A Fondo

Hay que cortar el piolín por lo más grueso

La pregunta es: ¿quién nos robó más? ¿El ladrón que nos arrebató la cartera en la esquina de nuestra casa o el funcionario que se hizo millonario ilícitamente con el patrimonio nacional, ese que nos pertenece a todos?

Lunes 25 de Agosto de 2014

Luciana Actis / De la Redacción de UNO
lactis@uno.com.ar

 

El común de la ciudadanía relaciona la violencia con los golpes, el robo con los asaltos a mano armada, el asesinato con un tipo rematando a tiros a otro. Es que la civilización occidental está atravesada por lo visual, lo concreto, eso de que “una imagen vale más que mil palabras”.

 

Esta centralidad del ojo implica –paradójicamente– una seria dificultad a la hora de ver un poco más allá de situaciones básicas y fácilmente señalables. Traigo esto a colación, a propósito de un incidente que ocurrió días atrás, cuando un grupo de personas en una actitud evidentemente violenta –y subrayo “evidentemente”–, atacó a huevazos al exministro de Economía, Domingo Felipe Cavallo, mientras daba una conferencia sobre El futuro de la política monetaria. Pensar el fortalecimiento de la moneda, en un auditorio de la Universidad Católica Argentina en Buenos Aires.

 

Muchos medios salieron, por supuesto, a condenar el proceder de los agresores. Y es lo correcto, ya que no es un acto de justicia atinarle huevazos a nadie, ni siquiera a un violento como Cavallo. Es esto último lo que nadie parece ver: el exfuncionario menemista y delarruista, autor de la nefasta Ley de Convertibilidad, ejecutor de planes de ajuste, responsable del Corralito e incendiario del Estado, fue y sigue siendo violento. Atreverse a presentarse en una conferencia y disertar sobre el futuro de la economía es, realmente, una broma cínica y cruel. La violencia genera violencia, y eso quedó demostrado en la tarde del jueves, cuando un grupo de violentos atacó a huevazos a este otro violento.

 

A diario nos indignamos –con justificada razón– porque un malnacido ultimó a balazos a alguien para robarle una moto; nos da bronca que a cierta hora ya no podamos andar  a pie en determinadas zonas, porque no se puede andar por la calle sin temor a que nos despojen de lo que llevamos encima a punta de pistola. Claro que nos indignamos, porque son hechos concretos que nosotros o nuestros allegados hemos vivido en carne propia. Pero, aunque cueste reconocerlo, hay que comenzar a ver mejor y comprender que estos delincuentes cotidianos no son causantes del estado de situación en que estamos inmersos; son efecto  de otros tipos de violencia que se han vuelto tan cotidianas que casi no las podemos distinguir: la violencia institucional, la violencia simbólica, la violencia mediática; esas violencias que están en la estructura.

 

Tal como dijo el cineasta Damián Szifrón durante un almuerzo con Mirtha Legrand, las causas de la violencia directa están relacionadas con situaciones de violencia estructural o justificadas por la violencia cultural. Pero esta afirmación – ampliamente comprobada a esta altura del partido– generó rispideces, polémicas y hasta una denuncia contra Szifrón por una supuesta apología del delito.

 

Muchas de estas situaciones que vivimos a diario son consecuencia de un abuso de poder que recae sobre un grupo oprimido, o de una situación de desigualdad social y reciben el espaldarazo de discursos que justifican estas violencias. En otras palabras, la pregunta es: ¿quién nos robó más? ¿El ladrón que nos arrebató la cartera en la esquina de nuestra casa o el funcionario que se hizo millonario ilícitamente con el patrimonio nacional, ese que nos pertenece a todos?

 

Evidentemente, si seguimos invitando a Cavallo a dar conferencias y consejos sobre cómo encaminar la economía nacional, todavía estamos errando bastante en la respuesta. Hay que empezar a cortar el piolín por lo más grueso.

 

 

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