Jueves 22 de Mayo de 2014
Alfredo Hoffman/ De la Redacción de UNO
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En términos políticos, la década actual se inició el 27 de octubre de 2010, el día que murió Néstor Kirchner. Así como la década del 90 finalizó, en realidad, el 20 de diciembre de 2001.
Los 90 empezaron antes de lo que indicaba el almanaque: el 8 de julio de 1989. Ese día Menem asumió su primera presidencia en forma anticipada, ante la renuncia de Raúl Alfonsín en medio de un clima de hiperinflación y desconcierto generalizado. El nuevo mandatario encaró un gobierno que poco tuvo que ver con sus promesas de campaña. Arrancó con la sanción de la Ley de Reforma del Estado, que habilitaba la privatización de la mayoría de las empresas estatales, y avanzó dos años después con la Ley de Convertibilidad, dos medidas que marcarían toda la década. La entrega del patrimonio nacional y el servilismo hacia las corporaciones multinacionales fueron dos de sus características principales, en un contexto latinoamericano que iba en la misma dirección.
Las políticas del menemismo estuvieron acompañadas por una creciente banalización de la función pública. Era común ver al presidente piloteando autos de carrera, aviones, helicópteros; ostentando una Ferrari, jugando al fútbol, al tenis, al básquet; construyendo la cultura de la pizza con champagne que impregnó a su gobierno y a gran parte de la dirigencia. La acumulación de casos de corrupción fue otra nota saliente de aquellos años, hubo funcionarios condenados y el mismo Menem llegó a estar preso por el contrabando de armas. En paralelo con todo esto, la participación política, que suele tener como motor principal a las fuerzas juveniles, fue en declive. No solamente en cuanto a la cantidad sino a la calidad de la participación. Se instaló una idea de la militancia con el lucro y el poder como objetivos más que la solidaridad o el apego a una causa o una ideología. Militar en un partido era, para muchos, un camino válido para llegar a pertenecer a una elite gobernante que gozaba de numerosos privilegios. Fueron muchísimos también, ante este triste escenario, quienes adoptaron posiciones escépticas, descreyeron de la política y de los políticos. Y en parte perduraba el disciplinamiento impuesto con sangre por la dictadura. Claro que hay que hacer la salvedad de los focos de resistencia que hubo a lo largo y ancho del país.
Aquel escenario no cambió con el fin del menemismo. El gobierno de Fernando De la Rúa continuó por ese camino económico, político y cultural que llevaba irremediablemente a la eclosión. Apenas cambió una parte del menú: la pizza fue reemplazada por el sushi.
Diciembre de 2001 fue una bisagra. La crisis multidimensional envolvió al país en un caos y dio inicio a una década de transición: retornaron las ideologías, las asambleas, las organizaciones populares que más tarde darían paso a una nueva dirigencia que se sumaría –aunque no reemplazaría– a los representantes de la vieja política. Desde el 25 de mayo de 2003, Néstor Kirchner incorporó a algunos de esos dirigentes surgidos de las luchas del 2001; dio marcha atrás con una buena porción de las medidas entreguistas del menemismo y recuperó en su discurso las consignas que parecían perdidas en los recodos de la historia reciente. Revalorizó la militancia de los 70 y propició las organizaciones juveniles del peronismo. Sin embargo, las contradicciones siempre presentes y los efectos de los 90 todavía vigentes siguieron impregnando de apatía e incredulidad a buena parte de la sociedad.
La década del 2000 empezó a terminar con los sucesos que dividieron a dos aguas a la opinión pública: el llamado “conflicto del campo” de 2008 y el debate en torno a la Ley de Medios en 2009. El kirchnerismo logró con esto interpelar a los ciudadanos y obligó a muchos a tomar partido. Pero no fue hasta el velorio de Kirchner que este decenio de transición concluyó. El desfile incesante por delante del féretro de argentinos arribados desde todas las provincias, en su gran mayoría jóvenes, propagado por todos los medios de comunicación, fue la visibilización masiva de un movimiento político nuevo y genuino, alejado de la militancia utilitaria de los 90.
Hoy el debate y la participación política es parte del paisaje cotidiano. En todos los partidos y en todas las edades. Asombra la cantidad de ciudadanos que cada día eligen integrar una organización política –partidaria, gremial, estudiantil. Consecuencia de las luchas populares o mérito del kirchnerismo. O ambas cosas a la vez.