“Los acuerdos del doctor Miguel Ruiz son liberadores”

Diálogo abierto: profesora Lucrecia Barzola. Los rituales vacíos y un libro poderoso. Desorientación y yoga. Un acuerdo escuchado por radio.
28 de junio 2014 · 09:49hs

El influyente libro Los cuatro acuerdos es un ensayo basado en la sabiduría tolteca –en la tradición de Carlos Castaneda– escrito por el doctor Miguel Ruiz –descendiente de esa tribu– con el fin de servir a librarse de la domesticación propia del sistema de creencias y dogmas –“creador de sufrimiento inútil”– y alcanzar el propio equilibrio. La profesora de yoga Lucrecia Barzola ha profundizado en este conocimiento y la práctica de este código de conducta, lo cual transmite en talleres que coordina en el Centro Ayurvédico La Ventana, de Paraná.

Libros de compañía
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en la zona de la (Sociedad) Rural, que ahora se llama Corona Sur.
—¿Hasta qué edad viviste allí?
—Hasta los 21 años.
—¿Cómo era la zona durante tu niñez?
—Hermosa, muy linda y muy en contacto  con la naturaleza… no tengo muchos recuerdos. Había muy pocas casas. Estaba la Sociedad Rural, donde se hacían las exposiciones y es lo que más recuerdo. La zona de quintas estaba más distante.  Cuando vino el papa se asfaltó la calle que se dirige hacia el aeropuerto, lo cual generó mucho tráfico y que llegaran los colectivos.
—¿Qué actividad predominaba en la población?
—Todos laburantes que venían a trabajar al centro.
—¿Tu visión respecto del “centro”?
—Venir cada tanto a hacer compras significaba un paseo.
—¿Te gustaba?
—No sé… no significaba mucho, al contrario, era un esfuerzo porque no me gustaba salir. Venía porque había que venir. Ahora tampoco me gusta, soy solitaria y estoy muy cómoda –aunque socializo mucho.
—¿Qué actividades laborales desarrollaban tus padres?
—Mi mamá, ama de casa, una mujer luchadora que crió sus hijos sola y mi papá, albañil. De ellos aprendí la garra de la búsqueda, mejor dicho, heredé la actitud de voluntad mi mamá, aunque no esté en un camino como el mío. Es mi gran maestra más allá de los conflictos que podamos tener, porque son un impulso de búsqueda.
—¿A qué jugabas?
—Siempre fui muy solitaria –igual que ahora– por eso no me gusta hablar mucho de la niñez. Colaboraba en mi casa y jugaba a las muñecas, a la ronda y a la secretaria –lo cual luego fui. A los 8 años comencé a colaborar más en las actividades de la casa porque mi mamá lo necesitaba.
—¿Travesuras?
—¿Qué sé yo? No sé…
—¿Personajes del barrio?
—El lugar característico era el de los Corona –donde luego fui secretaria en el consultorio. En aquella época era un comedor –donde mi mamá trabajó mucho– y la familia era conocida. Luego estuvo cerrado durante mucho tiempo. Cuando había exposición en la Rural era una fiesta para todo el barrio y muy divertido.
—¿Lecturas de la niñez?
—Me encantaba leer igual que ahora: lo primero fueron los libros de cuentos y en el colegio leí Platero y yo. Leo de todo aunque memorizo poco los títulos y los autores, soy muy desestructurada en ese aspecto.
—¿La escuela estaba cerca?
—No, era lejos y todo un sacrificio, la Gregoria Pérez.
 —¿Qué materias te gustaban?
—Lengua, Geografía, Matemáticas por supuesto que no (risas) –aunque terminé estudiando en una escuela técnica y obtuve el título de técnica en Administración de Empresas. Me costó mucho pero me sirvió para desempeñarme como secretaria. Como me costó tanto, me terminó gustando.
—¿Qué leíste durante la Secundaria?
—Siempre buscaba lo que hoy se llama autoayuda –que no me gusta llamarlo así porque suena muy vacío. Antes había sido lo religioso hacia lo espiritual, buscando. Luego cambié mucho y pasé a ser “espiritual” en vez de religiosa porque en el camino de búsqueda encontré.
—¿Mandatos religiosos del ámbito familiar?
—Sí, mamá nos mandaba todos los domingos a misa.
—¿Tenía sentido para vos?
—En ese momento sí y también iba a la Acción Católica.

