Tiempo de la “Pasto Verde” (Carmen Funes de campo, fortinera)
Serie: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo.

Lunes 15 de Diciembre de 2014

Carlos Saboldelli / Especial para UNO
csaboldelli@hotmail.com

 


Hay historias que están encapsuladas y hasta parecen extraviadas. Surgen de los libros, de las academias, de algunos estantes de madera o anaqueles de chapa de las bibliotecas, de recopilaciones en archivos particulares o en los cajones pulcros de algunos archivos modelos. Todas ellas están ahí, quizás esperando alguna revisión y porqué no, hasta algún hallazgo impertinente pero vivificante.


En todos esos sitios…tan apacibles, donde mundos perdidos esperan que alguien los convoque para volver a sentir. Quizás (y tan solo quizás) como esta que sigue.

 


 
La casualidad del poeta

 

Hace varios años un poeta errante circulaba por esos caminos pretéritos de la Patagonia argentina. En el Neuquén, donde el petróleo es como el agua y vale como el oro, los paisajes suelen ser agrestes y casi secos en gran parte de ese territorio. Las vistas son conmovedoras y rememoran distancias y épicas, ahí donde el silencio parece un dulce bálsamo imperturbable. En ese mismo sitio, una extraña contradicción subyace porque en el mismo espacio donde los vientos son tremendos, donde a veces es necesario sostenerse para que el vendaval no te tumbe y donde la ventisca lastima los oídos entre fuerza y arenisca resulta que ninguna de las historias centenarias ha desaparecido. ¡Tanto viento y las historias que vienen y van!


Aquel poeta (Marcelo Barbel) tuvo el designio de detener su vehículo en el preciso lugar y momento en el cual, una vieja tumba solitaria expresaba algunos sucedidos que solo el interlocutor exacto sabría descifrar.


De allí a las canciones, por fortuna solo quedan breves pasos y eso fue lo que sucedió: La Pasto Verde.


Podría haber sido un invento, una ensoñación, alguna fiebre de escritor que pareciese una historia. Aún recuerdo esas dudas sobre la existencia de Evaristo Carriego, cuando decían que era casi un sueño de Borges. Podría haber sido todo eso, pero no.

 

 

La madre de todos

 


Hacia 1870 y pico y en plena campaña del desierto entre los auxiliares de combate de los expedicionarios se encontraba doña Carmen Funes, fortinera. Su misión era la asistencia de heridos y médicos (si los hubiera), la atención de los quehaceres de supervivencia y desde ya ese tipo de tareas que por la época se destinaban exclusivamente a las mujeres.


Claro que la vida en el sur (sazonada con una expedición militar) no era un asunto de mero tránsito. Porque más allá de las aviesas intenciones y desesperados deseos comerciales de los sectores que impulsaban y financiaban la guerra, la vida de los soldados era poco más que paupérrima.


En ese entorno, en aquellas estepas del desierto y entre las ventiscas, le tocó a la pobre Carmen hacerse cargo de mucho más que aquello por lo cual la habían contratado; y así terminó haciendo de confesora y oyente de heridos, mutilados y otros combatientes en la desesperanza. Extraña vida la de aquella fortinera, transformada por las circunstancias en la madre de todos.


Carmen había acompañado a las tropas por los sitios más inhóspitos de la Patagonia y fue copartícipe de la fundación de los fortines de guerra ubicados en las localidades de Carhue, Trenque Lauquen y Puán. También había asistido a los soldados heridos en la medida que las escasas posibilidades logísticas le permitieran, y elaborado comida para cientos tan solo con algunas verduras y carnes magras.  Sin embargo, muchas veces no era suficiente esta actividad y la desesperación de salvar la vida hizo que montara a caballo y se transformara también en una guerrera más. Caray con las amazonas criollas.

 

 

La posta de la Pasto Verde

 


Lo cierto es que terminada la mayoría de aquellas batallas, la Patagonia conquistó a la  Pasto Verde y la abdujo para siempre. Ella se cautivó de aquel lugar que era apenas un paraje, de ese sitio inhóspito pero aquerenciable. Nació entonces la posta de la Pasto Verde, un sitio donde los viajeros y los errantes podían abastecerse de caballada de repuesto, una comida caliente y sobre todo agua fresca.


En ese sitio, aquella mujer vivía sola y si bien la presencia de peligros se había reducido a alguna solapada aparición del bandidaje, la crudeza del clima, lo rudimentario de los medios y sobre todo la desolación del lugar hacían de aquella estancia más que un trabajo una especie de purgatorio. Dicen que en aquella zona el agua de las aguadas tenía un tremendo gusto a querosén. Dicen y solo dicen, pero la verdad es que al tiempo nomás en Plaza Huincul se descubrieron los primeros pozos petroleros del país.


Como fuera, la posta se transformó en un obligado paso para cualquiera; y remembrando los años de fortinera era que también actuaba de confidente y madrina. Y tal vez por eso, en ese sitio donde la soledad parece hastío el sobrenombre brotó de inmediato: Pasto verde.


Uno puede imaginarse muchas cosas, tomar cualquier atajo para interpretar el porqué de ello y la verdad es que resulta mucho más sencillo. Porque Pasto Verde es un elogio, una alabanza impuesta como nombre por aquellos criollos a usa mujer solitaria. Pasto Verde es lo que crece solo por virtud en la estepa semidesierta del sur argentino, Pasto Verde era Carmen Funes.


Allí quedó, viendo pasar las tropillas, algún tren remoto y la extinción de las culturas originarias hasta el 15 de diciembre de 1916 en que su destino tenía prevista una página diferente. Algunas versiones dicen que falleció en el parto, otras que sufrió el abandono de su pareja y no pudo sobrellevarlo y así se multiplican y diversifican las leyendas ímprobas. Vaya uno a saber, prefiero pensar en la fortaleza incólume de aquella fortinera simplemente vencida por el paso de los años.

 

 

El retorno del poeta

 


Las historias son así. Aparecen y desaparecen a su arbitrio, al azar o deliberadamente pero ajenas a las voluntades de los hombres. Así nomás habrá sido con esta, casi como una recriminación de abandono u olvido.


Marcelo Berbel (a quien mencionamos al principio) se encontró de repente con una encrucijada de rejas de hierro y algunas flores dispersas. Era por cierto la tumba de Carmen Funes o la Pasto Verde, allí mismo en un paraje cercano a su posta y ahí nomás de Plaza Huincul. De inmediato tomó un cuaderno prestado y tarareando entre el viento y la polvareda una zamba espontánea, surgió justamente esa (La Pasto Verde) que luego llevarían por todos lados José Larralde y Jorge Cafrune.


Quiso la sensibilidad y algún recuerdo peregrino que la historia apareciera de golpe, inmediata y certera como siempre sucede. Puede haber sido una casualidad, claro;  o hasta un mero accidente en el cual un sujeto se topara con esas circunstancias. Podría haber sido eso, por supuesto.


Pero para mí, la Patagonia por ventura hizo de sus recuerdos lo que siempre hace: sencillamente magia.

 

 


SERIE: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo: Serie realizada en exclusiva para Diario UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros).