¿Lobizón o Yeti entrerriano?
Donde la leyenda se acercó a la realidad
Lunes 11 de Mayo de 2015
Gustavo Fernández / Especial para UNO
editor@uno.com.ar
Mucho se discute si el “hombre lobo” o “lobizón” realmente ha existido o existe. Y mucho se discute, también, si el “yeti”, o “abominable hombre de las nieves” existe. Tal vez ambos relatos sean solo malas interpretaciones, tal vez sí existan, después de todo, por mucho que repugne a la lógica. Vean, si no, este caso.
Una familia de Colonia Elía, provincia de Entre Ríos, denunció que a partir del 10 de septiembre de 2004 un extraño venía asolando su chacra, con apariciones reiteradas donde, entre trampas tendidas que no daban resultado, irrupciones casi lovecraftianas en la morada, donde el ser permanecía acurrucado sobre un “freezer” tenuamente iluminado por la luz de la Luna, disparos que ¿dan? en el blanco con indiferencia y todo este pandemonio por el paupérrimo resultado de once pollos aparentemente eviscerados en monástico refrigerio de la entidad, conformaban un bizarro cuadro sobre el cual uno –yo, por ejemplo- podría ceder fácilmente a la tentación de clasificar, cuando menos, como “dudoso”. Colonia Elía, departamento de Concepción del Uruguay. La finca de los Restaino –tal, el apellido de los testigos- se encuentra en las afueras del exiguo poblado, a unos 1.500 metros del cementerio local. Allí tuvimos oportunidad de conversar con los dueños de casa, especialmente con la señora María del Carmen Merello y su hijo y principal y reiterado testigo, Matías Restaino, de 17 años. La sencillez y parquedad de la gente de campo, que puede suponer un inicial impedimento para profundizar en la obtención de testimonios, se superó rápidamente, por un recurso imbatible en reunión con la gente sencilla: proponer la infaltable “mateada”.
Bien, hagamos un “racconto” de los hechos. Todo comenzó, como dijéramos, a partir de la noche del 10 de septiembre de 2004. Los Restaino comenzaron a observar que algunas mañanas sus pollos –sólo los pollos, lo que es interesante considerando que cuentan con una gran variedad de animales de granja, cualquiera de ellos mucho más sustancioso a la hora de resultar el bocado de este “animal”, si es que se trata de un “animal” y no de un ser con cierta inteligencia que genera sus acciones, más que como un fin en sí mismas, como signos o símbolo de otra cosa- aparecían destripados, con sus vísceras despojadas. En esos primeros tiempos parecía que el animal de presa –pues eso se suponía- sólo se interesaba por esa parte anatómica. Lo cierto es que esta curiosa dieta lo hubiera expuesto a soberanos peligros; en varias oportunidades, el batifondo generado por su irrupción hacía que los varones Restaino salieran a ver qué pasaba –y, de hecho, terminar drásticamente con la criatura- para darse de narices con “eso”.
“Eso” era descrito como un ser bípedo –que, no obstante, al huir en ciertos tramos tendía a hacerlo “como en cuatro patas”- de aproximadamente un metro ochenta de estatura. Cuello muy corto o directamente inexistente, ojos rojizos, cubierto de una hirsuta pelambre de color blanco amarillento con manchas marrones en el lomo o espalda. Aún hoy y extrañamente, los Restaino –por lo menos la mujer, que fue la más verborrágica- creen que se trata de un “aguará – guazú”. Y digo extrañamente porque uno se pregunta como sobrevive a cualquier reflexión la imagen de un bípedo de 1,80 metros que, además, “gruñe como un tigre” .
Este ser tiene, de felino si cabe, sus orejas cortas pero marcadamente puntiagudas. Papá Restaino (Oscar) agrega colmillos que los otros testigos no manifiestan y sí, evidentemente, garras. Por si quedaban dudas, el ser dejó su “autógrafo” en la forma de tres surcos profundos y paralelos, en uno de los árboles cercanos al gallinero.