Búsqueda y un libro
—¿Hasta cuándo?
—Comencé a tener espiritualidad a partir de la adolescencia cuando hubo un quiebre.
—¿Por un hecho puntual?
—No… la propia búsqueda me hacía ver que eran actividades repetidas y vacías que no me dejaban nada para lo que necesitaba interiormente. Las lecturas me llenaban un poco más. Una de las que más me abrió la cabeza fue la de Lauro Trevisán –El poder infinito de la oración. Ese libro era de mi mamá, leía mucho ese tipo de libros, me los ofrecía pero para mí era más religión, que era lo que no quería. Un día comencé a leerlo y me encantó, aunque creo que a mi mamá jamás le sirvió. Esos libros –que hoy los tengo– eran para mí y por eso digo que es mi maestra. Está gastado porque todavía lo uso.
—¿Qué tomaste de ahí?
—Me llenó de fuerza y poder, y a partir de ahí no me paró nadie. Me enseñó a usar mi mente y era lo que yo quería, transformarme porque tenía una disociación. Fue un proceso que llevó mucho tiempo.
—¿Charlabas con tu mamá en torno a esto?
—No, la lectura y la interpretación era mía, porque no creo que ella lo haya interpretado. Hay libros que le puede servir a uno y a otro, no. El libro Metafísica 4 en 1 (de Conny Méndez) me decía: “El maestro aparece cuando el uno está preparado.”
—¿Comentaba sus lecturas?
—Le gustaban mucho pero no tuvieron la fuerza que tuvieron en mí, porque para mí fueron transformadoras.
—¿Era una biblioteca importante?
—Había libros y siempre digo que esos libros “eran para mí.” También había libros de religión, en ese momento pasaba por una situación de mucho esfuerzo desde lo económico, entonces eran una forma de contención, lo cual a mí también me ayudó.
—¿Qué comenzaste a revisar y desaprender a partir de ese momento?
—Fue un proceso largo, con altos y bajos, hubo oportunidades en que creí mucho en todo y luego otros en los que descreía, lo cual considero importante para poder volver a creer.
—¿Qué significaban esos cambios en la cotidianeidad?
—El  camino hacia la libertad, a sacarme pesos de encima y liberarme de muchos prejuicios y creencias que me limitaban.
—¿Esos prejuicios eran religiosos?
—No, no, es una parte, también están los que tienen que ver con el sistema de creencias, el entorno donde uno se forma y que tiene mucho peso. Poco a poco me fui liberando de esos patrones.
—¿Te sirvió ese libro y ese autor para seguir determinada línea de pensamiento o búsqueda?
—Siempre he sido muy informal para leer y las estructuras no me van en ningún sentido. Soy bastante desorganizada aunque llevo el control de mi trabajo y soy perfeccionista. En cuanto a ese libro fue leerlo, tenerlo a muy mano y ponerlo en práctica. Debe haber habido otros libros.

Siempre “descolgada”
—¿Practicaste alguna afición durante bastante tiempo?
—No.
—¿Vocación?
—Siempre me interesó la Medicina pero no pensaba en ser doctora; me parecía muy misterioso, perfecto y sorprendente el cuerpo humano.
—¿Qué decidiste hacer al terminar la Secundaria?
—No tenía idea ni ganas y estaba muy desorientada. Deseaba estar bien pero estaba sin rumbo, aunque había una vocecita adentro que me decía que había un camino. Los libros fueron ese camino. Cuando terminé la Secundaria comencé a trabajar en consultorios de odontología, lo cual hice durante 20 años. Hice cursos de asistente en odontología y trabajé para muchos odontólogos.
—O sea que tuviste una vinculación con el tema salud en esa etapa…
—Sí, aprendí mucho, aunque no me recibí de asistente, porque el trabajo me daba más y para mí era urgente.
—¿Viniste más hacia el centro por una cuestión laboral?
—A los 25 años decidí salir de mi casa e irme a vivir sola, lo cual fue un gran desafío. Primero viví en 25 de Junio y Buenos Aires –donde estuve mucho tiempo–, luego en calle San Juan y ahora en calle Victoria.
—¿Cómo fue el contraste?
—El cambio fue salir de la casa y vivir siendo independiente; en cuanto a la ciudad, para mí no es importante.
—¿Continuaste con tu afición por la lectura?
—Sí, con más fuerza porque tenía más vínculos con las personas –por lo laboral– y había más problemáticas y conflictos. Chocaba mucho y sentía que no encajaba en ningún lugar. Cuando estaba en el mundo con personas –que me gusta aunque sea solitaria– nunca encontraba temas de conversación que me interesaran, así que siempre estaba descolgada y tenía que bancarme las conversaciones para estar en la masa y en el ámbito laboral. Me parecía una pérdida de tiempo hablar de temas que no me aportaban ningún crecimiento. Por eso la lectura me ayudaba ya que todo eso era un sufrimiento interno muy grande, por no sentirme parte ni de acá ni de allá.
—¿No buscabas algún ámbito afín a tu forma de ser y pensar?
—En esa época no, mi ámbito eran los libros, y tampoco tenía mucho tiempo. Por eso digo que mis maestros son los libros.

