A Fondo

La preocupante naturalización de la violencia

Una cultura del “vale todo” y fundamentalmente del “nada importa” se ha convertido en la razón de todos los males.  

Domingo 24 de Agosto de 2014

Daniel Caraffini/ De la Redacción de UNO

dcaraffini@unoentrerios.com.ar

 

Una humillante y dolorosa realidad recorre nuestro diario vivir como consecuencia de una violencia casi desesperante. Sin necesidad de recurrir al falaz debate entre “sensación de inseguridad” y estadísticas, es innegable que cada vez se vive peor, que la impunidad es mayor, que la Justicia no cumple su rol, o que la Policía actúa hasta donde puede y quiere. Que una cultura del “vale todo” y fundamentalmente del “nada importa” se ha convertido en la razón de todos los males.

Tal vez este estado de casos responda a un contexto social que comenzó a afincarse en nuestro país hace 10 o 20 años. Sin embargo, no importa cuánto hace de ello, sino que lo más grave es que la violencia y sus consecuencias se han naturalizado de tal forma que el clamor de cuatro mujeres pidiendo ayuda “o terminamos muertas” por denunciar y enfrentar a un clan del barrio Lomas del Mirador ocupa el interés de la opinión pública tanto o menos que los detalles íntimos de la relación virtual entre Magalí Mora y el Pocho Lavezzi. La muerte del contador paranaense Ricardo Lizarraga conmocionó por su reconocimiento familiar y prestigio en su ámbito profesional de Paraná. Ha sido una muestra más del fracaso colectivo por lograr la paz y convivencia social de una comunidad. Detrás de él están las víctimas ya cobradas por la guerra narco desatada en la capital provincial, y tantos otros casos de enfrentamientos entre menores o jóvenes, que derraman sangre de una sociedad descompuesta y fragmentada, que se autoflagela y mutila su porvenir.

¿Hay erróneos diagnósticos o la situación se salió de sus fuentes? ¿O ambas a la vez? Las políticas de inclusión social instauradas en los últimos años, permitieron significativos avances en materia de salud, de alimentación, de acceso a bienes culturales. Esas indiscutibles mejoras, empero, contrastan con el empobrecimiento de la cultura del trabajo y de la calidad educativa. Padres sin trabajo, chicos sin escuela y jóvenes que conforman el universo Ni-Ni (ni trabajan ni estudian) colisionan con los horizontes y estilos que a generaciones anteriores pregonaron padres y abuelos. “Qué mal la educación. Lamentablemente no puedo pagar un profe privado, pero me gustaría que mi hija sea alguien cuando crezca”, contó a UNO el papá de una alumna de la escuela Bazán y Bustos, porque su hija entra tarde o sale temprano por falta de educadores. O el caso de las mujeres amenazadas del Lomas, cuyos hijos no pueden asistir a la escuela por temor a que les pase algo por el camino. El deterioro de la calidad de la escuela pública es visible tanto por la caída de la matrícula, como por el interés expuesto en las extensas listas de pedidos y en espera por un banco en las instituciones privadas. A ese impedimento de espacio se suman las familias que no pueden afrontar esos costos para sus hijos.

En las ciudades y en el campo, en las grandes urbes y en los pequeños poblados, la exclusión es visible. Prueba de ello es lo que ocurre en la lejana escuela Nº 155 de Colonia La Perla de San Salvador, en que 150 alumnos están privados de asistir al establecimiento por negarse sus padres a abonar un plus al transportista que recibe subsidios del Consejo General de Educación, por un servicio que debe garantizar el Estado.

Esto es violencia simbólica, y fundamentalmente exclusión. Y así es difícil transmitir a varias generaciones de chicos y jóvenes que otro destino es posible, que la violencia es el recurso del incompetente, que hay un horizonte de posibilidades para todos, y que el progreso y el desarrollo individual se forjan con valores y enseñanzas. La violencia y la exclusión, ocultadas, negadas o silenciadas, no solo no evitan su propagación, sino más bien las convalida. De la conmoción, del llanto y del lamento, a los fingidos discursos de ocasión, y más tarde, la naturalización de esos regueros de sangre y de esos futuros truncados.

Atribuir responsabilidades colectivas suele ser una buena excusa para desligarse de las propias. En este caso, de la violencia y de la exclusión y sus manifestaciones, y de la falta de soluciones, no todos somos responsables.

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