Una noche, Matías se lo encontró, frente a frente, a una distancia quizás no superior a los tres metros. El ser simplemente le miró fijo, gruñó hostilmente y se dio a la fuga, internándose en el tupido monte de vegetación achaparrada y plagado de alimañas que crece a los fondos de la vivienda. El mismo fondo donde nuestros investigadores obtendrían después una extraña instantánea. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Volvamos a los episodios
Otra noche –cuya fecha no precisan- Matías ingresó a la vivienda y vio al animal agazapado sobre un “freezer”. Saltó y escapó por una ventana. Otra noche, el mismo se dirigía ya a descansar luego de una ronda –que realizó con su carabina- cuando, al entrar en su dormitorio allí estaba el “bicho” (como lo llama la familia). Instintivamente, Matías levantó el arma y disparó, pero no una, sino dos, tres, cuatro veces, mientras el ser se lanzaba a través de la habitación en dirección a la ventana y saltaba al exterior. Está seguro de haberle impactado. Pero el ser no parece haber acusado recibo.
Y tenía (o tiene, quién sabe) un comportamiento inteligente. En una oportunidad, deja un pollo, despanzurrado, sobre un automóvil. En otra ocasión, lo descubren –imagino que con el susto subsiguiente- espiándolos desde el exterior de una ventana, curioso. Suponen incluso que en algún momento se ocultó en el interior de un lavarropas abandonado en el exterior de la casa, que usan como “botinero” de calzado en desuso, pues una mañana encontraron sin explicación posible todo el contenido de este electrodoméstico desparramado.
La segunda parte de la historia
Nuestro equipo de investigadores estuvo allí. Y recorriendo el lugar, al tomar fotos al azar, apareció la extraña entidad entre la maleza que acompañamos.
¿Qué podemos decir ante esta pieza de evidencia?
Los escépticos de siempre hablarán de juegos de luces y sombras, proyecciones del inconsciente, ilusión de los sentidos. Pero, oh los escépticos... Nada azul existe en la vegetación de esa zona, el rostro es claramente discernible –y personalmente intuyo hasta un cuerpo completo y de pie en la figura anterior- y en cuanto a la naturaleza del ser, nuestra presunción es que en ese lugar, vaya a saberse si por un período de tiempo determinado o no, por encima del pretendido “aguará guazú en dos patas” de los Restaino y el “lobizón” de la irredenta prensa vernácula, una extraña geometría del tiempo y el espacio abre accesos hacia y desde otros planos de existencia.
Ambos seres –el peludo fagocitador de tripas avícolas y el sospechado reptil humanoide- bien pueden ser materializaciones de entidades que desde uno o más de esos planos paralelos a nuestro coexistir irrumpen con fines extraños pero inteligentes . Y sobre cómo, para este segundo caso, aparece ante el objetivo lo que no se ve a simple vista, es necesario recurrir –otra vez- a nuestro ensayo “La fotografía psíquica entre la Parapsicología y los OVNI”.
Algunos investigadores mostraron a los Restaino imágenes de archivo de entidades –asociadas o no a OVNI- manifestadas en otras partes del mundo, y los testigos buscaron similitudes, debiendo para ello forzar sus propias descripciones. Presentamos aquí el primero –y hasta ahora único- “retrato robot” hecho en el momento y el lugar bajo las mirada aprobatoria y la descripción verbal de la familia.
Esta investigación aún no ha terminado (De hecho: ¿alguna investigación termina alguna vez?). Hagamos especial hincapié en el –nos repetimos- alto “índice de extrañeza” de toda la zona, se trate de fenomenología ovnilógica o simplemente paranormal. Una investigación –ésta- que debe necesariamente contemplar los aspectos humanos y falibles de esta familia ya señalados, ampliar el rango de investigación no sólo a lo meramente episódico a boca de testigos, sino intensificar la búsqueda de recabar otro tipo de evidencias fotográficas, fílmicas, quizás psicofónicas. Una investigación sobre la cual, apenas tengamos resultados, serán ustedes los primeros en saberlo.