Estrés, yoga y maestros
—¿Lecturas claves en esta etapa de adultez?
—Leí a Alan Watts y me gustó mucho, hablaba sobre yoga y me llamó la atención. En una época en la cual estaba estresada por lo laboral y por situaciones personales fui a practicar y me encantó. Comía mal y me permitió ordenar este aspecto, al igual que reconciliarme con mi cuerpo, sentirlo liviano, ocuparme de él y tener serenidad. Me marcó mucho porque cambió mi manera de pensar en muchas cosas: cerró círculos en muchos aspectos y luego fue un proceso paulatino.   
—¿Hasta ese momento nunca habías hecho ninguna práctica física?
—No, no me gustaban los deportes; hoy estoy apasionada con el yoga y la expresión corporal.
—¿Fue la primera aproximación?
—Sí y luego fui a Santa Fe a estudiar con Puertas pero las enseñanzas me entraban por un oído y me salían por el otro, aunque me gustaban. Todo madura a su tiempo. Cuando comencé a practicar acá, hacía las posturas como si siempre las hubiera practicado.
—¿Alguien te recomendó que fueras o surgió por la lectura?
—Fue por escuchar opiniones y leer revistas que lo recomendaban. Intentando dejar el trabajó comencé a hacer cursos de masajes, me acerqué a La Ventana y aprendí masaje ayurveda. María (Juárez) –a quien adoro– me convenció de que hiciera el instructorado (de yoga), lo hice y luego comencé a dar clases, lo cual me cambió la vida porque el trabajo me había saturado.
—¿Dejaste tu trabajo de secretaria?
—No, porque necesitaba la plata (risas) aunque había comenzado a trabajar medio tiempo; el corte definitivo fue en 2012.
—¿Un maestro de yoga particularmente importante?
—Todos y todo. Me gusta mucho la idea de Krishnamurti y de Osho cuando dicen que no hay que apegarse a ningún maestro, solo que lo usemos como una barca para cruzar un río y luego soltarlo. Siento eso, si bien me gustó mucho la lectura de Indra Devi y Sai Baba. Y mi propia vida, porque es una gran escuela en la cual aprendo de todos. Siempre fui muy analítica, racional y autocrítica, y el yoga me liberó de eso, para volverme observadora de todo y que me deje una enseñanza. Tenía diálogos con desconocidos y me dejaban algo. Todas las personas te enseñan algo.
—¿Qué opinás de las occidentalización del yoga al punto –en algunos casos– que solo es una especie más de fitness?
—Cada uno lo vive de manera muy personal y también sirve que lo adaptemos, porque no podemos tener el yoga y la alimentación que tienen en la India. Si lo copiamos de aquella manera tan informal, nos sirve y lo aplaudo; las estructuras no me gustan. Si lo puedo vivir y me hace bien, fantástico.
—¿Tu forma de vivirlo?
—Es una gran disciplina que ahora es mi forma de vida, tiene un peso importante y lo vivo con mucha libertad. Me permite ayudar y estoy enamorada de eso.

