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Lunes 05 de Marzo de 2018

A 30 años, ¿qué pasó la mañana en que murió Alberto Olmedo?


La noche del 4 de marzo de 1988, Alberto Olmedo, Divina Gloria, Javier Olmedo, Beleme (un secretario), Juan Carlos Casas (un amigo), César Bertrand y su hijo René, cenaban en el restaurante Hamburgo, sobre la avenida Colón, tras una función a sala llena de "Éramos tan pobres".

René, por entonces un pibito privilegiado de 16 años (hoy actor y director teatral), recuerda: "Todos estábamos contentos y me acuerdo que se acercó un mozo y le dijo a Alberto que tenía un llamado. Era Nancy Herrera, su mujer. Habló con ella, volvió a la mesa y se despidió con una sonrisa. Tengo la imagen nítida en la que mi viejo le levantó el pulgar y le tiró un 'Cuidate, que mañana tenemos dos funciones'. El Negro miró la hora y le respondió: "Tranquilo, recién son las doce y media".

Pero durante la madrugada del sábado 5, Alberto Olmedo había perdido la vida, en su momento de mayor popularidad. "Se murió en la cumbre y tomando champagne, no internado y babeando", testimonió alguna vez su última pareja Nancy Herrera.

Las primeras y tristes imágenes de su cuerpo con el torso desnudo yaciendo en el cemento de una de las calles principales de Mar del Plata se apoderaron de los televisores de todos los hogares. El capocómico cayó desde el balcón del piso 11, ubicado en Maral 39. Tenía 54 años.

¿Qué pasó la madrugada del sábado 5 de marzo de 1988? Nada concreto. Limaron asperezas con Nancy luego de un período de fractura sentimental. Así fue, entonces, que descorcharon un champucito e iniciaron los mimos de la reconciliación. Nancy había cumplido 28 esa noche y las paces se sellaron con la noticia del embarazo. Esperaba un hijo de Alberto. Era un reencuentro especial en el departamento que "El Negro" alquilaba frente a Playa Varese.

Sexo, copas, cocaína... Se habló de suicidio, de un estado de euforia producido por mezclas varias. "Era muy inquieto, pasó del interior del living hacia el balcón. Para mí eso era normal, pero no fue normal que se ponga a jugar al caballito en la baranda del balcón, estaba boludeando", explicó Herrera, años después, para un especial de Telefe.




Cuando llegó al departamento Nancy lo estaba esperando. Lo supo porque leyó un "Te amo" en el espejo. Descorcharon un champagne e iniciaron el juego erótico de la reconciliación. Minutos antes ella había cumplido años. Tenía 20 cuando conoció a Olmedo y esa noche, con 28, las cosas parecían sellarse para siempre: estaba embarazada de dos meses, esperaba un hijo suyo. Se lo dijo, y eso dio pie para que el tiempo se estire como un elástico. Siguieron el juego, entre las burbujas de champagne y los lagartos de cocaína, en el departamento que alquilaba frente a Playa Varese.

Hasta que a las 8:30 de la mañana se oyeron los gritos. Los vecinos del piso 12 se lo relataron a la Policía con mejor detalle:
—¡Me caigo, mamita, me caigo! ¡Agarráme la pierna! ¡Agarráme la pierna!
—¡Yo te agarro, papito, te agarro! ¡Pero no puedo, no puedo, no puedo!




A treinta años exactos de su trágica desaparición, Olmedo se mantiene omnipresente por mérito propio en un lugar privilegiado de nuestra memoria en términos de cultura popular. Prueba de ello es el homenaje conmovedor que desde hace años Martín Bossi le hace en su espectáculo teatral, o el video que el viernes empezó a filmar en la piel del querido Negro rosarino -tan negro, querido y rosarino como Fontanarrosa-.

O la estatua de su Borges (con Alvarez), en Corrientes y Uruguay, que es la más fotografiada entre todas sus pares. Hasta hay un musical que se estrenó este año en Miami y en mayo desembarcará en Nueva York: La hija de Olmedo, protagonizado por Sabrina, afincada en Estados Unidos hace 17 años. "Me pone muy contenta homenajear a mi viejo tan lejos de Argentina y descubrir la cantidad de seguidores latinoamericanos que tenía. Yo le rindo tributo a papá como hija, le canto, charlo con él y hasta lo entrevisto en un montaje producido para la ocasión", dice la única hija mujer de Olmedo.

Los que pasaron las cuarenta recuerdan que No toca botón, su nave insignia, debutó en pantalla de Canal 11 en 1981, bajo la dirección de Hugo Sofovich. A partir de allí conocimos esa paleta de criaturas tan reconocibles e identificables, que entró a los hogares argentinos a través de la televisión -llegó a tener mediciones que alcanzaron los 45 puntos de rating-, el cine y el teatro.

Cómo no subrayar a personajes como Rucucu, El Manosanta, el Yeneral González, el encantador Borges del sketch con Alvarez (Javier Portales) y ese par de perdedores sin igual como Chiquito Reyes, el marido cornudo, y Rogelio Roldán, el explotado jefe de cadetes.

Brodsky, que encarnó a la Bebota en un reciente espectáculo de Bossi, no titubea a la hora de reconocer la costosa acefalía que significó el repentino adiós del rosarino para la troupe femenina: "Yo le debo todo gracias a él. No me da vergüenza decirlo, al contrario me enorgullece saber que él me dio vida en este mundo de ficción".

El Capitán Piluso fue su primer éxito (desde 1960 y durante veinte años), algo eclipsado, luego, por su perfil más pícaro y ramplón.

​Injustamente olvidado, quizás eclipsado por todo lo que vino a partir de la década del ochenta con la fantástica fauna que rodeó a No toca botón, hay que hacer mención a su primer gran éxito, ese que desembarcó en 1960, en Canal 9: El Capitán Piluso, el de "¡a tomar la leche!" junto a su fiel ladero Coquito.

Con su clásica remera rayada, el gorrito y una gomera, Piluso aparecía todas las tardes en la televisión para acompañar la merienda de los chicos durante veinte años. Hasta tuvo una histórica pelea con el invencible Martín Karadagian -capo de otro monstruo generacional como Titanes en el Ring- en el Luna Park, que lució colmado para asistir a aquella disputa en la que por única vez el armenio Karadagián fue derrotado nada menos que por el esmirriado Capitán. Aquel combate sirvió, además, para que a partir de ese momento también los "Titanes en el Ring" tuvieran su propio espacio en la TV.

En la memoria de los chicos –que hoy peinan canas– quedó aquel Piluso tierno y travieso al que le cantaron Luis Alberto Spinetta (Piluso y Coquito) y Fito Páez (Tema de Piluso). Para esos pibes grandes, no hay merienda si no hay Capitán.

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