Email: gusfernandez21@yahoo.com.ar Web: www.alfilodelarealidad.com.ar ; Twitter: @gusafr
editor@uno.com.ar
Mucho se discute si el “hombre lobo” o “lobizón” realmente ha existido o existe. Y mucho se discute, también, si el “yeti”, o “abominable hombre de las nieves” existe. Tal vez ambos relatos sean solo malas interpretaciones, tal vez sí existan, después de todo, por mucho que repugne a la lógica. Vean, si no, este caso.
Una familia de Colonia Elía, provincia de Entre Ríos, denunció que a partir del 10 de septiembre de 2004 un extraño venía asolando su chacra, con apariciones reiteradas donde, entre trampas tendidas que no daban resultado, irrupciones casi lovecraftianas en la morada, donde el ser permanecía acurrucado sobre un “freezer” tenuamente iluminado por la luz de la Luna, disparos que ¿dan? en el blanco con indiferencia y todo este pandemonio por el paupérrimo resultado de once pollos aparentemente eviscerados en monástico refrigerio de la entidad, conformaban un bizarro cuadro sobre el cual uno –yo, por ejemplo- podría ceder fácilmente a la tentación de clasificar, cuando menos, como “dudoso”. Colonia Elía, departamento de Concepción del Uruguay. La finca de los Restaino –tal, el apellido de los testigos- se encuentra en las afueras del exiguo poblado, a unos 1.500 metros del cementerio local. Allí tuvimos oportunidad de conversar con los dueños de casa, especialmente con la señora María del Carmen Merello y su hijo y principal y reiterado testigo, Matías Restaino, de 17 años. La sencillez y parquedad de la gente de campo, que puede suponer un inicial impedimento para profundizar en la obtención de testimonios, se superó rápidamente, por un recurso imbatible en reunión con la gente sencilla: proponer la infaltable “mateada”.
Bien, hagamos un “racconto” de los hechos. Todo comenzó, como dijéramos, a partir de la noche del 10 de septiembre de 2004. Los Restaino comenzaron a observar que algunas mañanas sus pollos –sólo los pollos, lo que es interesante considerando que cuentan con una gran variedad de animales de granja, cualquiera de ellos mucho más sustancioso a la hora de resultar el bocado de este “animal”, si es que se trata de un “animal” y no de un ser con cierta inteligencia que genera sus acciones, más que como un fin en sí mismas, como signos o símbolo de otra cosa- aparecían destripados, con sus vísceras despojadas. En esos primeros tiempos parecía que el animal de presa –pues eso se suponía- sólo se interesaba por esa parte anatómica. Lo cierto es que esta curiosa dieta lo hubiera expuesto a soberanos peligros; en varias oportunidades, el batifondo generado por su irrupción hacía que los varones Restaino salieran a ver qué pasaba –y, de hecho, terminar drásticamente con la criatura- para darse de narices con “eso”.
“Eso” era descrito como un ser bípedo –que, no obstante, al huir en ciertos tramos tendía a hacerlo “como en cuatro patas”- de aproximadamente un metro ochenta de estatura. Cuello muy corto o directamente inexistente, ojos rojizos, cubierto de una hirsuta pelambre de color blanco amarillento con manchas marrones en el lomo o espalda. Aún hoy y extrañamente, los Restaino –por lo menos la mujer, que fue la más verborrágica- creen que se trata de un “aguará – guazú”. Y digo extrañamente porque uno se pregunta como sobrevive a cualquier reflexión la imagen de un bípedo de 1,80 metros que, además, “gruñe como un tigre” .
Este ser tiene, de felino si cabe, sus orejas cortas pero marcadamente puntiagudas. Papá Restaino (Oscar) agrega colmillos que los otros testigos no manifiestan y sí, evidentemente, garras. Por si quedaban dudas, el ser dejó su “autógrafo” en la forma de tres surcos profundos y paralelos, en uno de los árboles cercanos al gallinero.
