Solo hace falta hablar

Domingo 13 de Septiembre de 2015



Existen relatos que viajan por el tiempo como impulsados por el viento. Son historias dichas y escuchadas, que permanecen en el imaginario colectivo durante décadas. Algunas no pasan del terreno del mito y la ficción. Pero otras fueron paridas por la experiencia de alguien, por lo percibido mediante los sentidos de uno o varios testigos que luego las pusieron a circular. Son historias que sobreviven como meros cuentos hasta que alguien se encarga de investigarlas, reconstruirlas, contrastarlas con pruebas para dotarlas de sentido y constituirlas como verdades. Los historiadores están acostumbrados a hacerlo y –aseguran– lo realizan con rigor y método científico. Y también lo hace el Poder Judicial, con sus propios procedimientos.

A esto último es a lo que querían llegar estas líneas. Desde la reapertura de las causas por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, jueces, fiscales, juristas, investigadores y organismos estatales y no estatales de derechos humanos se han puesto a capturar relatos para comprobar la comisión de crímenes aberrantes, para atribuir responsabilidades y para reconstruir la verdad histórica. Abundan ejemplos de testimonios orales –en ocasiones también documentos– que le dan forma a aquellos discursos viajeros para que dejen de ser anécdotas difusas y se transformen en prueba de cargo. Se pueden mencionar los numerosísimos comentarios de quienes han presenciado escenas de secuestro de personas en la vía pública, empresas, facultades, casas; y por supuesto la memoria de los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención y familiares de las víctimas.

Montajes de falsos enfrentamientos para encubrir asesinatos de militantes nunca pudieron sostenerse más que como farsas, pero igualmente necesitan de la judicialización que acabe por desenmarscararlos. Es el caso de la Masacre de La Tapera, en Paraná, donde mataron a Carlos Fernández (desaparecido) y Beto Osuna, de la que el 25 de septiembre se cumplirán 39 años.

Muchos vecinos de avenida Ramírez y La Paz, y ocasionales transeúntes, siempre supieron que el 2 de mayo de 1977 un hombre escapó del baúl de un auto, corrió hasta un baldío y ahí nomás, a la luz del día, lo fusilaron. Pero no fue hasta 30 años después que los buscaron, les preguntaron y sus relatos dejaron de ser cuentos de barrio y pasaron a ser evidencia condenatoria contra Cosme Ignacio Marino Demonte, el represor que disparó contra Pedro Miguel Sobko (desaparecido).

Las enfermeras del Hospital Militar y del Instituto Privado de Pediatría no callaron lo que vieron y escucharon sobre el robo de bebés y así hubo un juicio contra algunos de los responsables del caso Valenzuela Negro y está otro en camino.

Hay también voces que no han llegado a los tribunales, como las de los isleños que hablan de cuerpos que caían desde los aviones al delta de río Paraná, que el periodista Fabián Magnotta recolectó y publicó en su libro “El lugar perfecto”, y de las cuales no se tienen noticias de judicialización. Y existen casos sí judicializados pero todavía sin suficientes testimonios que le den impulso a la investigación; por ejemplo, los simulacros de enfrentamiento en agosto de 1977 en Paraná y Diamante, que tuvieron como víctimas a los militantes Darío Valiño, Felipe Guerra, María Luisa Buffo, José Antonio Garza y Alejandro Tomás Mónaco.

Por los vericuetos de la memoria colectiva siguen circulando aquellas historias, algunas veces en círculos privados, otras de modo más o menos público y otras a través de lo no del todo dicho; pero siempre golpeando poco a poco contra el muro de silencio pactado por los responsables del genocidio y sus cómplices, instigadores y encubridores. En algún momento estos relatos permitirán, posiblemente, que la hija de Raquel Negro, Sabrina, se reencuentre con su hermano mellizo, y que restituyan su identidad todos los bebés apropiados; que se recuperen los restos de Fernández, Sobko y el resto de los desaparecidos; que el fin de la impunidad permita curar heridas; que el futuro sea mejor que el pasado. Solo hace falta hablar. Nada más. Nada menos.