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La historia de las hermanas Gallegos entre los indios ranqueles

Serie: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo. Primera Parte (Raptos)

Domingo 30 de Noviembre de 2014

Carlos Saboldelli / Especial para UNO
csaboldelli@hotmail.com

 

 

 

Dicen que las familias se hacen de a poco y en esos entornos de sacrificios poco sacrílegos y otras abnegaciones. Bueno, al menos aquellas clásicas donde la realidad golpea cuando la armonía prevalece, y suele desmoronar impiadosamente la construcción silenciosa de laboriosos padres e hijos.
Eso entre las imperfecciones y las ensoñaciones, los deseos y las procuras, las ánimas y los recuerdos, el dolor, la alegría, el pesar, la renovación, la lucha, el deseo, el poder, las lágrimas, la sencillez, las caricias y los gritos. Los llantos, las risas, la música y los albores.

 

 

 

Indios

 

 

En 1830 los límites de la nación argentina eran tan imprecisos como en algunos casos breves. Sobre la Patagonia un sinnúmero de caciques y capitanejos veían amenazar aquellos dominios ásperos y silentes, tan bellos como agrestes y duros.
Pienso que la comunión es el mejor de los términos para entender la posibilidad de sobrevida en las heladas tierras al sur, donde los dioses tenían nombres casi irreproducibles para el hombre blanco pero absolutamente armónico para sus devotos. Digo la comunión pero del hombre con los recursos, con el agua, con los grandes árboles y los animales, con la nieve y algunos cielos despejados, con el viento y las evocaciones.
Hasta que a alguien se le ocurrió decirles que estaban equivocados, que el monoteísmo podría cambiar sus vidas y el alcohol solo era un bálsamo inocente. Ni hablar de los alambrados y demarcaciones, que después de todo eso se llama progreso y para que le sirven tierras y tierras a los vagos y desposeídos. Pero en fin, esa es otra historia.
Lo cierto es que hacia aquel año de 1830 una familia de inmigrantes españoles encabezados por Don Santiago Gallegos y su esposa Agustina Galloso instalaron una posta a la cual le pusieron como nombre La Candelaria, muy cerca de lo que es hoy Casilda (en la provincia de Santa Fe). Una posta, una forma de ganarse la vida en medio de la desolación reponiendo caballos, agua de pozo y alguna alfalfa a los carruajes y ejércitos que solían pasar por esas rutas incipientes y feroces.
En los diez años que lleva contar desde 1824 a 1824 los Gallegos tuvieron cinco hijas: Mercedes, Manuela, Francisca, Cruz y Silveria. Quién sabe cuáles habrán sido las apreciaciones del padre, en una época y sociedad donde los primogénitos varones solían representar el salvoconducto de la supervivencia: podrían domar caballos, acompañar la siembra, perseguir la langosta, procrear nuevamente, defender las dependencias. Pero bueno…hay cosas que no se pueden manipular y una de ellas es el sexo de la descendencia, y por eso mismo será que cinco hijas era la prole descendiente de los Gallegos en el límite de los confines del territorio.

 

 

Ellas y los indios- 1

 

¡Hay tantos libros aquí! Buscaba esta historia entre los relatos de viajeros y los resquicios más rebeldes de la memoria; y al final apareció, después de revolver aquí y allá  un ensayo de Héctor Lagos llamado 5 Cautivas Argentinas en Araucanía.   En esos textos, un viajero de la Patagonia llamado Mayer Arnold  llegó a la posta La Candelaria casi al 1851, siguiendo una ruta de investigaciones y descubrimientos. Al llegar a la misma, su descripción no es nada agradable: “Se componía de dos miserables chozas circundadas de tunas para defenderse de los salvajes. En sus cercanías sólo había unos pocos halcones y bandurrias”.
Sin embargo, al bajar del caballo la presencia humana habría de conmoverlo de algún modo, quizás como si uno pudiera trasladarse al menos segundos a esa historia. Dice Arnold “Una vieja mujer, único habitante del bello sexo que habían perdonado los del cautiverio los indios, y dos hijos suyos, nos recibieron. Es incomprensible como un ser humano se determina a pasar sus días entre las garras de la muerte que a cada instante amenaza a estos infelices. Esta pobre mujer que había sido despojada de dos hijas suyas, inútilmente rogó a los salvajes que la llevasen a las tolderías: los bárbaros la despreciaban por su vejez”.
Y así estaba planteada la historia, ya con el libro hallado y los matices dispersos por el escritorio y esas imágenes de mujeres indefensas que algunas viejas láminas insisten en perdurar.
Mercedes Gallegos tenía 17 años y su hermana Manuela 15 cuando un malón increíble arrasó con ganado, alimentos, la vida de don Santiago y las dos hermanas, llevadas con rumbo sin demarcar y tiempo indeterminado. Así de duro como suena: se las llevaron al desierto, a la toldería, vaya uno a saber con cuanto pavor de aquellas pobres muchachas.
¡Tantas penurias escritas solo en el polvo de los desiertos y entre algunos pasajes inciertos de viajes!

