Secciones
A Fondo

La razón de ser voluntario

En tiempos de facebook, twitter, whatsapp, instagram; en épocas de hipercomunicación, lo que faltan son voluntades.

Martes 18 de Noviembre de 2014

Evangelina Ramallo / De la Redacción de UNO
eramallo@uno.com.ar

 

Fueron hacedores de un evento que mereció -y sigue mereciendo- el reconocimiento de todos. Lo hicieron sin absolutamente ningún otro interés más que generar felicidad. Dedicaron horas, días y meses a la preparación de cada edición sabiendo que los protagonistas serían otros. El fin de semana se reencontraron y se reconocieron nuevamente como una familia. Son voluntarios, lo siguen siendo a pesar del paso de los años. El título se lo tienen ganado.  
Los Juegos Especiales que durante muchos años (desde 1989) organizó la Asociación Olímpica Especial (AOE) en Paraná fueron una realidad gracias al esfuerzo de muchos. Encabezando ese grupo estaban Carlos Samek y Adela Lifschitz. Fue el nacimiento de Diego, su hijo, lo que los llevó en un principio a movilizarse por los intereses y necesidades de las personas con discapacidad. Así empezaron, pero bastó muy poco tiempo para que se convirtieran en auténticos abanderados de esa causa.  Tenían las ideas, tenían las ganas y el amor, pero además supieron rodearse de personas que a pura voluntad le dieron forma y vida al sueño de los Juegos.
En cada edición la AOE movilizaba hasta 400 personas. Todos voluntarios. Había entre ellos estudiantes, trabajadores, profesionales, padres, madres, hermanos. Todos tenían algo para aportar. Estaban los que iniciaban su labor cortando papelitos, armando los números y medallas para los atletas, la decoración de los espacios, la compra de alimentos, la preparación del acto inaugural, la organización de las pruebas deportivas y tantas cosas más. Otros tantos se sumaban sobre la fecha y ponían el cuerpo en las actividades que hicieran falta.
Había quienes compartían días enteros con las delegaciones, los que acompañaban a los atletas en cada prueba, los que colocaban las medallas, los que repartían agua, los que cocinaban y los que servían, los encargados de la seguridad, de las actividades recreativas. Y más allá de las funciones había algunas que eran comunes a todos: la sonrisa permanente, la emoción constante, la labor desinteresada, la satisfacción por la superación del otro. 
Los Juegos Especiales reunían aproximadamente a 44 delegaciones de todo el país. Cada grupo estaba integrado por atletas, más profesores y acompañantes. Llegaron a convocar a 1.000 deportistas. Todos ellos eran recibidos y acompañados por los voluntarios. La inclusión era total.
A diferencia de otros eventos de estas características no ponía condiciones a los participantes. No importaba el tipo de discapacidad ni se exigía un determinado rendimiento deportivo. Los Juegos Especiales no apuntaban a condecorar a un campeón. Absolutamente todos subían al podio, todos tenían su medalla, todos lloraban de la emoción, todos sonreían, todos nos enseñaban.  
Y ya pasó una década de la última edición. El fin de semana los voluntarios se reencontraron en el ámbito de la sede de la AOE. Fue tiempo de recuerdos, de anécdotas, pero también de reflexión.
Quienes pasaron por aquella experiencia supieron atesorar el aprendizaje. La mayoría eran niños y adolescentes cuando se subieron al barco. Hoy ya adultos, y en muchos casos padres, desean que sus propios hijos tengan la oportunidad de vivir algo así.
En tiempos de facebook, twitter, instagram, whatsapp; en épocas de hipercomunicación, faltan voluntades. Los que iniciaron aquel proyecto decidieron poner sus esfuerzos en una obra diferente, pero no por ello de menor importancia. Fueron los impulsores de una residencia para hombres mayores de 18 años con discapacidad. La concretaron y están por cumplir el quinto aniversario. Una década atrás suspendieron los Juegos con el deseo de que nuevas generaciones tomaran la posta. Eso, por ahora, no ocurrió.
En reiteradas oportunidades como sociedad nos llenamos la boca con autobombos de solidaridad. Se hacen donaciones, colectas y obras de caridad. Las redes sociales se llenan de pedidos y respuestas virtuales, de “me gustas”, de “compartidas” y cientos de comentarios.  Sin embargo -y salvo algunas valiosas excepciones- lo que nos falta es compromiso. Me niego a  caer en la reflexión de que los tiempos de antes eran distintos o que la juventud está en “otra”. Seguramente serán muchos los que estén dispuestos a quitar las manos de los teclados y pantallas táctiles. Quizás todavía no sea tarde y estemos a tiempo de volver a empezar.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario