Te llevaré por todas partes
Serie: Pioneros, constructores y otras audacias empedernidas. (Los mateos en Paraná, sicilianos de Leonforte y algún rasguido de Armando Discépolo)

Lunes 19 de Mayo de 2014

Carlos Saboldelli/ Especial para UNO
csaboldelli@hotmail.com

 

 

El viejo libro latía en la biblioteca. Al decir de Adolfo Golz, si uno pudiera llamarlos y vinieran sería mucho más fácil encontrarlos y aunque esto no es así, siempre supe que andaba por algunas coordenadas específicas.

 

Es una publicación sencilla que da cuenta de la vida de los inmigrantes de Leonforte (Sicilia) en Paraná entre los siglos XIX y XX que  esconde entre sus hojas de gran tamaño historias de Mateos e italianos, de hombres y herramientas decididas con empeño a ser el sustento de familias enteras, al compás de trotecitos y relinchos que golpeteaban los adoquinados de una ciudad incipiente. Su autor fue un vecino de por acá nomás, don Francisco Maccarone Rindone.

 

Porque hacia los años 30 y 40 todo era muy diferente. Tiempos ordenados y silenciosos, puerto pujante, ferrocarril poderoso, veredas para peatones y calles para los vehículos más rápidos que habían pisado la ciudad…los mateos.

 

En realidad, una especie de carruaje encapotado y oscuro, tirado por caballos que hacían las veces de transporte especial y selecto, en el cual las personas podían trasladarse hacia sitios no previstos en los circuitos de los tranvías, o a otros alejados de la urbe y también en horarios o urgencias especiales.

 

De alguna forma, claro, eran los antecedentes de taxis y remises, prestando un servicio público, pero fundamentalmente enmarcando la ciudad con un tableteo constante de pezuñas y empiedres, en las calles enmarañadas de un pueblo ribereño y barrancoso. Y así como muchas cosas eran diferentes, también lo eran las acepciones de algunos términos. Porque el conductor del mateo no era “chofer”, tampoco “piloto” ni mucho menos “automovilista”; el conductor de aquellos vehículos era directamente “cochero”.

 

Sobre la Plaza grande la ciudad y en la esquina de Urquiza y San Martín enfrentada a dónde funcionara una gran tienda llamada Gath & Chaves, un significativo grupo de leonfortenses y otros sicilianos hacían la parada donde se los podía encontrar. A veces uniformados o simplemente con sus gorras y bigotes profusos prestaban desde allí mismo el servicio a destino. Aunque también, en días especiales o magníficos se los contrataba para recorrer todos los verdes del Parque Urquiza, insuflándose de los semblantes de aguas y de cielos con que las tardes  de las riberas suelen narcotizar a los paseantes.

 

En otras ocasiones (durante las añoradas festividades del carnaval) se les corría la capota y de carruajes  que eran se transformaban en carrozas, bajo los atavíos de guirnaldas, flores y papeles de colores desplazándose entre comparsas y murgas como el mejor de los festejantes. Dicen por allí que fiestas, amores, urgencias, desencuentros y felicidades solían ser los pasajeros constantes de aquellos bólidos de tracción a sangre.

 

El viejo libro de don Francisco Maccarone Rindone rememora algunas andanzas de esa época y de esas modalidades. Por cierto y por fortuna, también recuerda los apellidos de aquellos “cocheros” que dominaban las calles y las aceras como sus propios dominios. Así es que habla de Nuncio Laferrara, José Sanfilippo, Salvador Sanfilippo, Domingo Maccarone, Vicente Zino, Nicolás Calandra, Juan Cati, Víctor Bellini, Nicolás Floresta, José Screpis, Salvador Bacalluzo, Antonio Bacalluzo, Tufano Russo, Mesina y Salamone.

 

En verdad, todos nombres y apellidos que de alguna forma nos resultan oídos, tal vez por cercanos, tal vez por recuerdos. Pero lo cierto es que la mayoría de ellos provenían de Italia y más precisamente de Sicilia. Y más refinado aún, de un pueblo llamado Leonforte desde donde en algún momento, desde algún puerto y con un solo destino emprendieron un viaje a América.

