Miércoles 01 de Octubre de 2014
Edgardo Comar/Ovación
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Ni siquiera Enrique Santos Discépolo, autor de la letra y la música del tango Cambalache allá por 1935 y que se estrenó en una obra de teatro en el Maipo, imaginó que por estos días mantendría una vigencia que amenaza con ser eterna. El siglo XX ya quedó atrás, pero los problemas que lo caracterizaron en esta parte del planeta siguen estando.
Ayer como hoy “resulta que es lo mismo ser derecho que traidor”. La legislación vigente parece castigar con mayor crudeza a aquellos que están dentro de la ley, que a los viven permanentemente al margen. El chorro, el estafador, el violador, traficante y cualquier espécimen que altera la paz social y cotidiana acredita mayores derechos, que un ciudadano cuyos procederes están marcados por bondad, generosidad.
Con las reformas educativas realizadas y a implementar (léase supresión de aplazos, no repetir primer grado) se castiga al sabio. La creatividad, la sabiduría no tienen reconocimiento. Todo parece indicar que es preferible fomentar la ignorancia, seguramente con el afán de mantener cautivos a los que la profesan. “Todo es igual, nada es mejor lo mismo un burro que un gran profesor”. La amenaza de que ya no habrá “aplazaos, ni escalafón”, está cada vez más cerca de transformarse en un triste realidad. La igualdad de los inmorales está a punto de caer.
El siglo XXI, con los flagelos de la droga, el desempleo, la inseguridad, la desigualdad, la corrupción, con opresores y oprimidos, sigue siendo tan problemático y febril como el centenio que lo precedió. En 1935, y en 2014 también, “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”.
Hoy el que “vive en la impostura” sin interesar el estamento social al que corresponde y el que afanó y “afana en su ambición” sin importar la profesión que desempeña, goza de los mismos o mayores derechos que el ciudadano recto; entiéndase aquel que cumple con deberes y obligaciones que le impone la ley.
En los días que transcurren, el sacrificio no tiene la recompensa debida, porque “es lo mismo el que labura noche y día como un buey…que el que vive de los otros…el que mata, el que cura o está fuera de la ley”.
La creación de Discepolín tiene más vigencia que nunca. Más allá de que pueda catalogarse, y con justa razón, como una genialidad, como una obra maestra, por el bienestar general es deseable que su permanencia caduque. El tango Cambalache refleja un pasado, tiene espejismo con el presente y ojalá no persista en el futuro. Es al mismo tiempo increíblemente real y cruel. Imperecedero de la naturaleza humana y un ícono fiel de nuestro ser.
Que no se entienda lo escrito como un resentimiento hacia la sociedad de la que soy parte, sino un repudio a la parte más mezquina y egoísta de la condición humana: la indiferencia hacia el prójimo.