Sueños hechos pelota
La mercantilización del fútbol infantil ha hecho olvidar varias cuestiones fundamentales, como la pérdida del niño, al derecho a jugar. Con presión, con competencia, no hay juego.

Domingo 18 de Mayo de 2014

Daniel Caraffini/ De la Redacción de UNO

dcaraffini@unoentrerios.com.ar

 

Al calor de las masas se anidan los más puros y los más espurios sentimientos en torno a los chicos. Pasión y ambición se mezclan y confunden en un millonario negocio, en el que los chicos se convierten en una mercancía.

La mercantilización del fútbol infantil ha hecho olvidar varias cuestiones fundamentales, como la pérdida del niño, al derecho a jugar. Sobre ellos recaen las presiones de demostrar a diario de ser los mejores, de triunfar, de ser la salvación económica de la familia. Con presión, con competencia, no hay juego.

La semana que pasó, La Capital de Rosario realizó una entrevista al escritor y periodista chileno Juan Pablo Meneses, por la publicación del libro Niños futbolistas. Una crónica extrema sobre el negocio del fútbol.

Entre tantos conceptos y hechos que relata, resalto dos: la primera, que en el fútbol de hoy todos los niños tienen su precio. “La primera vez que me acerqué a un padre y le pregunté a cuánto me vendía a su hijo, pensé que iba a reaccionar mal. Lo más brutal es que me di cuenta que me daban precios y negociaban”.

La restante, es la adjudicación de culpa de este fenómeno a Lionel Messi, por su éxito, no por su persona. “Su compraventa fue tan brutalmente exitosa que despertó la ambición de padres y empresarios. Muchos piensan en comprar un chico para transformarlo en un producto de cientos de millones de euros. Todos buscan al nuevo Messi”.

Cuando hablamos de la realidad social, de violencia, de falta de valores, de solidaridad, de compromiso social, hay una suerte de exculpación colectiva. Y no asumimos que parte del cambio cultural de los últimos años, o un par de décadas, es el corrimiento de la educación como pilar fundamental de una sociedad, y su potente rol como factor de superación social y de convivencia pacífica.

‘Mi hijo el doctor’, ‘Mi hijo el ingeniero’, son deseos escuálidos, menos presentes hoy. “Estoy medio amargado porque mi pibe no quiere ir más al fútbol. Es un boludo”, me contó días atrás un amigo.

En Paraná, en la región, en el país y en el mundo, el fútbol infantil va relegando su poder y carácter formativo, aquel que todos conocimos para hacer amigos, crecer juntos, confraternizar, ganar, perder, pelear, pero por sobre todo, disfrutar. Y se convirtió en un mero pulidor de talentos, en una máquina que va dejando en el camino a los que menos se destacan. La salvación: que entre cientos, uno alcance trascender. Así, cada práctica o partido es una prueba, más que una diversión. No hay formación ni contención.

Con la excusa de que a los chicos les gusta jugar al fútbol todo el día no se les muestra que hay también otros proyectos de realización de vida.

Todo cura quiere ser Papa, pero no todo cura está obligado a ser Papa. Dicho de otra manera: todos los que jugamos al fútbol alguna vez soñamos con cantar el Himno Nacional con la Selección nacional antes de un partido, o jugar un Mundial.

Pero en nuestra infancia “tardía” –empezamos a los 8 años, mientras hoy hay escuelitas desde los 3 años–, y durante nuestra adolescencia, los padres que gritaban a sus hijos en la cancha eran pocos, tristemente conocidos por todos. Ganar tenía el dulce sabor de triunfar con los amigos; en la derrota, recuerdo pocas peleas y casi nunca una condena a un compañero por errar un penal o fallar en el cierre de un gol contrario.

Los tiempos pueden ir cambiando, pero la vida siempre sigue siendo la misma, y es de uno. Y esa sería la mejor tarea para niños y jóvenes: que ellos elijan su destino, con responsabilidad, decisión y pasión.

Si obligamos a nuestra infancia a rendir en el deporte como la alta competencia, que en esa etapa de formación de las personas resulta incompatible con los valores, estamos condenando al fracaso a las nuevas generaciones y haciendo pelota los sueños y el futuro de nuestros chicos.