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Los hijos de Menem

Al menos tres de los aspirantes a la Presidencia de la Nación son hijos políticos del exmandatario. Y le deben mucho de lo que son. Macri era menemista. Scioli igual. Massa, en los 90 era de la UCD, que era como poseer la tarjeta Gold del menemismo.  

Sábado 01 de Noviembre de 2014

Carlos Matteoda/ De la Redacción de UNO

cmatteoda@uno.com.ar

Los hijos de López era una comedia diaria de fines de los 70 que se emitía en ATC y en la que actuaba Tincho Zabala (Don López) y sus tres hijos eran Alberto Martín, Emilio Disi y Jorge Martínez. Lo recordé el otro día, cuando Zulemita Menem aclaró, por si hiciera falta, que los tres principales aspirantes a la presidencia son hijos putativos de Carlos Menem. Que le deben mucho de lo que son a su pa. Y sí, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, podría pensarse.

También podrían decir los hijos de Menem que su padre fue más prolífico que López, porque también son de esa camada Carlos Reutemann, Palito Ortega o el Soldado Chamamé, con más o menos, por supuesto; y no solo artistas o deportistas se lanzaban a la política con el menemismo, también empresarios como Jorge Escobar en San Juan o Mario Moine en Entre Ríos.

Mauricio Macri era menemista, no hay dudas; Daniel Scioli también llegó a la política de la mano del segundo tigre de los llanos (según comparaciones de la época); y Sergio Massa, era de la Ucedé de los 90, algo como tener la tarjeta Gold del menemismo... Todos éramos medio menemistas; sino en el 95 Carlos no hubiera ganado como ganó. O como también ganó el 27 de abril de 2003 en Entre Ríos, con 30% de los votos, cinco puntos porcentuales por encima de la media nacional. También eran menemistas los que más sufrieron el despojo de aquellos años, paradójicamente.

Pero la cuestión hoy día no parece radicar tanto en los antecedentes políticos de los candidatos, menos aún de los que han estado en una organización política tan vertical como el peronismo. La duda, a mi parecer, está en la valoración del electorado sobre el tema. Podríamos preguntarnos si es menos favorable para un candidato tener un pasado menemista o, por caso, apoyar buena parte de su suerte electoral en la fama de los perfectos glúteos de la rubia argentina (que es Jésica Cirio, no va a ser Susana Giménez). Lo claro y evidente es que la frase de Zulemita es verdad y ni siquiera una verdad incómoda. En una sociedad dispuesta a escuchar pacientemente posturas desconcertantes de parte de la dirigencia política, si es cierto o no, parece tener poca importancia. Y si pasó, tampoco importa demasiado.

Tal vez lo que puede analizarse como fenómeno de estos tiempos no sea ya el “nadie resiste un archivo” sino el “a nadie le importa el archivo” con decenas de dirigentes que se inventan un pasado, y otras decenas de dirigentes dedicados a denunciar selectivamente a los que supuestamente se lo inventaron.

Ejemplos hay a patadas, aunque a mí el que más me sorprendió fue el del exfiscal del Juicio a las Juntas Militares, Julio César Strassera (casi un prócer), indicando que la presidenta Cristina Fernández no es abogada, basándose en que nunca vio un escrito suyo en defensa de presos políticos durante la dictadura. Más allá de la verdad de la cuestión, que escapa a mi alcance dilucidar; me sorprende que cosas tan graves tengan menos relevancia mediática y menos impacto social que cuestiones absolutamente superficiales de las cuales hay ejemplos de sobra.

En este contexto, donde inventarse un poco el pasado parece normal, tal vez reivindicar la parte comprobable del pasado vaya camino a convertirse en un mérito en sí mismo, y el afiche con Menem vuelva a ser una herramienta electoral, tal vez con un eslogan del tipo: “Todo tiempo pasado fue menos peor”.

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