 

 

 

Ellas y los indios- 2

 

Como la alegoría del fénix, la familia supérstite de los Gallegos continuaría su trabajo y emprendimiento en la posta a pesar de aquellas situaciones y de los secuestros. Quizás porque no tenían alternativa alguna, o quizás porque como dijera Arnold la madre de las dos cautivas aun tenía la esperanza de su recupero.
En eso estaban mientras las intentonas de los ranqueles se consolidaban, se hacían cada vez más duras y ambiciosas también. Aún asi y a pesar de todo doña Agustina (ya por ese entonces de casi 60 años) aun esperaba rescatar a sus dos hijas.
Claro que las guerras  carecen de compasión y poco tienen de sensibles. Si hasta dicen que el mismísimo Calfucurá comandaba a principios de los años 70 algunas tropas de indios perfectamente organizadas.
Lo cierto es que en una de esas incursiones, en el año de 1871 uno de los malones rapta también a Francisca Gallegos y Cruz Gallegos, que en ese entonces tenían algo asi como 40  y pico de años cada una.  En la misma posta, con la misma distancia y la misma incertidumbre de siempre. Un nuevo golpe para la vieja Agustina, con cuatro hijas raptadas y quién sabe dónde. Allí, en la soledad del desierto y a la espera de que algunos fondos extremos del Ejército nacional pudieran servir como rescate.
Es cierto que los gestores del Gobierno nacional lograban mediante extremas negociaciones que se restituyeras algunos cautivos y cautivas, ya sea por intercambio de prisioneros o por deposito de dinero…pero no era lo usual ni tampoco podían recuperarse tantas.

 

 

 

 

Ellas y los indios- 3

 


La vieja Agustina debe haber retemplado su espíritu. A su edad, con el desguace de su familia y la distancia plena del desconcierto quizás solo pueda haber intentado apenas vivir.  Como podía llevaba adelante la posta y como podía llevaba adelante su vida, ahora dedicada de alguna manera a intentar por vía de gestiones de correspondencia el hallazgo de cualquiera de sus hijas.
Era muy difícil el retorno de cualquier cautiva. Estigmatizadas socialmente, recluidas en las tolderías a veces tenían hijos y otras formaban familias con sus propios captores y tantas otros, era más el tiempo que pasaban cautivas que en sus anteriores familias y entonces por eso era más difícil volver que quedarse.
Vaya uno a saber lo que circundaba las mentes y almas de aquellas desgraciadas, sometidas y adaptadas sin consentimiento ni voluntad.
En eso andaba doña Agustina, empleando los últimos años de su vida en la intentona del reencuentro. ¿ Sería posible a tantos años, después de la incidencia de las atrocidades o tal vez el consuelo de los buenos sentimientos)? Quien lo supiera…
Pero en 1872, cuando las rebeliones del interior eran la prioridad del Gobierno Nacional un nuevo suceso retumbaría en los restos de la posta La Candelaria: el malón grande.
Uno piensa ¿qué más podría sucederle a esa familia después de tantos años? Y las incógnitas dejan de serlo cuando las respuestas son dolorosamente evidentes. Porque entre los trofeos iba nada menos que Silveria Gallegos, de 38 años y quinta hija de doña Agustina.

 

 

Regresa a mi

 

 

¿Puede alguien soportar semejantes dolencias? ¿Tantos golpes y padecimientos que mellarían la aleación más poderosa? Vaya uno a saberlo, y bien lejos de creer que cualquier consejo o sugerencia puede transformar la desesperanza en fortaleza en caso como este.
Pero doña Agustina, la vieja que ya había descartado que ella misma fuera la secuestrada para rescatar a sus hijas desde el corazón mismo de la Patagonia, a los más de 70 años  aún jugaría unas últimas apuestas para recuperar a sus hijas.
Y por eso se empeñó en dirigirse a las autoridades de la nación, en unas notas que se expresaban como un desconsuelo o un ruego. Pero fundamentalmente y como una perspicacia de la masividad, acudió a la prensa escrita de los diarios  en busca de ayuda.
Un antiguo recorte del diario “La Prensa” de Rosario solicitaba que “Los diarios de Chile que ayer hemos recibido, publican un aviso que insertó en los diarios argentinos, una señora de Gallegos, que tiene estancia en el departamento de Rosario del Santa Fe, pidiendo noticia de dos de sus hijas que le fueron cautivadas por los indios ranqueles y que se ha sabido fueron rescatadas por un habitante de Penca, provincia de Chile.
Los diarios de esta República abrigan la esperanza de dar pronto con el paradero de las cautivas argentinas”.
Ojalá que así fuera, después de todo los emprendimientos y las esperanzas suelen ser comandantes de los mismos deseos y las mismas pretensiones. Y porqué no, en esa última lucha desesperada de una anciana castigada, pudiera en algún momento suceder cualquier hecho que demostrara con evidencias que la justicia divina no está en los libros.
Después de todo es como dice Oliverio Girondo “la esperanza dispone de tantos terrenos baldíos”. Quiero pensar siempre en que esa simple virtud fuera suficiente para que esa vieja llamada Agustina se mantuviese poderosa y sufriente, esperando aún una llegada no prometida.
Pero esa, claro, es la historia que viene.
        (Continuará)

 

 

 

SERIE: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo: Serie realizada en exclusiva para Diario UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros).

 

 

 

APUNTES: Solicitada en el Diario “La Prensa” de Rosario (diciembre de 1871)  “Los diarios de Chile que ayer hemos recibido, publican un aviso que insertó en los diarios argentinos, una señora de Gallegos, que tiene estancia en el departamento de Rosario del Santa Fe, pidiendo noticia de dos de sus hijas que le fueron cautivadas por los indios ranqueles y que se ha sabido fueron rescatadas por un habitante de Penca, provincia de Chile.
Los diarios de esta República abrigan  la esperanza de dar pronto con el paradero de las cautivas argentinas”.

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