Secciones
A Fondo

Un relato salvaje

Fue como en la película Relatos Salvajes o parecido. Ayer a la tarde en pleno centro de Paraná, con más precisión: San Martín y Carbó a las 16.25, dos hombres protagonizaron un pequeño bochorno.

Miércoles 05 de Noviembre de 2014

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO
pfelizia@uno.com.ar

 

 

 

 

 

Fue como en la película Relatos Salvajes o parecido. Ayer a la tarde en pleno centro de Paraná, con más precisión: San Martín y Carbó a las 16.25, dos hombres protagonizaron un pequeño bochorno.
A juzgar por algunos detalles del hecho, el conductor de un vehículo gris lo arrimó muy cerca del otro: un utilitario blanco. Es más, por las marcas que tenía el segundo en el lateral hasta es posible que lo haya rozado; nada que un seguro no pueda resolver. Hasta ahí, una imagen común y cotidiana para una ciudad llena, exageradamente  llena de autos.
El conductor más joven, el del utilitario blanco, en lugar de buscar algún acuerdo, bajar la tensión o aceptar que un roce puede ocurrir, le gritó: “Viejo choto, aprendé a manejar” (pido disculpas por el vocabulario, pero es textual. Igual a esa hora la calle estaba llena y cualquiera que pasó por ahí podrá recordar incluso algunos detalles más picantes).
Con la puteada al hombre mayor, continuó un intercambio de opiniones infundadas que versaron entre las capacidades de manejo de uno y las condiciones mentales del otro; entre la mala predisposición para manejar del primero, contra la juventud engreída del segundo; y entre las pelotas o bolas grandes del viejo, contra la vida dura y compleja de la madre del más joven (y viceversa). 
Hasta ahí, el resto (y me incluyo) solo mirábamos porque entendimos que la cosa iba a quedar en eso, en el intercambio de pareceres sobre la filosofía de vida de cada uno.
El conductor más viejo, cuando el semáforo se puso en verde avanzó hasta la esquina y no reparó (o se hizo el que no reparó) en que el más joven había bajado de su auto blanco para profundizar su enojo. El hecho provocó que debiera ponerse de costado y esconder la panza para no ser arrollado. Quienes mirábamos, ahora sí supusimos que el conflicto llegaba a su fin.
Pero dos segundos después, cuando el muchacho se volvió a meter en su vehículo, el más viejo bajó del suyo. Caminó lento por la calle (bien enfrente del Complejo Educativo Juan Domingo Perón), pausado y como con cierta tranquilidad se acercó hasta el otro y lo esperó, paciente, hasta que termine de estacionar el utilitario.
El más viejo entonces, se acercó a la ventanilla y ahí, en lugar de pedirle disculpas, de hacerle algún planteo al estilo, “quedate tranquilo”, “disculpame” o “todo tiene arreglo” entre un conjunto grande de posibilidades, dejó ver que llevaba un fierro rojo y le tiró un primer puntazo a través del vidrio abierto. No tenía mucho espacio, es cierto, así que el segundo golpe solo quedó en un amague y lo mismo el codazo que intentó como tercera opción. El más joven gritó: “Dale tocame” y agregó otro decorativo literario al encuentro.
En ese mismo momento un tercer hombre que estaba parado en la vereda de enfrente les pidió que se dejaran de joder (usó esa palabra, “joder”) y sostuvo luego: “¿No ves que te va a matar, pibe?”. Quizás, eso de “pibe” molestó, porque el joven se la agarró con este, el tercero, e intercambiaron opiniones parecidas a las de antes.
Mientras el conductor más viejo volvía silencioso y al mismo paso lento a su vehículo, le tiró un fierrazo al farol izquierdo del vehículo blanco y acertó un poco más abajo: sonó a chapa que se hundía.  El de enfrente, el tercero, le pidió al pibe que se tranquilizara, pero ya no utilizó esa palabra que al otro había irritado.
Pero cuando parecía que ahora sí, todo el bochorno terminaba y que la cosa se había calmado, el más joven sacó la mitad de su cuerpo del auto blanco y arremetió con otro rosario de puteadas al conductor viejo, que esta vez, quizás por las miradas de reproche y porque ya había un tercero, se fue por el mismo camino que debía haber realizado antes de la pelea.
El intercambio intelectual duró apenas 20 o 30 segundos. Al resto, los que estábamos más alejados, no nos dio tiempo para decir nada o, no sé, quizás sí, pero igual solo nos detuvimos a mirar: había taxistas, estudiantes con mochilas, varios viejos y al menos un periodista que pasaba por el lugar.
La mayoría, cuando terminó el conflicto nos dimos vuelta, seguimos con los problemas diarios y cada uno con sus cosas continuó el camino que más o menos tenía trazado; así, como si nada, como si cada vez sea más común y natural encontrarse a la vuelta de cualquier esquina con uno de estos relatos salvajes.     

¿Te gustó la nota?

Dejá tu comentario