 

Dice don Maccarone que estaban “los caballos y sus arneses engalanados con penachos multicolores, campanillas y cascabeles al mejor estilo de los carretos sicilianos, en los que lucían las jovencitas ya sea vestidas de hadas, de damas antiguas con lujosos vestidos de satén y polleras con miriñaque como en la época de la independencia”.

 

El más ideal de todos los mundos siempre tiene como punto débil saber que nunca es perpetuo, y que siempre hay un fin en todo;  y aún en los casos de los seres y las cosas sencillas y felices un marcapasos imaginario recicla siempre las sensaciones.

 

Porque quien diría que la amenaza para el esplendor de los mateos no fueron ni las enfermedades equinas ni la carestía de la vida sino (como tantas otras veces) el progreso que tronaba las calles con definidas formas: el automóvil.

 

Así fue como los golpeteos en los adoquines, los arneses engalanados, los asientos de cuero lustrosos y brillantes fueron quedando atrás en una agonía de belleza indetenible y cruel, transformando el lirismo en motores y equinos con cola en otros metálicos.

 

El viejo libro volvió a su anaquel, rescatado y revivido algunos días. Extraño destino que ojalá pudieran haber tenido aquellos cocheros y sus Mateos, protagonistas insustituibles de una época que se rememora.

 

Tal cual lo dijera Armando Discépolo, descubriendo la intensidad de una lucha que se había terminado y no tendría retroceso, en la cual los caballos y los carruajes se archivarían entre establos y olvidos; pero donde el dolor del tránsito hacia la modernidad recaería tristemente en los cocheros. En su obra de teatro titulada justamente Mateo, un viejo italiano renegaba contra los sinsabores pero aún así, su dignidad le impediría resignar para siempre su condición de consuetudinario cochero, tal como en este parlamento de la obra cuando el viejo “tano” Michele decía: ¿Yo chofer? Ante de hacerme chofer -que son lo que me han quitado el pane de la boca- ¡me hago ladrón! ¡Yo vaya morir col látigo a la mano e la galera puesta, como murió me padre, e como murió me abuelo! Chofer. .. ¡No! Lo que yo tendría que ser so do minuto presidente. ¡Ah, qué piachere..! Agarraba los automóvile con chofer e todo, hacía un montón así, lo tiraba al dique, lo tapaba con una montaña de tierra e po­nía a la punta este cartel: “Pueden pasar. Ya no hay peligro. ¡S ‘acabó I’automóvile! ¡Tómeno coche!”.

 

El entorno de la noticia

 

Armando Discépolo: escritor, director y dramaturgo argentino nacido en 1887 y fallecido en 1971. Autor de célebres y reconocidas obras como Mateo, Muñeca, Patria nueva y otras. La obra Mateo fue protagonizada en la década del ’80 por el actor entrerriano Osvaldo Terranova, nativo de la ciudad de Villaguay.

Francisco Maccarone Rindone: ciudadano paranaense, inmigrante siciliano y autor de obra de divulgación sobre inmigración en Paraná.
Leonforte: ciudad de Sicilia, en la provincia de Enna. Está hermanada (gemellagio) con la ciudad de Paraná desde el año 1991, durante la gestión del intendente Mario Moine.

SERIE: Pioneros, constructores y otras audacias empedernidas: Serie realizada en exclusiva para UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros).

 


Fragmento de la obra de teatro Mateo:

 

¿Yo chofer? Ante de hacerme chofer -que son lo que me han quitado el pane de la boca- ¡me hago ladrón! ¡Yo vaya morir col látigo a la mano e la galera puesta, como murió me padre, e como murió me abuelo! Chofer. .. ¡No! Lo que yo tendría que ser so do minuto presidente. ¡Ah, qué piachere!. .. Agarraba los automóvile con chofer e todo, hacía un montón así, lo tiraba al dique, lo tapaba con una montaña de tierra e po­nía a la punta este cartel: “Pueden pasar. Ya no hay peligro. ¡S ‘acabó I’automóvile! ¡Tómeno coche!”.

Armando Discépolo