Propaganda de luchas armadas, disponible en cines
Jueves 28 de Mayo de 2015
Liliana Bonarrigo / De la Redacción de UNO
lbonarrigo@uno.com.ar
Desde su nacimiento, en el siglo XX, los superhéroes han sido instrumento de propaganda norteamericana. Primero en formato de comics, luego desde las pantallas del cine y la televisión, hasta en las vidrieras de las jugueterías, los justicieros “enmascarados” han servido de justificativo ideológico a invasiones y luchas armadas redentoras.
Con la globalización, desde finales de los 80, estas estrategias retroalimentan el pensamiento único a escala planetaria. Los personajes superdotados, encarnan y reproducen, desde el mismo color de sus trajes, el “estilo de vida americano”, y nos venden la última tecnología por venir. Son paladines de la Justicia, altruistas e intachables guardianes del orden y el universo. Tutelan la paz y “las libertades”, tal como el ejército norteamericano y sus socios de OTAN “mantienen a raya a villanos terroristas”, ya sea el Guasón o al “cuco” amarillo o musulmán de turno.
En las historias y guiones de los mass media, el superhéroe es un ser libre que decide su propio destino, supera su propia adversidad (una mutación genética, un accidente radioactivo, por ejemplo) y decide ayudar a la humanidad, en una gran metáfora geopolítica.
A través de las décadas, los argumentos se van adaptando a los contextos ideológicos y políticos y, sobre todo, a los enemigos del gran país del norte. En ese sentido la historia del comic expuso un menú interesante de villanos. En la época de los detectives como Dick Tracy, los malos eran hampones y mafiosos.
Después llegó la Segunda Guerra Mundial y los archienemigos fueron los nazis y hasta el mismo Hitler. Acabada la contienda, y con el advenimiento de la Guerra Fría, los villanos pasaron a ser los rusos y todo comunista que estuviera tras la cortina de hierro. Después llegó Vietnam. Tony Stark (Iron Man) en su versión original de 1964, fue secuestrado por el Viet Cong. La nueva versión tiene como contexto Afganistán.
El empresario armamentista secuestrado por los terroristas y mal herido, tiene una epifanía y deviene en promotor de la paz y de las energías limpias. Lucha contra su socio inescrupuloso que le vende armas al enemigo, en Oriente medio. “Todo parecido a la realidad es mera coincidencia”.
Al igual que el cine catástrofe, que surge en los momentos de crisis (en las pantallas el caos tranquiliza al espectador porque “siempre se puede estar peor”. “No tenemos trabajo, los bancos nos roban pero esos personajes están sufriendo un tsunami, ardiendo bajo la furia de un volcán o están siendo arrastrados por el demoledor paso de ‘twister’), los superhéroes proliferan cuando hay que justificar alguna intervención militar.
Lo social y lo comunitario, el poder popular unido por un objetivo, no existen en estas historias. A lo sumo un grupo de iluminados superhéroes que se unen para salvar el mundo (JI-Joe, Los Cuatro Fantásticos, La Liga de la Justicia, los Advengers). El individualismo vence cuando toda una sociedad depende de un solo hombre todopoderoso para defenderse (Ejército, si se sigue con la metáfora).
Los superhéroes son mesiánicos y racistas, y están disponibles en las pantallas de cine. Consumirlos no es pecado, forma parte de la industria cultural y hasta puede ser muy entretenido, pero sería provechoso hacerlo con sentido crítico, para comprender lo que nos están vendiendo.
lbonarrigo@uno.com.ar
Desde su nacimiento, en el siglo XX, los superhéroes han sido instrumento de propaganda norteamericana. Primero en formato de comics, luego desde las pantallas del cine y la televisión, hasta en las vidrieras de las jugueterías, los justicieros “enmascarados” han servido de justificativo ideológico a invasiones y luchas armadas redentoras.
Con la globalización, desde finales de los 80, estas estrategias retroalimentan el pensamiento único a escala planetaria. Los personajes superdotados, encarnan y reproducen, desde el mismo color de sus trajes, el “estilo de vida americano”, y nos venden la última tecnología por venir. Son paladines de la Justicia, altruistas e intachables guardianes del orden y el universo. Tutelan la paz y “las libertades”, tal como el ejército norteamericano y sus socios de OTAN “mantienen a raya a villanos terroristas”, ya sea el Guasón o al “cuco” amarillo o musulmán de turno.
En las historias y guiones de los mass media, el superhéroe es un ser libre que decide su propio destino, supera su propia adversidad (una mutación genética, un accidente radioactivo, por ejemplo) y decide ayudar a la humanidad, en una gran metáfora geopolítica.
A través de las décadas, los argumentos se van adaptando a los contextos ideológicos y políticos y, sobre todo, a los enemigos del gran país del norte. En ese sentido la historia del comic expuso un menú interesante de villanos. En la época de los detectives como Dick Tracy, los malos eran hampones y mafiosos.
Después llegó la Segunda Guerra Mundial y los archienemigos fueron los nazis y hasta el mismo Hitler. Acabada la contienda, y con el advenimiento de la Guerra Fría, los villanos pasaron a ser los rusos y todo comunista que estuviera tras la cortina de hierro. Después llegó Vietnam. Tony Stark (Iron Man) en su versión original de 1964, fue secuestrado por el Viet Cong. La nueva versión tiene como contexto Afganistán.
El empresario armamentista secuestrado por los terroristas y mal herido, tiene una epifanía y deviene en promotor de la paz y de las energías limpias. Lucha contra su socio inescrupuloso que le vende armas al enemigo, en Oriente medio. “Todo parecido a la realidad es mera coincidencia”.
Al igual que el cine catástrofe, que surge en los momentos de crisis (en las pantallas el caos tranquiliza al espectador porque “siempre se puede estar peor”. “No tenemos trabajo, los bancos nos roban pero esos personajes están sufriendo un tsunami, ardiendo bajo la furia de un volcán o están siendo arrastrados por el demoledor paso de ‘twister’), los superhéroes proliferan cuando hay que justificar alguna intervención militar.
Lo social y lo comunitario, el poder popular unido por un objetivo, no existen en estas historias. A lo sumo un grupo de iluminados superhéroes que se unen para salvar el mundo (JI-Joe, Los Cuatro Fantásticos, La Liga de la Justicia, los Advengers). El individualismo vence cuando toda una sociedad depende de un solo hombre todopoderoso para defenderse (Ejército, si se sigue con la metáfora).
Los superhéroes son mesiánicos y racistas, y están disponibles en las pantallas de cine. Consumirlos no es pecado, forma parte de la industria cultural y hasta puede ser muy entretenido, pero sería provechoso hacerlo con sentido crítico, para comprender lo que nos están vendiendo.