Un cuento argentino

Jueves 11 de Septiembre de 2014

Vanesa Erbes / De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar

 

 

 

Soy de la generación que tuvo acceso a aquellos cuentos que, más allá de las aleccionadoras metáforas que procuraron realzar determinados valores que respondían a un status quo imperante, tenían finales felices.
Esa estructura narrativa que se ancló en la memoria colectiva durante siglos y que aún hoy sigue vigente, pero a lo mejor sin tanta fuerza, me lleva a esperar un final feliz detrás de todos los nudos que se tejen en las historias de la vida cotidiana. Pero a veces eso no pasa. Y no solo me encuentro con finales que distan años luz de tener un desenlace dichoso, sino que además hallo a menudo historias que parecen no tener fin y que se replican sin cesar.
Como esta que voy a contarles a través de una breve analogía con aquel relato del francés Charles Perrault, La bella durmiente del bosque.
Mi crónica versa en esta ocasión sobre un bello durmiente que habita una jungla urbana, uno de los tantos miles.
Lo vi un día cuando andaba por Buenos Aires, acurrucado en su sommier de cartón, soñando quién sabe con qué mejores vidas. También lo vio un policía. Y le explicó, mostrándole la cachiporra, que soñar está prohibido; le recordó que a cierto tipo de gente solo le caben las pesadillas: la de las etiquetas que condicionan a los sectores más vulnerables y vulnerados; las de la discriminación permanente; las de la violencia simbólica cotidiana naturalizada y sostenida.
Este bello durmiente no tuvo oportunidad de aclararle al emisario de la ley que dormía a la intemperie porque había sido víctima de la inseguridad: unos malvivientes (que paradójicamente viven muy bien) lo encañonaron con el hambre ya desde que nació y no le arrebataron una cartera llena de chucherías, sino nada más y nada menos que su futuro. Y aunque lo despojaron de todo, incluso de la esperanza, nadie convoca a realizar marchas para que le repongan lo que alguna vez le arrancaron, sometiéndolo a la marginalidad.
Este hecho que acabo de compartir es una historia real y cualquier semejanza con la ficción es mera coincidencia.
Ojalá dejemos de creernos el cuento que los opresores nos imponen con respecto a que cierta franja de la población, por sus características físicas, su aspecto o su condición social son malos, delincuentes, facinerosos. Ser bandido no es patrimonio exclusivo de la pobreza.
No discriminar a partir de meros prejuicios y fomentar la inclusión social es una responsabilidad colectiva. Se logra con políticas públicas, es cierto; pero también con acciones cotidianas que cada uno puede hacer desde su humilde lugar. Se puede empezar considerando a los desposeídos como iguales, como personas con derechos y merecedores de mejores oportunidades para que puedan tener una vida más digna.