Sábado 31 de Mayo de 2014
Paraná no tiene arreglo. Siempre fue así. Cruzás el Túnel y te encontrás con otro mundo”.
Palabras más, palabras menos, los comentarios y conversaciones en el trabajo, en reunión de amigos, en familia, son hartamente recurrentes. Una ciudad de pobres corazones y almas en pena por la realidad que les tocó.
El estado de las calles, los minibasurales que proliferan y los vecinos que arrojan los residuos en cualquier lugar, los colectivos que pasan cuando quieren, la gente que no respeta las normas de tránsito, la apatía por los espectáculos públicos, la falta de pasión… Y la lista se engrosa en cada día y en cada charla.
Las quejas tienen fundamentos y causas, pero resultan casi suicidas.
Todos caemos en esa crítica vacía, altanera y exculpatoria, porque la culpa siempre la tiene el otro, como cuando manejamos en las calles.
El paranaense tiene ese no sé qué, pero aquellos que somos por adopción, no somos muy distintos.
“Ah, sos de Paraná, qué linda ciudad”, te dicen. “No, está hecha pelota”, he respondido más de una vez. “A mí me gusta”, parecen desafiarte aquellos con quienes hablás en algún viaje. Y ahí te das por vencido en la charla: “Seguro que no conoce los barrios”, te conformás por dentro. Pero un rato después, siempre te quedás pensando en lo que te dijeron.
En realidad, santafesinos, rosarinos, porteños, también hablan de lo peor de su ciudad, pero siempre resaltan algo de su terruño.
Es que el lugar en que uno vive porta valores, colores, características, gente, que te acompaña en el día a día y te hace pertenecer. Añoranzas, recuerdos, historias, anécdotas en una u otra esquina, salón o comercio que te ubica en su devenir diario, en su paso del tiempo.
Es también el hogar de tus hijos, donde trabajás, el encuentro con los amigos, es tu carné de identidad.
En Paraná no todo es apatía, desprecio, ignorancia, falta de voluntad o de ideas, o el clásico “Paraná es una isla”.
En los últimos años, desde la habilitación del túnel subfluvial, la ciudad triplicó su población. Y cada vez fuimos más los que elegimos vivir en esta metrópolis con alma de pueblo.
Algo debe haber para que sigamos en esta cotidianeidad; caso contrario, habla mal de cada uno vivir como y donde a uno no le gusta, no se siente cómodo o no es feliz.
Tal vez en algunas cosas que criticamos, reside nuestra atracción por la ciudad. La tranquilidad de sus calles vacías a la siesta, que son un bálsamo en el medio de la jornada; la ausencia de un shopping, que obliga a buscar espacios verdes para disfrutar y compartir cada domingo; la falta de cultura de bar, relegada por el termo y el mate a mano para cada ocasión.
Es, porqué no, una tierra de oportunidades, ya que a nuestro alrededor abunda la presencia de oriundos de ciudades del interior entrerriano y de otras provincias, en algunos ámbitos aún más que los locales.
Esta semana, en un programa local, un DJ de antaño manifestó: “En Paraná todo es chato”, sin contrapuntos. Al día siguiente, el reconocido futbolista Javier Saviola afirmó a UNO: “Me gusta mucho la ciudad y el cariño de la gente. Es un lugar muy tranquilo”. Uno puede suponer que se trató de una lógica declaración demagógica que suele rodear a los personajes públicos, más allá de que contrasta con sus visitas periódicas y su ahora conocida labor social en la ciudad.
Son solo dos voces más que se suman a las miles que se oyen a diario sobre el ADN paranaense. Ese que también supo brotar con entusiasmo cuando en las redes sociales surgió una convocatoria, un hashtag que fue tendencia del momento. “No sos de Paraná si no corriste un colectivo por calle Alem, si no le decís Rivadavia a Alameda de la Federación”, y tantas otras. Entre anécdotas, hechos risueños, críticas y personajes, emergió esa identidad urbana que se construye a diario, entre todos.
Como cualquier otro lugar, Paraná tiene las dos caras de la moneda.
La grieta –término de moda en el escenario político nacional– que tenemos los paranaenses sobre lo que es la ciudad y cómo somos, sigue abierta.