Acuerdos liberadores
—¿El nexo con la cultura tolteca lo hiciste a través de esto?
—A partir de que entré en el yoga comencé a tener contacto con lugares donde se hacían talleres: comencé a escuchar sobre Los cuatro acuerdos y me llamó la atención. El segundo acuerdo (“No te tomes nada personalmente”) fue el que más pesó en mí y creo que lo escuché por la radio.
—¿Alguien lo mencionó por radio?
—Claro, era un programa en el cual la gente comentaba sus problemas y había alguien que lo aconsejaba y orientaba. Lo anoté y comencé a buscar porque eso me servía para algo. Busqué el libro y no estaba; leí otros hasta que un día fui a una feria del club Talleres, había una mujer que vendía libros, lo vi, lo compré, comencé a leerlo y cuando llegué a la página 64 saltaba a la 97; solo estaba el primer acuerdo y el último. Por algo era; el primer acuerdo dice: “Sé impecable con tu palabra,” comencé a practicarlo, al igual que al cuarto: “Haz el máximo que puedas.” Atendiendo a una de mis clientas de masajes, me dijo que lo había conseguido y me sacó las fotocopias. Y en los talleres –aunque tengo otro– uso ese con las fotocopias, porque nunca lo olvidaré ya que me sirvió. Después de un tiempo hice el tallercito de Silvia Freire y otros, hasta que se me ocurrió proponerle a María hacer uno.
—¿Te centrás solo en el libro o también en la cosmovisión tolteca?
—Solo en los cuatro acuerdos. En realidad son cinco: “Sé escéptico, no me creas, no te creas ni creas nada, pero aprende a escuchar”. Pero para llegar a este hay que conocer y dominar los otros cuatro. Leí lo que dice don Miguel Ruiz sobre los toltecas. Los talleres son muy dinámicos porque incorporo ejercicios de reflexión sobre el sistema de creencias de la primera infancia –consigo mismo, y si quiere lo comparte– y algunos movimientos con, por ejemplo, una música de tambor.
—¿En tu caso lo incorporaste como un programa, una sabiduría, una herramienta?
—Como algo práctico. En los talleres lo leemos, lo damos vuelta un poquito –y el que quiere lo profundiza– pero lo que me interesa es que los cuatro acuerdos sirvan para que las personas hoy los lleven a la práctica con las situaciones que viven. Es una sabiduría que está ahí y el que quiere pueda profundizar en su historia y la civilización, pero me interesa lo práctico.
—¿Te resultó tan liberador como el yoga?
—Sí, por eso lo transmito tanto, me desestructuró en algunas cuestiones y sobre todo me liberó en la cuestión de los vínculos y las relaciones.
—¿Concretamente?
—No lo voy a decir porque involucra a personas pero tiene que ver con no tomarme las cosas personalmente. Me hizo ver que lo que me preocupaba no era un tema mío.
—¿Ante una situación determinada los racionalizás o están incorporados como hábito?
—Ahora están instalados, como el Yoga, por supuesto que como soy un ser humano hay momentos en que los recuerdo luego. Hace un tiempo que son pocas las cosas que me sacan de mi eje.
—¿Los incorporaste a través de una determinada gimnasia?
—Práctica, práctica, práctica… En los talleres incorporé mucho de lo mío y trato de que sean espontáneos en función de lo que surge. Durante el trabajo con el primer acuerdo las personas siempre están muy calladas porque nos remonta a quiénes nos educaron, de dónde sacamos nuestra forma de ser y cómo fuimos “domesticados” por nuestros mayores.
—¿Lograste algún “puente” entre el yoga y los cuatro acuerdos?
—Sí, las enseñanzas pueden coincidir: el yoga te enseña a estar en vos y el no tomarte nada personalmente, también. O sea que lo que está diciendo el otro no tiene nada que ver con vos por lo cual no tienes que crear conflicto. El yoga –de otra forma– también lo dice. También he incorporado otros conocimientos como son las afirmaciones, para el caso del acuerdo sobre “ser impecable con la palabra”. Cuando estoy con alguien que me comenta un problema, le doy una afirmación para que cambie la polaridad de su mente, afirmando lo contrario. Luego se ve cómo se resuelve y qué camino tomar. Si hacemos suposiciones –que es muy común– es para mal y creamos un monstruo.
—¿Te hicieron algún comentario curioso?
—Algunas personas vinieron la primera vez y luego no vinieron más, y están quienes siguen hasta el final. Constantemente me dicen: “Hoy me acordé de vos”. Siempre les recomiendo que hagan un portarretrato para los cuatro acuerdos y lo tengan en la oficina, y que cuando tengan un conflicto, primero hagan silencio para poder pensar en los cuatro acuerdos. Mucha gente me dice que los conocidos le comentan que la notan “cambiada.”
—¿Con cuál de los cinco acuerdos estás más en deuda?
—El último –no te creas nada. Respecto a los otros, a veces hago suposiciones. Es muy difícil dejar de hacerlas totalmente, aunque las que hago no me molestan.
—¿Cuál considerás una herramienta muy útil y saludable para el común de las personas?
—La impecabilidad de la palabra, porque a través de ella puedo construir, es creadora, creas Magia negra o Magia blanca –según cómo la utilices. El libro dice que constantemente estamos creando chismes, utilizando mucha energía y creando algo pesado alrededor, que nos lleva y en su recorrido afecta a muchas personas. Ni hablar cuando hablo contra mí misma: “No puedo hacer tal cosa”, “No sirvo para tal otra”. Impecable significa sin pecado, conmigo y con otro –que también es conmigo. Cuando te digo algo a vos me lo estoy diciendo a mí.
—¿El taller sobre los cuatro acuerdos se está desarrollando?
—Sí, lo estoy dando ahora, una vez al mes, durante el cual hago un seguimiento del grupo a través de Facebook y todos los días comparto algo sobre los acuerdos que se puede comentar, lo cual también sirve como contención. En julio comenzará a desarrollarse otro curso.
—¿Tuviste algún conflicto cuando comenzaste a estudiar Psicología?
—Fue un choque importante pero me encanta. Me sentí desubicada entre tantos jóvenes.
—Me refiero a la relación entre estos saberes y la universidad.
—En cuanto a las ideas yo ya tenía la cabeza más abierta, aunque hay cosas que todavía me cuestan asimilar, pero me interesan. Busco en cada escuela y autor una conexión con esto, como sucede con la Gestalt y (Carl) Yung, sobre lo cual hace poco hice un trabajo práctico.

