Secciones
Diálogo Abierto

"Ahora estamos viendo el desastre que provocó el modelo de la soja"

Los tóxicos, los vecinos que se fueron y los que murieron. Profesionales y academia poco abiertos a mirar el campo como un todo.

Martes 28 de Mayo de 2019

Cuando ingresó a la facultad ya tenía muy en claro, intuitivamente, una idea que luego la enriqueció con fundamentación científica, aplicación profesional y su propia actividad actual como emprendedor: se pueden producir cultivos y alimentos sin químicos, reemplazados por biopreparados.
El ingeniero Julián Parodi –quien lleva adelante un monte frutal agroecológico en Urdinarrain y promueve talleres de huerta orgánica– explica los principios de la Agroecología y cuestiona la falta de pluralismo de la academia al momento de estudiar la producción alternativa al modelo dominante.
Los abuelos y las plantas
—¿Dónde naciste?
—En Urdinarrain, cerca del centro y donde nos conocíamos todos.
—¿Cómo era en tu infancia?
—Es una ciudad bastante chica –con unos 10.000 habitantes– aunque creció mucho y ahora hay gente que no conozco. Antes vivía más gente en el campo.
—¿Lugares de referencia?
—El campito donde jugábamos a la pelota.
—¿Otros juegos?
—Todo lo que fuera deportes y a la bolita. También jugué al básquet e hice natación. Al fútbol jugué en Primera pero cuando me vine a estudiar perdí un poco la actividad física.
—¿Otra afición?
—Siempre me gustó el campo, la Naturaleza, las plantas y la huerta –donde siempre estaba con mi abuela, ya que también tenía quinta–. Andaba siempre detrás de ella –que vivía pegado a nuestra casa–. Era mi otra madre, porque me cuidaba y viví mucho con ella. Le encantaban las plantas y de ella tomé ese amor.
—¿Lo tomabas como un juego?
—Me divertía y todos los días estaba con la tierra, ya que mi abuela vivía entre las plantas y haciendo esquejes.
—¿Alguna enseñanza de ella?
—Cómo hacer un esqueje de una planta a otra, y cuándo y qué sembrar en la huerta. Algunos cultivos entendía bien cómo funcionaban, como el del poroto y la chaucha.
—¿A qué se dedican laboralmente tus padres?
—Mi papá trabajaba en el taller de tornería de la escuela técnica y de secretario en un juzgado de Paz, y mi mamá, secretaria en un estudio.
—¿Leías?
—No, me costaba leer o estudiar (risas).
—¿Sentías una vocación?
—El fútbol y las plantas, aunque no me planteaba qué sería cuando fuera mayor.
—¿Había un mandato familiar?
—Estudiar, pero que eligiera lo que me gustara.
—¿Qué materias te gustaban?
—Geografía, las materias de taller como carpintería y tornería, Biología e Historia.

