La letra chica de una realidad social
Lejos de algunos detractores vaticinios, Internet logró ser un complemento de los libros impresos. A pesar del avance de las lecturas on line, muchos chicos no tienen acceso cotidiano a Internet.

Sábado 12 de Abril de 2014

Vanesa Erbes/De la Redacción de UNO
verbes@unoentrerios.com.ar

El 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro. Desde 1996 la Unesco estableció esta fecha para que cada año distintos países dediquen una jornada en particular a fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor.

Una fecha poco difundida como tal, pero que sirve como excusa para reflexionar acerca del espacio que la lectura abarca en nuestras vidas.

En octubre de 2013 se llevó adelante en Paraná la primera feria del libro organizada por la Municipalidad. En la Plaza 1° de Mayo los visitantes pudieron conocer las variadas propuestas de las editoriales locales, muchas de las cuales a veces trabajan de manera casi invisible dando forma al soporte de las ideas y obras de los escritores paranaenses y del resto de la provincia. Fue un acierto que hasta hoy se festeja.

El libro de papel, impreso, plausible de ser recorrido con la mayoría de los sentidos, sigue vigente y ocupa un lugar preponderante entre las preferencias de quienes se entregan al placer de la lectura.

Sin embargo, se trata de un hábito y una práctica que se fueron transformando con el paso del tiempo, y que no permanecieron indemnes a la llegada de las tecnologías de la información y la comunicación. Entre las diversas reflexiones en torno a las transformaciones que Internet produjo en nuestras vidas, su impacto en los modos de leer no escapa a los análisis.

En la difusa cronología de los hechos, nació el e-book y a la par las redes sociales fueron ganaron protagonismo en el territorio del intercambio cotidiano. Y apareció en ciertos ámbitos una omnipresente sospecha de que Internet podría robarse la atención de los lectores. Pero lejos de enemistarse, ambos formatos amalgamaron los modos de recorrer las palabras que se hilvanan para convertirse en oración y poder decir una idea, un sentimiento, una sensación.

La mayoría de los escritores locales -muchos de los cuales no viven de esta actividad- aplauden la posibilidad de que el formato digital exista: publicar un libro no resulta económico, y el espacio virtual se convierte en plataforma de expansión y en un mundo de oportunidades de ser leído. Incluso es un lugar propicio para poder publicitar un material impreso.

En busca de respuestas sobre esta premisa, las preguntas surgieron en torno a las experiencias de prácticas de quienes escriben, leen o están detrás del mostrador de una librería o de una biblioteca popular.

Y en las antojadizas contestaciones, que dieron cuenta de que el libro es un objeto mayormente asociado a la lectura por placer y que el hábito de leer en la pantalla de una computadora se construye en tono a una práctica académica de quienes estudian, sobre todo por una cuestión de costos, me topé con Kevin Jones y Milena Frank, talleristas de un espacio Mediación de la Lectura que tiene lugar en la Asociación Civil Barriletes y donde un grupo de niños y niñas de los barrios aledaños se reúne en torno a diversos textos.

“Debemos tener cuidado con generalizar la globalización. Hay chicos que no tienen acceso a Internet ni a una computadora”, fue la respuesta cuasi reveladora del joven que en pocas palabras tiró por tierra el oscilante debate acerca de si Internet provocó que haya más o menos lectores de textos impresos, para dar lugar a la reflexión sobre la falta de oportunidades que habitualmente se naturaliza en un mundo tan competitivo.