Una noche, Matías se lo encontró, frente a frente, a una distancia quizás no superior a los tres metros. El ser simplemente le miró fijo, gruñó hostilmente y se dio a la fuga, internándose en el tupido monte de vegetación achaparrada y plagado de alimañas que crece a los fondos de la vivienda. El mismo fondo donde nuestros investigadores obtendrían después una extraña instantánea. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Volvamos a los episodios
Otra noche –cuya fecha no precisan- Matías ingresó a la vivienda y vio al animal agazapado sobre un “freezer”. Saltó y escapó por una ventana. Otra noche, el mismo se dirigía ya a descansar luego de una ronda –que realizó con su carabina- cuando, al entrar en su dormitorio allí estaba el “bicho” (como lo llama la familia). Instintivamente, Matías levantó el arma y disparó, pero no una, sino dos, tres, cuatro veces, mientras el ser se lanzaba a través de la habitación en dirección a la ventana y saltaba al exterior. Está seguro de haberle impactado. Pero el ser no parece haber acusado recibo.
Y tenía (o tiene, quién sabe) un comportamiento inteligente. En una oportunidad, deja un pollo, despanzurrado, sobre un automóvil. En otra ocasión, lo descubren –imagino que con el susto subsiguiente- espiándolos desde el exterior de una ventana, curioso. Suponen incluso que en algún momento se ocultó en el interior de un lavarropas abandonado en el exterior de la casa, que usan como “botinero” de calzado en desuso, pues una mañana encontraron sin explicación posible todo el contenido de este electrodoméstico desparramado.
La segunda parte de la historia
Nuestro equipo de investigadores estuvo allí. Y recorriendo el lugar, al tomar fotos al azar, apareció la extraña entidad entre la maleza que acompañamos.
¿Qué podemos decir ante esta pieza de evidencia?
Los escépticos de siempre hablarán de juegos de luces y sombras, proyecciones del inconsciente, ilusión de los sentidos. Pero, oh los escépticos... Nada azul existe en la vegetación de esa zona, el rostro es claramente discernible –y personalmente intuyo hasta un cuerpo completo y de pie en la figura anterior- y en cuanto a la naturaleza del ser, nuestra presunción es que en ese lugar, vaya a saberse si por un período de tiempo determinado o no, por encima del pretendido “aguará guazú en dos patas” de los Restaino y el “lobizón” de la irredenta prensa vernácula, una extraña geometría del tiempo y el espacio abre accesos hacia y desde otros planos de existencia.
Ambos seres –el peludo fagocitador de tripas avícolas y el sospechado reptil humanoide- bien pueden ser materializaciones de entidades que desde uno o más de esos planos paralelos a nuestro coexistir irrumpen con fines extraños pero inteligentes . Y sobre cómo, para este segundo caso, aparece ante el objetivo lo que no se ve a simple vista, es necesario recurrir –otra vez- a nuestro ensayo “La fotografía psíquica entre la Parapsicología y los OVNI”.
Algunos investigadores mostraron a los Restaino imágenes de archivo de entidades –asociadas o no a OVNI- manifestadas en otras partes del mundo, y los testigos buscaron similitudes, debiendo para ello forzar sus propias descripciones. Presentamos aquí el primero –y hasta ahora único- “retrato robot” hecho en el momento y el lugar bajo las mirada aprobatoria y la descripción verbal de la familia.
Esta investigación aún no ha terminado (De hecho: ¿alguna investigación termina alguna vez?). Hagamos especial hincapié en el –nos repetimos- alto “índice de extrañeza” de toda la zona, se trate de fenomenología ovnilógica o simplemente paranormal. Una investigación –ésta- que debe necesariamente contemplar los aspectos humanos y falibles de esta familia ya señalados, ampliar el rango de investigación no sólo a lo meramente episódico a boca de testigos, sino intensificar la búsqueda de recabar otro tipo de evidencias fotográficas, fílmicas, quizás psicofónicas. Una investigación sobre la cual, apenas tengamos resultados, serán ustedes los primeros en saberlo.
Email: gusfernandez21@yahoo.com.ar Web: www.alfilodelarealidad.com.ar ; Twitter: @gusafr