Diversidad versus modelo agroindustrial

—¿Hasta cuándo mantuviste la afición que desarrollabas con tu abuela?
—Mi abuelo –por parte de mi mamá– también tenía una quinta grande y vendía en el pueblo, hasta que se fundió. Me encantaba charlar con él y también me enseñaba sobre la huerta –de la cual se alimentaba–. Siempre sembraba el tomate con la albahaca para repelente de determinados bichos. Todo lo que es ajo y cebolla conviene sembrarlo juntos con la zanahoria. Cuanto más diversidad hay en la huerta, mejor. Mi abuela –que tiene 95 años– ya no hace huerta, aunque mantiene las plantas y árboles frutales, se interesa por lo que hago y se emociona.
—¿Dudaste al elegir Ingeniería Agronómica?
—No sabía bien porque también me gustaba jardinería, parquización e ingeniero forestal. Justo se venían dos amigos a estudiar acá Agronomía, así que me sumé a ellos.
—¿Qué idea te hiciste sobre la carrera?
—No tenía ni idea, sólo que estaba relacionada con la Naturaleza. Siempre me gustaron los cultivos y las plantas, además de la relación que tenía con la ganadería, ya que mi viejo tenía animales.
—¿Se concilió con las expectativas?
—Los dos primeros años son materias básicas como Física, Matemática y Química, y una materia para tener una idea sobre lo que es la carrera. En segundo año me gustó Zoología –por el estudio de los insectos–. Trabajé cuatro años como becario en ese campo y en maíz, dos años en el consejo directivo, en la comisión del plan de estudios, como tutor y participando en módulos productivos agroecológicos hortícolas y frutícolas, a iniciativa de los estudiantes.
—¿Algún formador importante?
—Hay profesores con los cuales mantengo la relación y amistad.
—¿Cuál fue el perfil dominante en el cual te formaste?
—Cerrado, aunque ahora están llegando nuevos vientos y cambiando un poco –lo cual costó mucho–. Siempre tuve en mi cabeza que no existía la posibilidad de producir un alimento con químicos, pero en la facultad si no tenías ese concepto, seguís encerrado en el mismo camino. Te formaban para el modelo agroindustrial, o sea producir un alimento a base de químicos –sin que hubiera otra posibilidad o te enseñaran una alternativa–.
—¿Por qué tenías tan clara esa idea?
—Porque me gustaba la Naturaleza y no me quedaba con lo que el profesor decía. Buscaba alternativas de producción en libros y en Internet, y así fui afirmando el concepto de producir de otra forma.
—¿Autores o libros determinantes en esa etapa?
—Santiago Sarandón es un referente argentino, docente de La Plata, donde existe la cátedra obligatoria de Agroecología. También Miguel Altieri, Eduardo Cerdá, Nacho (Ignacio) Zamora, Jairo Restrepo y Ana Primavesi –referentes mundial de suelos–.
—¿Qué claves rescataste de ellos?
—La fundamentación científica de que se puede producir sin agroquímicos, que es lo que siempre me cuestionaban. En la facultad era muy difícil porque era muy cerrada. En otras provincias y países hay muchos autores y productores que avalan este concepto.
—¿Por qué se puede producir sin agroquímicos?
—Porque está demostrado y hay productores que lo hacen desde hace muchos años. Es una cuestión de cambio de mentalidad.
—¿En cualquier escala?
—Sí, huerta, árboles frutales o mayores escalas de cualquier cultivo agrícola convencional.
—¿Cuál es la actitud de la academia frente a las corrientes alternativas al modelo dominante?
—Quedaba en la charla y la facultad sigue su camino hasta hoy. Presenté un proyecto para una cátedra libre de Agroecología hace un año y medio –cuando cambio el decano– para productores, ingenieros y gente de la comunidad, pero hasta hoy no se aprobó por parte de una comisión de Agroecología que lo evalúa.
—¿La resistencia es por necedad, intereses económicos o cuestiones ideológicas?
—No hay un solo factor: es una cuestión política, económica y el temor a que lo que se enseñó quede relativizado. El plan de estudios está planteado desde el ámbito nacional, por eso es complejo modificar, aunque también va en el interés que se pone en ello. La mayoría de los docentes tienen la visión del modelo agroindustrial, otros con una visión más orgánica y quienes tienen una posición intermedia.
—¿Es posible una aproximación de estas miradas?
—Sí, aunque hay pocos profesores que te brinden esa alternativa.