Para un recuadro
“Movieron los brazos y sonrieron”
La profesora de yoga recuerda con particular cariño y emoción la experiencia que vivió con un grupo de monjas del Instituto Cristo Redentor –de Paraná, octogenarias y con graves limitaciones físicas– que se mostraron interesadas en conocer la milenaria y terapéutica disciplina de la India.
—¿Cómo fue la experiencia con las monjas?
—Tuve que hacer las pasantías en el Cristo y darles yoga a las monjas, lo cual fue un desafío a fuego porque algunos sacerdotes lo consideran “raro” y “diabólico”. Sin embargo me sorprendí muchísimo por su apertura y me saqué otro prejuicio. Las amé profundamente: llegaba y me estaban esperando para hacer la clase.
—¿Qué relación se generó?
—Llegaba antes de la clase porque leían la palabra y yo compartía ese momento, que me hacía bien  e interpretaba con otro sentido, porque ya no estaba peleada con eso. Después comenzábamos la clase, que era muy informal porque estaban en sillas con ruedas, eran muy viejitas y todas tenían algún problema: Parkinson, no veían… Yo estaba atravesando una situación familiar muy fea así que me resultaron de mucha contención.
—¿Cómo trabajabas lo específicamente técnico?
—Fue cuando aparecieron las enseñanzas y el yoga da la señal de que algo hay. No podían mover las piernas pero sí los brazos y la cabeza, y las que podían mover las piernas, utilizaban ciertos elementos. Godelieva tenía los brazos y las piernas cruzadas, y no se podía mover. Por lo menos tenía que generar el “clima de yoga” sabiendo que algunas podrían hacer y otra no. Ellas querían probar porque nunca habían hecho. ¡Fue maravilloso! ¿Qué podía darle a Godelieva? Caricias, porque estaba en ese estado y además no se podía expresar –pero sonreía. Sabía que todas tenían sus capacidades limitadas así que la tarea era “poder hacer algo”, trabajar con la respiración y la relajación.
—¿Qué edades tenían?
—Todas tenían más de 80 años. De a poquito logré que abriera algo las manos y tengo una foto en la cual está agarrando una pelota, sonriendo. Cuando yo llegaba –que era invierno– le tomaba las manos y en su media lengua me decía: “Calor humano”, lo dual me desarmaba de amor. Después que hice la pasantía me contrataron para el año siguiente. Había días de mucho frío en que eran poquitas, entonces nos reuníamos en una especie de cocina donde ellas estaban sentadas –por sus discapacidades. Logré muchísimo y las que antes no podían, llegaron a desplegar o mover sus brazos. Otra vez trabajamos con el Danubio azul y terminaron moviéndose al ritmo y sonriendo, lo  cual me emocionó hasta las lágrimas.
—¿Cómo analizás esta experiencia ahora que pasó cierto tiempo?
—Me lleno de amor. A veces me encuentro con la hermana superiora que estaba a cargo y me dice: “Volvé porque te recordamos.”
—¿Recordás el primer encuentro?
—No sabían mucho de qué se trataba pero otras sí porque habían estado en Bélgica y allí las monjas lo practican, e incluso vinieron unas monjas belgas que me contaron su experiencia. Por eso querían saber de qué se trataba. Fue una experiencia muy potente.

 

Julio Vallana/De la Redacción de UNO

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