agregó; me contestó que le parecí la chica más linda que había visto en Facebook. A mí me pareció un chamuyero, pero reconozco que me gustó el piropo. Igual, en ese momento no pensaba que la cosa iba a pasar de charlas superficiales; creí que todo iba a terminar ahí, así que no le di mayor importancia. Pero resulta que a medida que fueron pasando los días se nos hizo como costumbre hablar casi a diario. Yo le pasé mi MSN, y ahí empezamos a chatear con video y todo. Y en algún momento, no sé cómo, llegó cierto punto en que yo ya no podía esperar a que se haga de noche para sentarme a chatear con él”.

El encuentro

Pasaban las semanas y los meses, intercambiaban fotos y se contaban sobre las novedades que habían tenido sus respectivas jornadas. “Era como que yo conocía a su familia, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo sin haberlos visto nunca”, comenta Juli.

La música fue uno de los principales puntos en común. “A los dos nos gustaba el ñu metal, bandas como Linkin Park, Korn, Deftones, Limp Bizkit. Y también éramos bastante topos, por así decirlo: nos gustaban los videojuegos, la saga de Harry Potter, el manga. Además compartíamos cierto tipo de humor, entre absurdo y sarcástico, los dos éramos fans de Los Simpson, de Ren & Stimpy. Él me decía que allá en centroamérica no hay mucha gente que comparta ese tipo de humor, sino que manejan códigos más simples o burla directamente, y que le gustaba poder compartir los mismos códigos con alguien. Pero, más allá de todo eso, compartíamos una manera similar de ver la vida”.

A fines de 2010 ambos llegaron a la conclusión de que era tiempo de conocerse en persona. Así que decidieron ahorrar. “Yo quería conocerlo, pero a la vez me generaba mucha ansiedad y dudas. Desde el vamos le dije que la primera visita la tenía que hacer él, porque yo realmente no me animaba a viajar hasta Colombia. Él quería que yo fuera para allá, pero entendió mis temores. Yo jamás había viajado fuera del país, una sola vez había ido a Uruguay con mi familia, pero eso era todo. Y por más que ya habíamos forjado cierto vínculo con Ale, me daba un poco de miedo ir sola a conocer a un tipo con el que sólo había tenido intercambio por Facebook y MSN, así que le propuse que juntemos plata y que yo iba a pagar una parte de los pasajes”, recuerda.

Llegó julio de 2011 y Alejo estaba listo para viajar a la Argentina, ansioso de conocer a Juli. “Yo estaba re nerviosa; le conté a mis viejos y a mi hermana, que primero pusieron el grito en el cielo, pero ya era tarde, habíamos comprado el pasaje y Ale iba a llegar a la semana siguiente. Mi vieja no podía entender que yo quisiera iniciar una relación con alguien que vivía a miles de kilómetros, habiendo tantos hombres acá, me decía que era una locura; en fin, me puso mil peros. Al final lo tuvo que aceptar y me pidió que por favor se lo presentara apenas llegara, así ella se podía quedar más tranquila. Cuando llegó el día yo lo fui a esperar a Ezeiza, nunca me voy a olvidar de la primera vez que lo abracé”, se emociona Juli.

Alejo se iba a quedar dos semanas, así que decidieron pasar la primera en Paraná y los últimos días en Buenos Aires, para pasear un poco: “Llegamos a Paraná y fuimos directamente a mi departamento, fueron las mejores noches de mi vida –se ríe Juli. A la segunda noche cenamos con mi familia y enseguida congeniaron. Un par de días fuimos a pasear a Santa Fe, otro día lo llevé a conocer a mis amigas. Me acuerdo que él sufría mucho el frío, porque en Bucaramanga rara vez hace menos de 20°. Nos divertimos mucho, fueron días increíbles. Cuando se acercaba el momento de que volviera a Colombia nos queríamos morir. Los últimos cuatro días nos quedamos en Buenos Aires y paseamos mucho, recorrimos un montón de lugares que yo no conocía, como el Cementerio de la Recoleta. El último día nos despedimos en Retiro y él se tomó un taxi a Ezeiza. Yo volví a casa hecha bolsa”.

Decisión final

Después de ese primer encuentro en persona, el amor a distancia se les hizo cada vez más complicado. “Chatear nos resultaba poco, y ya estábamos planificando nuestro próximo encuentro. Esta vez me iba a tocar a mí viajar para allá. Así que volvimos a juntar plata y viajé para allá el 7 de enero de 2012. Él me fue a esperar al aeropuerto de Medellín y pasamos unos días en esa ciudad, que me pareció increíble y enorme. Una ciudad de muchos contrastes entre lo moderno y lo colonial, con mucho movimiento cultural. Me enamoré de esa ciudad, y de Ale, ni hablar. Ya estábamos hasta las manos. Después fuimos a Bucaramanga y pasamos el resto de mi estadía allá, conocí a mis suegros, a mis cuñados, a sus amigos”, recuerda Juliana.

Tras ese segundo encuentro, ambos tenían en claro que querían compartir sus vidas juntos. Pero tenían que decidir cómo y, sobre todo, dónde. “Pasó más de un año antes de que podamos volver a encontrarnos, decidimos que queríamos vivir juntos, pero era difícil negociar. Los dos somos muy familieros, y tomar esa decisión fue complicada. Pero analizamos todos los pros y los contras de cada alternativa y llegamos a la conclusión de que sería mejor que él viniera para acá. Así que nos pusimos a juntar plata; él a través de un contacto consiguió trabajo en una empresa en Córdoba, en el rubro del comercio electrónico y nos pusimos en campaña para instalarnos en Córdoba capital. Por suerte la empresa le facilitó un departamento, así que se nos hizo un poco más fácil. Cuando llegó estuvimos una semana en Paraná, hicimos la mudanza y nos vinimos. Al principio fue difícil, porque los dos extrañábamos, pero al final nos fuimos amoldando. Yo conseguí trabajo en un estudio contable y nos quedamos”.

Desde ese mayo de 2013 ambos comparten sus vidas y proyectos en la provincia mediterránea. “Tratamos de viajar seguido a Paraná, mis viejos prácticamente lo adoptaron a Ale. La verdad que miro para atrás, lo que era mi vida antes y no cambiaría nada. Fue por azar que nos cruzamos, sin imaginar que íbamos a construir un futuro juntos y estar ahí el uno para el otro”, concluye Juliana.

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