Imágenes de la desolación

—¿Qué etapa viviste del proceso de sojización en términos académicos?
—Ingresé en 2008, plena expansión de la soja, aunque comenzó en los 90. Las materias de mayor peso eran las de cultivos –soja, maíz, sorgo, trigo y forrajes–. Cuando participé en el consejo directivo me involucré más en lo político para ver qué se podía cambiar e instrumentar la Agroecología como alternativa. Organizamos charlas y jornadas de fertilizantes biopreparados para árboles frutales, participamos en congresos y también me abrió la cabeza el Congreso de Agroecología Latinoamericano –que en 2015 se hizo en La Plata–. Fui el único representante de Entre Ríos, lo cual habla de nuestro atraso.
—¿Una postal de la sojización?
—Cuando comenzó el boom de la soja el único que quedó con animales fue mi viejo y por la ruta también se veía –y se ve– el monocultivo. No se podía estar en el campo porque llegaba la pulverizadora del vecino y te tenías que ir. Eso hizo que mucha gente se fuera a vivir a la ciudad o muriera –porque arrendaban el campo y le pulverizaban al lado de la casa–. Ahora estamos viendo el desastre provocado por el modelo –por ejemplo, la cantidad de niños autistas, y la cantidad de cáncer y diabetes– y podés escuchar el testimonio de enfermeros y médicos.
—¿Qué nivel tiene el daño de los ciclos naturales?
—La vida, la Naturaleza, puede volver; en principio hay que comenzar por dejar de usar los agroquímicos porque el suelo está agotado y muerto. No tiene microbiología, bacterias lombrices ni hongos. Son campos desolados sin pájaros, pero lo más importante es la vida del suelo –como indicador de lo que pasa arriba–, aunque también están contaminados los arroyos y ríos, como en el caso del Paraná, que fue verificado por la Universidad de la Plata y del Conicet. Hay que cambiar el sistema de producción y conocer las alternativas, asociar otros cultivos para entender la dinámica de las plantas, y si el productor puede, que haga sus propios biopreparados, o al menos conocerlos.
—¿Cómo se recupera el suelo?
—Con los microorganismos, por eso hay que conocer las técnicas de reproducción. Si le damos vida al suelo, los organismos mejorarán su estructura y calidad.
—¿Qué reflexión se puede plantear para el ciudadano urbano, que en la mayoría de los casos ve esta problemática como lejana o directamente la desconoce?
—En los últimos tiempos hay un cambio de la gente y pide otra clase de alimentos. Si el pueblo no demanda, seguirá todo tal cual porque los intereses en juego son muy poderosos. En mi caso, cada vez tengo más pedidos de harina, miel y yerba sin agroquímicos. En los cursos que doy de huerta orgánica le digo a la gente que comience a producir ya, sencillamente, reciclar y separar residuos para hacer una compostera casera. No tirar más los residuos sólidos ya que son utilizables para la huerta, de la cual pueden consumir.
—¿Qué pasa con las semillas, en cuanto que las hay orgánicas y transgénicas?
—Se puede partir de una semilla transgénica –que no es lo ideal– y no aplicar agroquímicos. Hay productores y empresas que venden todo tipo de semillas orgánicas, o se pueden utilizar las del Pro Huerta –que son ecológicas. También se pueden intercambiar semillas entre productores.


La producción y conocimiento hacia un nuevo modelo


Parodi explica aspectos de la producción y comercialización orgánica, y asegura que el mayor temor a encarar cambios se centra en la cuestión de la escala.
—¿Qué desafíos te planteaste al salir de la facultad?
—Un año antes comencé con un emprendimiento de tienda ecológica llamado Tierra Viva y haciendo paisajismo. Luego traté la parte comercial de alimentos orgánicos tales como azúcar, harina, miel, arroz y yerba, contactando a productores de Entre Ríos, Santa Fe y Misiones, con el fin de fortalecer la venta de los productores en su región.
—¿Cuáles son las dificultades en los distintos eslabones de la cadena comercial?
—El productor y los estudiantes plantean la cuestión de producir a escala en forma agroecológica. Ahí está el miedo a cambiar de paradigma. Lo bueno es que en Entre Ríos se está produciendo trigo, centeno, maíz y otros cultivos, a gran escala y en forma agroecológica.
—¿Alguna experiencia particular que hayás analizado?
—Hace poco estuvimos en Gualeguaychú colaborando en una diplomatura de Agricultura orgánica y ganadería regenerativa donde se vio el caso de un productor grande que cambió su sistema hacia uno mixto. Tiene ganadería –sin uso de químicos, salvo la vacuna contra la Aftosa– y cultivos agrícolas, y está totalmente convencido de que lo orgánico es el camino. Antes vivía renegando detrás de los animales y pasó de producir de 28 kilos por hectárea a 200.
—¿Cómo se explica?
—Básicamente, descansando las pasturas y hacer un pastoreo rotativo. La mayor fertilidad que el animal tiene está en la bosta y en la orina; al hacer mucho potrero –con alambre eléctrico– y distribución de las aguadas, se uniforma el bosteo y la orina en ese lote. También hay que conocer y aprovechar bien los pastos nativos.
—¿La Agroecología implica un recupero de conocimiento que en gran medida se perdió?
—Es una nueva ciencia –que involucra y relaciona muchas materias– mientras que en la facultad todo está separado. En la Agroecología ves el campo no sólo como el cultivo de soja, sino todo el ecosistema. Relacionás muchas cosas: los insectos, los árboles, el suelo, la Botánica, la Luna y demás factores.
—¿Tenés alguna página en Internet?
—Sí, Tierra Viva, en Facebook, y en Instagram, tierra_viva_ecología, donde se puede obtener información sobre los cursos y talleres que damos. También trabajo para la Fundación Cauce, en la cual tenemos previsto una serie de talleres de capacitación en Agroecología y producción orgánica, abiertos a la comunidad.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario