Viernes 16 de Mayo de 2014
José Amado/De la Redacción de UNO
jamado@unoentrerios.com.ar
En las últimas semanas hubo varias reuniones con participación multitudinaria de vecinos de muchos barrios de Paraná, que reclamaron a las autoridades policiales, judiciales y políticas medidas ante el incremento de los hechos de inseguridad. El reclamo es justo: los robos callejeros y en viviendas, muchos de ellos con violencia, han cambiado hasta la forma de vivir de mucha gente, que debe salir acompañada a tomar el colectivo, adelantar los horarios de regreso de los lugares de trabajo o estudio, decorar las casas con rejas hasta en los ventiluz, e incluso en algunos lugares organizarse por cuadra o manzana para actuar en conjunto cuando a alguno le sucede un hecho delictivo.
Algunas de las propuestas de vecinos para paliar la situación son correctas y necesitan una respuesta: más personal, equipamiento y combustible para algunas comisarías, desmalezado de plazas y terrenos fiscales, iluminación de la vía pública, reparación de calles intransitables, mayores frecuencias de los colectivos.
Sin embargo, en otros casos las propuestas son parte de una receta que ya conocemos, ya se implementó y ya fracasó: llenar las calles de policías, poner cámaras de vigilancia en las esquinas, sancionar leyes penales más severas, bajar la edad de imputabilidad, entre otras. La mayor presencia policial y la video-vigilancia han demostrado que el delito no disminuye, sino que a lo sumo se traslada de un lugar a otro. La ley Blumberg, ícono de la mano dura y el desquicio de los legisladores oportunistas, llenó las cárceles de pobres al tiempo que aumentaron los delitos que pretendía combatir.
La gran mayoría de las personas que delinquen no lo hacen pensando en la escala penal que les puede tocar si son detenidos. Por lo tanto, sancionar penas más duras y prolongadas no nos va a prevenir de nada. En Estados Unidos se imponen condenas de cientos de años y es uno de los únicos países con pena de muerte, además de una población armada hasta los dientes. Sin embargo, tiene una de las tasas más altas del mundo en delitos graves y violentos. Un acierto y un avance sorprendente fue el que vi en la reunión que organizaron vecinos autoconvocados de 13 barrios de la zona este de Paraná, pidiendo respuestas pero también explicaciones a las autoridades. En un documento le plantearon al Consejo Provincial del Niño, el Adolescente y la Familia (Copnaf) la problemática de los menores en conflicto con la ley penal. “¿Qué política hay al respecto?”, preguntaron. La mujer que tomó el micrófono y abrió la reunión, contó que el drama de la inseguridad comenzó cuando hubo personas que se instalaron en la zona a vender droga, y metieron en ese circuito “a nuestros gurises”. Y hoy ven a esos chicos que se criaron en el barrio, arrebatándole las carteras a los propios vecinos para conseguir más droga. “¿Cómo puede ser que los vecinos vean cómo venden droga y cuando allanan no les encuentran nada?”, cuestionaron.
No veo otra solución para la inseguridad que no sea la inclusión social. Este es el discurso del Gobierno, pero desde el kirchnerismo se plantea esto como si fueran una ONG, y no estarían gobernando desde hace 12 años. Los que gobiernan son los responsables de la desigualdad social y a ellos hay que reclamarle medidas al respecto. Sin embargo, no creo que las vayan a tomar ni tampoco lo van a hacer los candidatos que ahora hablan de la inseguridad como slogan de campaña y proponen más de lo mismo.
Dentro de este escepticismo, veo con optimismo que a la problemática de la inseguridad la vaya tomando la gente en sus manos, sentando en el salón de un club o una escuela a las autoridades; interrogando y pidiendo explicaciones sobre cómo se actúa y qué políticas se implementan con los sectores vulnerables de la sociedad; marcando a los que venden droga en cada barrio; pidiendo mejoras en las calles y las plazas. Tal vez así se pueda llegar en un mediano plazo a que nos organicemos para garantizar la inclusión de los pibes en riesgo de salir a delinquir, en lugar de reclamar que los encierren para siempre o que los linchen.
Debe ser difícil no pedir mano dura luego de sufrir un robo que ocasionó, además de la pérdida material, daños físicos y psicológicos. Pero la venganza llevará a profundizar aquello que originó esos daños. Es equivocar el enemigo, y hasta ahora así no nos ha ido bien.